María Gainza o el arte como tema novelesco

La escritora argentina María Gainza. / ROXANA SCHOIJETT
La escritora argentina María Gainza. / ROXANA SCHOIJETT

En su segunda novela, la autora argentina vuelve al mundo que ya abordó en 'El nervio óptico' pero con una trama original que la sitúa entre la reflexión estética y el género negro

Iñaki Ezkerra
IÑAKI EZKERRA

Las novelas que tratan sobre la pintura suelen tener algo de laberinto de espejos. Probablemente, se trata de un fenómeno inevitable por lo que ambos mundos, el literario y el de las artes plásticas, tienen, cada uno en sí mismo y por separado, de ficción e impostura. Escribir sobre una obra pictórica es, de este modo, una redundancia. Es hacer metaliteratura a fin de cuentas pues el lienzo se convierte en metáfora del propio texto que lo contiene, de la novela que doblemente lo ficciona y, en último caso, de la propia escritura. En 'La joven de la perla' (1999), la escritora norteamericana Tracy Chevalier se adentraba novelescamente en un cuadro, el conocido como 'la Gioconda holandesa', que a su vez encerraba un secreto, una historia, una novela. En ese mismo año, el español Ignacio Vidal-Folch ofrecía en 'La cabeza de plástico' una aguda sátira sobre las supersticiones que sostienen el mundo de los museos y las galerías. En la película 'La mejor oferta' (2013), el italiano Giussepe Tornatore adelantaba lo que poco después sería una novela sobre el tramposo y laberíntico universo del coleccionismo, las subastas y la tasación del arte.

Es en ese mismo orbe en el que se mueve la argentina María Gainza en 'La luz negra', una obra que flirtea, a partes iguales, con el género policíaco y la novela intelectual. Su protagonista, que coincide con la propietaria de la voz que narra en pasado, es una crítica de arte que se encierra, bajo una identidad falsa, en la habitación de un hotel donde ha de escribir su propia historia, la de una chica que pasó de ser la oveja negra de una familia de la alta burguesía bonaerense a trabajar con 25 años en la oficina de tasación de una institución llamada Banco Ciudad y al servicio de una tal Enriqueta Macedo, una prestigiosa 'perito autenticadora' que la adopta como su colaboradora de máxima confianza, su alumna y también su cómplice en el delito de hacer pasar obras falsas por auténticas, no por un afán lucrativo sino por una suerte de filosofía en la concepción del hecho artístico.

La luz negra

Autora: María Gainza. Ed.: Anagrama. 142 páginas. Precio: 16,90 euros (ebook, 9,99)

Enriqueta Macedo no es una delincuente vulgar que antepone sus intereses económicos al amor al arte. Es precisamente ese amor entregado que le legará a su acólita, y no otra cosa, el que la lleva directamente a la práctica entusiasta y sin escrúpulos del fraude. Como son asimismo los argumentos fundados con los que justifica su actividad delictiva los que dan al libro una dimensión contenidamente teórica que lo elevan sobre una simple y vulgar trama de novela negra sin, por otra parte, incurrir en una teorización farragosa que ralentizaría y arruinaría el pulso del relato. María Gainza conoce el tema del que habla. Se ha dedicado al periodismo y a la crítica de arte durante años, lo que permite deducir que la heroína de este libro tiene algo de 'alter ego' ficticio de su autora. Pero ese conocimiento del medio estético con el que trabaja, y que condicionó también su primera novela, 'El nervio óptico', publicada en 2017, comparece aquí a disposición de la fabulación novelística de forma que sirve eficazmente para forjar y apuntalar una psicología entre ascética, lírica, cínica y maquinadora.

La novela dibuja una relación verosímil y divertida entre la maestra y la discípula cuando la primera lleva a la segunda a una vieja casa de baños, a una sauna, a una azotea en la que diserta inspirada y poseída durante horas sobre Vasari, Karel van Mander o Pico della Mirandola. La manera en la que sumerge al lector en ese discurso monotemático y en ese específico cosmos cerrado de las falsificaciones artísticas tiene más de un punto comparable a como lo hacía Alessando Baricco en 'Seda' o Patrick Süskind en 'El perfume'. Digamos que la propia luz negra que invoca el título, y que alude a la linterna especial que utilizan los policías científicos y los peritos de arte para examinar las huellas de un 'crimen', adentra al lector en un territorio extraño y sugerente en el que no tardará en toparse con una banda de artistas de la falsificación que se hospedan en un extravagante Hotel Suiza rebautizado por un poeta como Hotel Melancólico o en verse persiguiendo, como la protagonista-narradora, a la Negra, una fantasmagórica artista de las tinieblas que es experta en imitar la pincelada de la pintora e ilustradora austríaca Mariette Lydis, que murió en el Buenos Aires de 1970. Aunque abundante en argentinismos, 'La luz negra' es una novela que se lee sin dificultad gracias a un estilo limpio y al acicate de una ironía que le da un original toque de parodia iniciática.

 

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