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Mar

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ÁLVARO BERNIS

Ahora lo entendía todo. El muy desgraciado se veía con otra y no había tenido los huevos de decírselo

NOELIA LORENZO PINO

Mar se movía inquieta por la casa. La recorría una y otra vez de cabo a rabo. Estaba alterada porque aquella noche Jon se retrasaba.

Consultó el reloj.

Llegaba tarde, sí. Media hora, para ser exactos.

Mar tenía que reconocer que desde su más tierna infancia era impaciente, nerviosa y exigente. Todo tenía que ser para ya. Eso de esperar no iba con ella. Además, últimamente notaba a Jon un tanto extraño, como si le ocultase algo. Cuando se miraban, él retiraba sus ojos con rapidez. Como un animalillo temeroso. Lo que más le mosqueaba era que ya iban unas cuantas veces. Aunque a ella, desde el primer esquive, ya le saltaron todas las alarmas. Si algo le caracterizaba, aparte de la impaciencia, era la perspicacia. Mar percibía cualquier ínfimo cambio. Tenía una sensibilidad especial. Una intuición desbordante.

«¿Dónde estás, amor?», pensó agobiada.

Se sentó en el sofá e intentó no darle importancia. A veces el trabajo le entretenía más de lo previsto. Estuvo tentada de llamarle al móvil, pero él le había dicho mil veces que no le llamara. Era tan impaciente, que entendía que a veces le agobiara.

«Venga, Mar, treinta absurdos minutos. Media hora de nada», se dijo.

¿Qué era aquello? Para cualquier mortal una insignificancia, pero para Mar, no. Se levantó de un salto del sofá y, desoyendo sus pensamientos, se encaminó al balcón por si lo veía venir. La noche había caído y hacía fresco. Miró el cielo despejado. Algunas estrellas parpadeaban y le recordaron al tictac de un reloj. Maldijo a las nubes. Las muy cabronas se habían tomado la noche libre para ponerla más nerviosa.

Tic-tac.

¡Había llovido durante semanas! ¿Por qué conspiraban contra ella?

Se cruzó la bata de casa y apoyó los codos en la barandilla para evitar mirar al cielo. Fue entonces cuando reparó en una pareja. Estaban abrazados en la esquina del bloque de al lado. Apenas les podía ver por el ángulo del balcón. Dos trozos de abrigos. Un par de hombros. Se puso en el borde y contorsionó la espada para poder observar a los tortolitos. No fue capaz de distinguir nada y, para más inri, su movimiento estuvo a punto de contracturarle el cuello. Se lo masajeó antes de que le diera un tirón y entró en casa de mala gana. Cogió un taburete y caminó hasta el cuarto de baño. Había un ventanuco en la parte alta de la pared. Se subió al taburete y miró a la pareja a través del pequeño cristal. A Mar le dio un vuelco el corazón al reconocer a Jon. Se tuvo que bajar del taburete para no caerse de la impresión. Se sentó en él. Estaba mareada. La mirada esquiva regresó a sus pensamientos. Ahora lo entendía todo. El muy desgraciado se veía con otra y no había tenido los huevos de decírselo. ¿Qué creía? ¿Que no iba a enterarse? Agazapados contra la fachada del bloque de al lado. ¿En qué estaba pensando? Su intuición nunca la engañaba.

Nunca.

«Era baja y flaca. Eso sí lo vio bien. Se imaginó la sensación de tener a alguien tan menudo entre los brazos»

Volvió a subirse, temblorosa. Apoyó las manos en la pared para ayudarse. Se había quedado sin fuerzas. Lo notaba en todos los músculos del cuerpo. Una fatiga extrema. Atravesó el cristal con la mirada y la imagen de Jon con aquella desconocida le revolvió el estómago. Pese al dolor que le provocaba, decidió fijarse bien. La mujer tenía el pelo largo, más largo que el de ella, y de un tono claro. Podía ser rubio, naranja, o una mezcla entre ambos, la noche no le permitía saberlo con exactitud. Era baja y flaca. Eso sí lo vio bien. Se imaginó la sensación de tener a alguien tan menudo entre los brazos. Notó la fragilidad y los celos le congelaron las entrañas. Mar era alta, casi tanto como él, de cadera ancha y piernas fuertes. Lo que aquella zorra le daba, ella no se lo podía ofrecer. Se bajó lentamente y encendió la luz. Le daba igual si Jon percibía la luminosidad. Era él quien debía ocultarse, no ella. Se miró en el espejo. Mar era guapa, aunque en aquel momento el disgusto había contraído su rostro. Tenía los ojos verdes y una melena abundante. Negra. Lloró frente a su imagen para compadecerse de sí misma. Enseguida se le congestionó la nariz. ¿Qué iba a decirle a Jon? ¿Que los había visto ahí enfrente? Estaba claro que él no contaba con que Mar se asomase por el ventanuco del baño, ¿o sí? ¿Y si había llevado a su amante hasta allí para que lo descubriera? ¿Jon era de ese tipo de hombres? ¿Sin agallas pero sin escrúpulos? A Mar le enfureció aquel pensamiento. Se lavó la cara para descongestionarse y se miró con ira.

– Vas a tener que decírmelo tú, Jon –dijo en voz alta–. No pienso ponértelo nada fácil.

Volvió a subir al taburete, esta vez más ágil, más segura.

Pero la parejita había desaparecido.

Supuso que no tardaría en oír la puerta.

(Una semana después)

Desde que descubrió que Jon se veía con otra estaba pasando por un verdadero calvario. El dolor que sentía era incapacitante. Como si una especie de garra naciera en sus entrañas y arañase todos sus órganos. Un sufrimiento penetrante que no daba tregua. Para colmo de males, Jon no le facilitaba las cosas y se mostraba más esquivo si cabía. Además de engañarla, la ignoraba. Una situación que ya no podía soportar. ¿La estaba castigando por algo? Mar se hacía preguntas continuamente sin encontrar respuestas. Pero no toda la culpa se la echaba a él. Lo lógico hubiera sido soltarle que les había visto desde el ventanuco del baño, sí, haberse encarado a él, pero había sido incapaz de hacerlo. En un principio por orgullo, y ahora porque las palabras se negaban a salir de su garganta. Se le quedaban adheridas a las cuerdas vocales como pequeños pólipos. No entendía por qué se quedaba atrás agazapada como un bicho bola. ¿Por qué? Ella siempre había sido una mujer autosuficiente, temperamental. Valiente. Pero ahora tan solo sentía ser un amasijo de sus pedazos. Una montaña de carne, hueso, músculo y sangre. Solo eso. Quizás el miedo a perder a Jon era lo que la frenaba. Perderlo era una palabra terrible. Ella era feliz a su lado. No era el hombre perfecto, por supuesto que no, pero era su Jon. Suspiró y bebió un sorbo de manzanilla. Su amiga Laia siempre sabía qué le gustaba, qué necesitaba. Durante toda la semana habían intentado estar un rato y por fin la tenía enfrente.

– ¿Quieres más azúcar? –dijo Laia.

– No, gracias. No sé cómo lo haces, pero siempre echas el punto exacto.

– Me alegro. –Sonrió–. ¿Entonces…?

– Pues que no sé qué hacer. ¿Sabes que por un momento hasta creí que habían sido imaginaciones mías? El miércoles me dio por pensar eso… y le seguí. Es increíble lo que la mente es capaz de hacer. Luego me culpé por haber dudado de mí misma. ¡Qué barbaridad! ¿Sabes con quién se ve? No se la ha buscado de muy lejos, no. Es la camarera del bar que hay junto a su oficina. Debe ser una chica nueva. Es una monería escocesa. Pequeña y pelirroja. Hasta las pecas tienen gracia en su cara. Yo sabía que algo pasaba. Llevaba tiempo notándole raro.

– Espera, espera. ¿Dices que le seguiste?

– Sí, claro. ¿Qué querías que hiciera? Empezaba a dudar de mí misma.

– ¿Y te vio?

– Yo qué sé. Y me da igual, por cierto. De todas formas creo que tal vez hubiera sido lo mejor. Que supiera que estoy al tanto. Eso facilitaría las cosas. Aunque viendo cómo está actuando, ya no sé qué pensar. Es probable que siguiera pasando de todo. Es que no lo entiendo, ¿quiere dejarme y no se atreve?

«Es que no lo entiendo, ¿quiere dejarme y no se atreve?»

– ¿Cuántas veces le has seguido?

Mar miró hacia otro lado.

– Cuántas.

– Un par… o tres.

Laia consultó el reloj de su muñeca.

– Se nos está acabando el tiempo, Mar.

Mar se revolvió la melena negra con nerviosismo y no dijo nada.

– ¿Has suspendido el tratamiento?

Meneó la cabeza.

– Yo creo que sí.

– No, no y no.

– Mar, por favor, mírame a los ojos.

Ella obedeció.

– Jon es tu vecino, nada más. Y tienes que dejar de acecharle o acabará interponiendo la orden de alejamiento. Ya ha amenazado con hacerlo. ¿Recuerdas?

– ¿Por qué te cuesta tanto entenderlo? Hay una conexión entre ambos que va más allá de lo conocido. Las veces que coincidimos en el portal, en el ascensor, en el rellano…

– Hemos hablado muchas veces de esto –la interrumpió–. No existe tal conexión. Se llama trastorno delirante de tipo erotomaníaco.

– ¿Ya estamos con la puñetera terminología? –dijo con impotencia.

– Tienes que asimilar que Jon no siente nada por ti. Son percepciones infundadas. Es parte del trastorno.

– No tienes ni idea.

– Primero fueron las ilusiones, los anhelos… Ahora mismo te encuentras en la fase del resentimiento.

Mar suspiró y no dijo nada.

– Te lo voy a preguntar una vez más. ¿Has suspendido el tratamiento?

– Qué pesada. Te he dicho que no.

– Voy a tener que ponerme en contacto con tu psiquiatra.

– ¿Cómo? –comentó horrorizada–. ¿Qué clase de amiga hace algo así?

– Mar, no soy tu amiga, soy tu terapeuta.

Salió de la consulta como alma que lleva el diablo. Todos se ponían en su contra. Primero Jon y ahora Laia ¿Cómo podía haber averiguado que había dejado las pastillas? Meneó la cabeza mientras caminaba a paso ligero.

«Claro, las amigas no tienen secretos ni aunque quieran», pensó.

Pese a que no era la primera vez que lo hacía, se sentía culpable por haberse largado sin despedirse. No pasaba nada. La semana siguiente se volverían a ver y dejarían atrás el encuentro de hoy. Además, Laia la conocía de sobra para saber que nada más llegar a casa se tomaría las dichosas pastillas. Al fin y al cabo se trataba de eso, de dejar que se saliera con la suya. Se aproximó a su portal y vio que había un camión de mudanzas frente a la puerta. Subió a pie hasta su piso. La puerta de Jon estaba abierta de par en par. Dos hombres cargaban con un sofá gris.

– ¿Me podrían decir qué sucede?

Los hombres se la quedaron mirando.

– Vivo aquí al lado –explicó metiendo la llave en la cerradura.

– Pues nada, su vecino, que se muda –dijeron mientras bajaban el sofá por las escaleras.

Mar notó cómo algo en su interior se derrumbaba. Algo grande y pesado que la paralizó durante unos segundos. Sacó fuerzas de donde pudo y entró en casa. Se subió al taburete para mirar por el ventanuco del baño y aguardó contrariada mientas observaba a los hombres transportar las pertenencias de Jon.

Cuando el camión desapareció de su vista, lloró desconsolada.

Bajó del taburete con una certeza: que Jon se alejaba porque era incapaz de gestionar el amor desbordante que sentía hacia ella.

La autora

Nacimiento:
(Irún, 1978). Es profesora de corte y confección de formación.
Ha publicado varias novelas negras:
'Chamusquina' (Dauro, 2013), 'La sirena roja' (Erein, 2015), 'La chica olvidada' (Erein, 2016) y 'Corazones negros' (Erein, 2018). Esta última ha sido finalista a cinco premios de novela negra, entre ellos, el prestigioso Dashiell Hammett. También ha publicado la colección de cuentos infantiles 'Ane eta Moon' (Erein, 2018).

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Libro