Punto de vista

La mancha de Bertolucci

La mancha de Bertolucci

IÑAKI EZKERRA

El idilio entre la libertad sexual y la ideología revolucionaria fue una historia que Bertolucci contó varias veces en su cine y que siempre acabó mal. En 'Antes de la Revolución' (1964), un joven comunista probaba varias relaciones sugerentes, entre ellas una con su propia tía, pero finalmente renunciaba al aventurerismo erótico vencido por el capitalismo. Como si este no digiriera todo tipo de extravíos. En 'Soñadores' (2003) volvió al tema, pero esta vez planteando el trío de un estudiante yanqui con dos hermanos en los días del Mayo francés como una busca metafórica de la utopía política en la que reaparecía el fantasma del incesto, que esta vez pasaba de promesa liberadora a fuerza represora que expulsa al tercero en discordia para mantener su 'estatus conservador'. Bertolucci ha muerto con las botas puestas de un marxismo sesentayochista que no solo se había vuelto viejo para la propia izquierda sino que se había convertido para esta en una contradicción. Su paradoja es que desde el Mayo francés a nuestros días esa izquierda ha hecho un recorrido en el que ha incorporado, como una de sus banderas, la lucha contra la violencia de género que antes le traía sin cuidado. Lo que en la época de 'El último tango en París' era progre –sodomizar con mantequilla a una hija de la burguesía para que se enterara de la decadencia de su clase– hoy es reaccionario. La historia de Maria Schneider, que nunca superó esa escena, fue la que peor acabó de todas, la mancha de Bertolucci y el pecado que impide su canonización en el altar revolucionario.

 

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