Lecturas

«La lectura debería hacerte más modesto, humilde, sensible y generoso»

El escritor Cristian Vázquez./MAICA RIVERO
El escritor Cristian Vázquez. / MAICA RIVERO

En 'Contra la arrogancia de los que leen' recopila una serie de artículos en los que reflexiona sobre libros y lectores

ELENA SIERRA

El escritor argentino Cristian Vázquez (Buenos Aires, 1978) ha ido publicando, además de novelas y cuentos ('Támesis', 'El lugar de lo vivido' y la antología 'Partidas), artículos en la revista 'Letras libres' en torno a la lectura, los libros, la escritura, las bibliotecas... y los mitos o las ideas preconcebidas asociadas a las bondades de leer, como esa de que es mejor una persona que lee que una que no lo hace. Los lectores pueden ser muy arrogantes. Ese es el punto de partida de la recopilación publicada por Trama editorial bajo el título 'Contra la arrogancia de los que leen'.

– ¿Por qué reunir algunos de esos artículos en un libro?

– Empecé a tener la sensación de que muchos de ellos podían tener una segunda vida. Como si fueran los capítulos dispersos de un libro que había ido escribiendo sin darme cuenta. No dejaba de parecerme contradictorio el hecho de plantearme, a la vez que hablaba contra la arrogancia de ciertos lectores, que mis apuntes, que no son más que las notas de un lector, pudieran merecer la publicación en forma de libro. Me gusta pensar que el resultado final es hijo precisamente de esa tensión, de esa suerte de choque entre ideas y sensaciones.

– ¿En algún momento se ha reconocido como un lector arrogante?

– He sido, supongo que como casi todos en algún momento, un lector arrogante. De alguna manera, la arrogancia es una marca de la adolescencia, de la primera juventud. Quienes leen descubren que tienen un mundo interior más amplio o más complejo que quienes no leen, y entonces suele resultar un poco inevitable creerse más que los demás, sentirse en una posición de superioridad ética o moral. A menudo esto redunda también en actitudes de burla o de desprecio hacia las personas que no leen, muchas de las cuales no lo hacen porque sus condiciones de vida no han sido propicias para acercarse a la lectura. Es decir, personas que ni siquiera han tenido la oportunidad de descubrir si leer es algo que les gusta o no. Esa es la arrogancia contra la que creo que deberíamos luchar, pues un mundo con burlas y desprecio hacia quienes han tenido menos oportunidades es un mundo bastante horrible. Es un mundo que lamentablemente se parece bastante al que habitamos.

«Quienes leen recomiendan lecturas porque quieren compartir su felicidad con los demás»

Literatura elitista

– Arrogantes sí, pero escribe que la literatura en ningún caso puede ser elitista. ¿Por qué?

– Lo que sostengo es que en la literatura, al igual que en casi todas las disciplinas, hay grados de desarrollo y de conocimiento, y que también existen estados de forma en la lectura. El 'Ulises' de Joyce, por ejemplo, es difícil de leer, sí. En general, para leerlo y disfrutarlo hace falta un cierto entrenamiento lector. Pero algo parecido ocurre con la pintura, con la música clásica o, mucho más aún, con la teoría de la relatividad. Para entenderlas y apreciarlas en su justo término hace falta un conocimiento, un buen trayecto recorrido. Pero sería bastante absurdo afirmar que Einstein practicaba una ciencia elitista. Creo que, así como Oscar Wilde dice en su famoso prefacio al 'Retrato de Dorian Gray' que no hay libros morales o inmorales, sino libros bien o mal escritos, lo mismo se puede decir en este caso: no hay libros elitistas o no elitistas. Hay libros bien o mal escritos, y eso es todo.

– ¿Creer que un mundo lleno de lectores sería mejor es un mito?

– No tendría por qué ser mejor, aunque quizá sí sería mejor. Tal vez hasta es probable que fuera mejor. Pero no es una certeza, ni mucho menos. Por lo que decíamos antes: si todos leyéramos pero el afán de la mayoría de las personas fuera tratar de demostrar todo el tiempo que son más sabias o más inteligentes o más ingeniosas que las demás, no veo que el mundo mejorara demasiado.

El libro de Vázquez, en sus manos.
El libro de Vázquez, en sus manos.

– ¿Por qué recomendar leer?

– Leer tiene muchísimos beneficios. La lectura te amplía el mundo, te hace vivir otras vidas. Leer te brinda otras posibilidades, te mejora, como también lo hacen otras actividades, como tocar instrumentos musicales, practicar deporte o viajar y conocer otras culturas. Esto puede sonar contradictorio con la respuesta anterior, pero no creo que lo sea. En el libro cito una frase atribuida a Flaubert: «Viajar te hace modesto, porque te das cuenta del pequeño lugar que ocupas en el mundo». La lectura debería hacerte modesto también, y más humilde y más sensible y más generoso, porque cuanto más lees, más conciente deberías ser de todo lo que no sabes. Pero las cosas no siempre funcionan así.

– Hay estudios que dicen que leer nos hace más felices. Como para no ser arrogante, ¿no?

– Yo lo veo exactamente al revés. Entiendo la arrogancia como la necesidad de alguien de ir por la vida marcando la distancia que cree que existe entre él-ella y el resto, los que desde su óptica están por debajo, valen menos, porque no han leído o por cualquier otro motivo. En cambio, si eres feliz, ¿a qué andar tratando de demostrar esas diferencias? Cuando eres feliz, eso no te importa. La felicidad, de hecho, es contagiosa, procura que los demás también sean felices. Por eso quienes leen (y logran dejar atrás esa arrogancia) recomiendan lecturas: porque quieren compartir su felicidad con los demás, sentirlos cerca, sentirse acompañados.

– ¿Cómo crear nuevos lectores, que al parecer sigue siendo una de las preocupaciones de los sistemas educativos?

– Precisamente, creo que la palabra clave para promover la lectura es felicidad. La lectura debería ser siempre, y ante todo, una forma de la felicidad. Luego tendríamos que establecer qué es la felicidad, y ahí cada uno podría enarbolar sus propias definiciones. Pero en ningún caso las propuestas debieran conducir en la dirección opuesta. En este sentido, me parece fundamental el respeto por los 'derechos de los lectores' enumerados por Daniel Pennac: derecho a abandonar un libro que te aburre, a saltarte páginas, a hojear, a leer cualquier cosa, incluso a no leer. Ese tendría que ser el punto de partida para cualquier plan de promoción de la lectura.

«Un libro es un objeto casi mágico. Abrirlo es cruzar una puerta y pasar a otras dimensiones»

Seres con vida

– ¿Qué es un libro?

– En un sentido, un libro es un objeto casi mágico. No lo vemos porque estamos acostumbrados, pero el hecho de que todos nuestros conceptos y nuestras ideas se puedan codificar en lenguaje, y que el lenguaje se pueda condensar en un poco de tinta y papel, y que a su vez ese objeto de tinta y papel lo podamos decodificar en cualquier parte, todo eso es una especie de pequeño milagro. Me gusta mucho esa frase de Borges que dice que el libro es el instrumento más asombroso creado por el ser humano, porque mientras las demás herramientas son extensiones de su cuerpo, el libro es una extensión de la memoria y la imaginación. Y leer es, precisamente, poner en marcha los engranajes de la memoria y la imaginación. Es cruzar una puerta (muchos han destacado que el gesto de abrir un libro es muy parecido al de abrir una puerta) y pasar a otras dimensiones, las cuales están tanto dentro como fuera de nosotros.

– Para muchas personas el libro es algo sagrado que no se puede ni subrayar, ni manchar, ni prestar, ni…

– Pennac no lo menciona, pero tratar al libro como a uno le dé la gana también debiera ser uno de los derechos del lector. Todo lo sagrado nos parece ajeno, distante, evasivo. Yo subrayo y escribo en los márgenes de mis libros y siento que es justamente eso lo que los hace míos, lo que les añade un valor especial. Tengo mis manías, como todos los lectores: solo los marco en lápiz, no me gusta doblar las páginas, los llevo en una bolsa para que no se ajen por demás. Pero si a alguien le gusta subrayar con bolígrafo, hacer dibujitos en los márgenes o pintarle bigotes a la foto del autor en la solapa, me parece estupendo que lo haga. No veo motivos para que se se cohíba.

Biblioteca de la Universidad de Salamanca.
Biblioteca de la Universidad de Salamanca.

– En su libro, escribe de las bibliotecas casi como si fueran lugares o seres con vida propia…

– En un sentido metafórico, lo son. Tu biblioteca va cambiando, va creciendo contigo, te acompaña, la sientes cerca aun cuando no estás a su lado, te sientes en la necesidad de alimentarla con frecuencia, de cuidarla…

– Pasamos al tema de escribir. ¿Para qué escribir? O por qué...

– Se han ensayado decenas de respuestas a esta pregunta, y se han repetido tantas veces que hoy suenan todas a clichés, a lugares comunes. Lo que a mí me gusta decir es que uno escribe porque no puede evitarlo. Incluso cuando se convierte en una especie de masoquismo: escribir puede ser una actividad muy solitaria, muy ardua, hasta dolorosa. Y los libros son como botellas al mar, que nunca se sabe si hallarán a su lector. Uno se ilusiona con que sí lo van a encontrar, pero no hay garantía alguna, y sin embargo ahí vamos: no terminamos de publicar un texto y ya estamos escribiendo el siguiente.

– Para los nuevos autores, cuenta, es dificilísimo entrar en el mercado editorial. ¿Se arriesga poco en las grandes editoriales?

– Decir que las grandes editoriales arriesgan poco es quedarse corto: no arriesgan prácticamente nada. Por suerte, existen editoriales medianas, y sobre todo pequeñas, que son las que permiten que las nuevas voces emerjan y circulen. Decíamos que la tarea de escribir puede ser muy ardua, pero mucho más ardua es la de ser un pequeño editor. Por suerte, sigue habiendo gente con ganas de editar y leer a los autores que editan (los editores exitosos no leen, dice Constantino Bértolo). Esa gente conforma un sector importantísimo del mapa de la literatura: vastas provincias, invisibilizadas por las capitales Planeta y Penguin Random House, pero sin cuyos recursos estas últimas no podrían existir.

«La levedad de los archivos digitales se traduce en levedad de la lectura»

- Los libros digitales, ¿son libros? Se leen, sí, pero, ¿se leen igual que los de papel?

- Hasta hace tiempo se solía explicar que un manuscrito, un original, no era un libro: solo lo era después de atravesar un proceso de edición y de convertirse en un objeto físico, ese manojo de tinta y papel del que hablábamos antes. Ahora, si leo el 'Quijote' en versión digital no tengo dudas de que estoy leyendo un libro. En cambio, si leo un original que alguien me envió en formato Word y yo convertí a '.epub' para leerlo en un dispositivo electrónico mientras viajo en tren, ¿eso es un libro? Pareciera que no. Sin embargo, si esa misma persona convierte su archivo y lo empieza a vender en Amazon, ¿entonces sí es un libro?

- Esa es la duda.

- No tengo respuestas claras para estas preguntas. Lo que sí sé es que yo no los leo igual. Le di la oportunidad al libro digital, pensé que podría acostumbrarme, pero no fue así. El carácter único e irrepetible de cada ejemplar en papel se traslada también a la experiencia de la lectura. Quizá las nuevas generaciones que crezcan leyendo en digital no lo vivan de esta manera, pero en mi caso la volatilidad y levedad de los archivos digitales se traduce en volatilidad y levedad en la lectura.

- Los libros son caros, se oye a menudo. ¿Medimos con distinto rasero el precio de los libros -de los productos culturales- que cualquier otro?

- Los precios son relativos: cualquier producto es caro o barato siempre en relación con algún otro. Con frecuencia se miden con distinto rasero, sí, la cultura y otros ámbitos, y probablemente ese es un aprendizaje que también tenemos que hacer. Me parecen desacertados ciertos argumentos que suelen esgrimirse al intentar justificar el precio de un libro.

- ¿A qué argumentos se refiere?

- Los del tiempo que le toma al autor escribirlo, la cantidad de personas que trabajan en el proceso de edición, distribución, etcétera. Creo que es mucho más convincente destacar sus ventajas, como se hace con otros productos comerciales: las horas de satisfacción que proporcionan, que duran décadas y siempre se puede volver a ellos, que los puede disfrutar un montón de gente aunque se haya pagado una sola vez… Cuando se hacen esas cuentas, enseguida los libros dejan de parecer caros.

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