El milagro reproducido
Fervor por la cultura. En seis décadas solo ha dejado de celebrarse un año, 1967. Editoriales y discográficas lanzan sus ediciones en función de la Feria de Durango
Si Durango en la historia de la mitología vasca se conoce como escenario de procesos de brujería, alguno de los cuales noveló el escritor y ... político Mario Onaindia, hoy es reconocida en el mundo de la cultura por la convocatoria anual de la Azoka, que promovió y organiza desde 1965 Gerediaga Elkartea. Aquellos ritos mágicos, y es posible que la ayuda de la Dama de Anboto, pudieron acaso contribuir a la expansión de uno de los principales baluartes de la lengua, literatura y música popular vasca. «Creo que ha sido un verdadero milagro -manifiesta el periodista José María Iriondo a Territorios-. El programa del primer año, escrito a máquina y en xerocopias, no era más que una convocatoria hecha por Gerediaga con el mayor entusiasmo, pero expresa la humildad y escasez de medios con que nacía una institución que ha sido clave en la cultura vasca contemporánea». En los soportales de la iglesia de Santa María, al lado de los puestos de la feria con productos agrícolas, fue creciendo la siembra de aquel milagro, que tomaba cuerpo y realidad.
Desde entonces, y con la sola excepción de 1967, que no se convocó la Azoka por encontrarse en obras la iglesia, Gerediaga ha mantenido, año tras año, la convocatoria de este importante encuentro cultural. Precisamente en 1967 se llevó a cabo en Bilbao un homenaje al sacerdote y euskaltzale Nemesio Etxaniz en agradecimiento a su papel de impulsor de las primeras reuniones de los cantantes y amigos de la música popular de Ez Dok Amairu, que también dio sus primeros conciertos en 1965 en plazas, frontones y viejos cines de los pueblos. Etxaniz y apenas media docena de artistas se reunían en los sótanos del Bar Iturrioz de Donostia para articular la manera de salir a la calle con aquella música que unía sabor popular y referencia universal, al estar inspirada en buena medida en la canción folklórica norteamericana y en los conciertos del París de Brassens, Lèo Ferré y otros cantautores.
El salto de 1966
Si en 1965 fue una modesta convocatoria, la edición de 1966 cobró especial relevancia por la presencia de músicos, editores, grupos de danzas y bertsolaris. Incluso se celebró el Campeonato de Bertsos de Bizkaia, organizado por Euskaltzaindia, y el primero lo ganó Jon Lopategi. La Azoka comenzaba a ser lo que sus mentores hacían con su trabajo y sus sueños. Cuenta José Mari Iriondo, que fue director de ETB durante varios años y seguidor desde el inicio del rumbo creciente de la canción vasca, que el primer año de la Azoka acudió a Durango pero no pudo hacer información alguna para Radio Popular de Loiola, verdadero estandarte de la canción, pues la emisora estaba cerrada por orden gubernativa. Sin embargo en 1966 pudo dar testimonio del crecimiento de la feria, que se inició como una verdadera fiesta con la actuación de un grupo de danzas vascas, Tromperri, y los cantantes Xabier Lete, Lurdes Iriondo y Joxanton Artze Hartzabal.
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Durango convocó ya en ese año a escritores, editores y euskaltzales como Xabier Gereño, Iñaki Beobide y Atxen Egaña. En los socorridos soportales instalaron sus primeras tiendas editores como Joaquín Berasategui (Sendoa) y el etnólogo Antonio Zavala (que iniciaba la colección de literatura popular de Auspoa). Berasategi había logrado construir en un taller de Calahorra un vehículo articulado con levante y mostrador para desplazarse por las ferias de los pueblos ofreciendo libros vascos y alguna que otra Biblia. Pero allí acudieron también personajes como los hermanos Bernardo y Mariano Estornés Lasa (Auñamendi), y se hicieron eco del acontecimiento periodistas vizcaínos como Miguel Ángel Astibar y María Jesús Caballero ('La Gaceta del Norte') y Munitibar ('Hierro').
En aquellos soportales se celebraría la Azoka hasta 1974. De allí pasó a la plaza del mercado y a diferentes solares donde se ponían las carpas hasta inaugurar en 2003 el pabellón multiusos de Landako. Los conciertos y actuaciones de música y danza siguieron desarrollándose en el teatro y cine Astarloa, donde ya en 1966 tuvo lugar un concierto en el que cantaron por la mañana Benito Lertxundi, Lurdes Iriondo y Jon Mingo, junto con Eusebio Bilbao (El Ciego de Durango, una institución en el Duranguesado) y por la tarde Mikel Laboa, Julen Lekuona y José Antonio Villar. Los Lekuona, como Manuel y su compañero sacerdote Joxe Miguel de Barandiarán, estuvieron presentes en aquel encuentro, dando apoyo y sentido al espíritu de la Azoka.
La cita iba configurándose, tal como pensaban los promotores de Gerediaga, como feria, festival y lugar de encuentro, con el apoyo de euskaltzales como los guipuzcoanos Miguel Pelay Orozco y José de Arteche. Este último tuvo una encendida discusión con Gabriel Aresti, poeta que en 1964 había publicado 'Harri eta Herri' y aparecía en el panorama como el renovador no sólo de la poesía, sino de la lengua vasca. Aresti, junto con Koldo Mitxelena, sería en esos años el principal abanderado del batua. Hay documentos gráficos de 1970 y siguientes, en los que el poeta vizcaíno acudió a la Azoka junto con Ángel María Ortiz Alfau.
Aunque no se puede entender el desarrollo de la Azoka sin repasar el contexto histórico y político en que da sus primeros pasos, lo cierto es que la feria se celebró incluso en 1969, a pesar del Estado de Excepción declarado por el gobierno de Franco.
Niños, jóvenes y mayores
A partir de mediados de los 80, la Azoka convoca a varios miles de estudiantes de primera enseñanza, universitarios y ciudadanos que acuden ante el espectáculo visual, musical y verbal (conferencias, coloquios, entrevistas) que acoge Durango. De este modo son partícipes de la realidad cultural que ofrecen editores, casas de discos y otros registros sonoros, instituciones culturales y autonómicas, que apoyan decididamente, junto a muchas empresas particulares el desarrollo de la Azoka. Entre todos hacen crecer cada año la aventura de aquel pequeño milagro que se encendió en 1965 y que atrae y convoca a ciudadanos e instituciones de los siete territorios de la lengua vasca.
Michel Lavégerie, el músico de Iparralde, o el catedrático Henrike Knörr, que apoyaron por todos los medios a su alcance a la Azoka, decían que esta manifestación cultural de Durango era tan importante y decisiva como lo fueron años después la aprobación del Estatuto de Autonomía del País Vasco y la creación de Euskal Herriko Unibertsitatea, Había sido decisiva para alentar el conocimiento, la edición y la difusión cultural en euskera.
Gerediaga, y su amplio equipo de colaboradores, sigue siendo la guía de este acontecimiento, que el pasado año se desarrolló ya sin la presencia de uno de sus principales promotores, Jon Irazabal, de feliz memoria por su entrega y dedicación. Un grupo en el que participó con denuedo el publicista, editor y euskaltzale Leopoldo Zugaza. Otros jóvenes intelectuales de entonces, como José Luis Lizundia, Juan San Martín y los hermanos Enbeita, también formaron parte del fervor por la cultura que encendió la Azoka de Durango.
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