El laberinto del ajedrecista

El dibujante David Sala y portada y página interior de 'El jugador de Ajedrez'. /
El dibujante David Sala y portada y página interior de 'El jugador de Ajedrez'.

David Sala vuelca en viñetas perturbadoras y deslumbrantes la última novela de Stefan Zweig

JUAN MANUEL DÍAZ DE GUEREÑU

David Sala (Décines, 1973) no se prodiga como autor de historieta. Ha firmado media decena de títulos y de ellos solo conocieron traducción al castellano, allá en 2002, 'Replay' y 'Nicolás Eymerich, inquisidor', ambos con guion de Jorge Zentner. El dibujante francés publica ahora 'El jugador de ajedrez' (Ed. Astiberri), una espléndida y vigorosa adaptación de la última novela de Stefan Zweig.

Sala se ajusta con notable fidelidad al relato póstumo de Zweig, publicado en 1943 (titulado en español 'Novela de ajedrez', que editó Acantilado). Narra este el encuentro en un trasatlántico que navega desde Nueva York a Buenos Aires, en 1941, del campeón del mundo de ajedrez, Mirko Czentovic, y un aristócrata vienés, el señor B., que demuestra inesperadamente ser el único capaz de poner en jaque su dominio del tablero. Él es el jugador al que se refiere el título.

Dado que el señor B. se resiste a jugar, tras haberse mostrado a la altura del campeón, la intriga del relato radica en las razones de su renuencia y en las circunstancias que le incitan a quebrarla. Zweig rodeó a ambos contendientes de personajes secundarios que operan como desencadenantes y testigos de la acción, a los que Sala dota de fisonomías y discursos propios. Destacan entre ellos el narrador anónimo, austriaco como B., y McConnor, el impetuoso empresario escocés que organiza las partidas. Ambos suscitan el combate entre el campeón Czentovic, presentado como un bruto dotado de un único talento, el de ajedrecista, y el misterioso señor B.

El dibujante alcanza el logro inusual de una adaptación que capta la esencia del relato original

Este desvela los motivos de su sorprendente comportamiento cuando le cuenta al narrador cómo llegó a dominar los mecanismos del juego. En un relato dentro del relato que ancla la novela en la historia real de su tiempo y dota al protagonista de complejidad y matices, B. explica que el ajedrez fue para él tabla de salvación, antes de trocarse en amenaza de desequilibrio. Preso de los nazis tras la anexión de Austria y confinado en soledad absoluta a fin de quebrar su resistencia, B. se aferró a las partidas mentales para conservar la cordura. Pero lo que fue refugio se convirtió en obsesión y luego en delirio, lo que explica la resistencia a jugar del personaje.

Sala dibuja en 'El jugador de ajedrez' la ficción densa y compleja que Zweig forjó en su novela corta, con sus diversos ingredientes narrativos. Los enmarca todos la comedia social de la vida a bordo del buque, con sus incidencias menores y sus cotilleos. El escenario lujoso de las cubiertas y los salones, con su población ociosa de caballeros y damas alejados de las ocupaciones habituales y de las tensiones de un mundo que se asoma de nuevo a la guerra, sirve de trasfondo a dramas secretos, que encuentran en ese ambiente cosmopolita y acomodado un clima propicio para desvelarse. Sala no descuida los detalles de ambientación en apariencia prescindibles, que dan consistencia al escenario y a los figurantes y que enriquecen por ello la traslación de la historia al relato en viñetas.

Las confidencias del señor B. en su relato autobiográfico introducen los elementos más dramáticos de la obra. Los adensa el suicidio inminente de Stefan Zweig, huido de los nazis cuando escribió la novela, como su personaje. Los dibujos documentados y minuciosos de Sala dan consistencia a los acontecimientos históricos que encuadran la acción y les prestan aires de realidad. Calles y edificios, habitaciones y enseres cumplen con elegante solvencia su función en todo relato de época, la de evidenciar la cotidianidad de entonces, mostrar en qué consistía la vida ordinaria y cómo la perturbaron los acontecimientos narrados.

Drama en la mente

Pero el drama esencial de la novela de Zweig, que da lugar a las emocionantes partidas de ajedrez entre Czentovic y B. durante la travesía, sucede en la mente de su personaje principal. La atormentada relación de este con el juego constituye, más que las circunstancias históricas o sociales que la originan, el nudo de la narración. Individuo solo frente al poder absoluto, entre la entereza y la fragilidad, el señor B. pugna por resistir a sus captores nazis y paga por ello el precio de la inestabilidad mental.

David Sala afronta el reto de dibujar, de rendir en trazo y color, no solo una época con todas sus realidades características –salones y habitaciones de hotel, mobiliario e indumentaria–, sino también y sobre todo los sinuosos procesos mentales mediante los que B. resiste al borde del colapso, la angustia y los delirios que vive el protagonista en ese tiempo y esos lugares.

A fin de dar forma a los procesos psicológicos y las emociones de B. que engendran los acontecimientos del relato, el dibujante emplea con pericia los recursos narrativos y gráficos de su medio. Modula los diseños de página y en ocasiones multiplica el número de viñetas, las superpone e imbrica para hacer visibles, con planos recurrentes y variaciones de posturas y expresiones, la tortura del aislamiento y el laberinto de obsesiones que es su consecuencia. O, al contrario, las agranda para dar cabida en ellas a las figuras desdobladas y los espacios envolventes de las pesadillas y alucinaciones del prisionero.

Sala emplea también, con dominio propio de ilustrador asendereado y de narrador sagaz, los detalles de ambientación para lograr que sus viñetas sugieran la índole obsesiva de las rumias del protagonista. Tarimas, alfombras, papeles pintados y otros elementos de los escenarios, con sus geometrismos repetitivos, contribuyen a envolverlo todo en un desasosegante onirismo, evocan la regularidad del tablero de ajedrez al tiempo que insinúan abismos y catástrofes de la percepción perturbada.

Con una narración que atrapa y dibujo y color que fascinan, atento igualmente al efecto global de la plancha y al detalle expresivo, David Sala alcanza en 'El jugador de ajedrez' el logro inusual de una adaptación que capta la esencia del relato original de Zweig y despliega sus matices mediante una exploración deslumbrante de los recursos propios de la historieta.