El laberíntico origen del hombre

El laberíntico origen del hombre
MIKEL CASALSAL

La evolución hacia los humanos actuales no es una línea recta, sino un árbol genealógico en el que las distintas ramas se cruzan y separan

MAURICIO-JOSÉ SCHWARZ

Desde el 24 de febrero de 1871, el ser humano ha tenido que enfrentarse a la idea de que no es una especie singular y creada por una deidad, sino resultado de la evolución, al igual que todos los seres vivos a su alrededor. En esa fecha, Charles Darwin publicó 'El origen del hombre y la selección en relación al sexo', donde por primera vez se argumentaba con datos esta ascendencia. El ser humano actual y los demás primates son todos descendientes de un antepasado común.

La tarea a partir de ese momento fue desentrañar cómo se había dado ese proceso evolutivo. Ya en las décadas anteriores se habían encontrado restos de unos parientes del ser humano moderno que fueron llamados 'neandertales' por haber sido encontrado el más famoso en el valle de Neandertal, en el occidente de Alemania. A partir de entonces se empezaron a encontrar más y más restos de individuos que eran, claramente, parientes evolutivos del ser humano. Se creó como clasificación el género Homo para albergar a parientes cercanos: el Homo habilis que vivió hace entre 2,5 y 1,5 millones de años y el Homo erectus, que existió desde hace 2 millones de años y que fue la especie que salió de África y empezó a utilizar el fuego. Anteriores a ellos fueron las especies de australopitecinos (nombre que significa 'simios del sur'), que fueron las primeras en utilizar herramientas, actividad que continuó el H. habilis.

Pero los primeros intentos de ordenar a estas especies eran como ese dibujo que solemos ver en el que aparece primero un mono cuadrúpedo, luego aparece erguido, y más tarde con una herramienta de piedra, mientras el siguiente lleva una lanza y, a veces, el último es un ser humano moderno. Es decir, se veía la evolución como una sucesión lineal: un grupo de simios se separó de los chimpancés y pasaron de una especie a otra en una línea continua hasta llegar a nosotros.

Sorpresa en Denisova

La explicación, sin embargo, tenía grandes lagunas. Poco a poco, nuevas investigaciones y descubrimientos en un planeta que apenas empezábamos a excavar en busca de nuestros orígenes (y también en busca del conocimiento del pasado de la vida en el planeta antes de que surgiera nuestra especie) pintaron un panorama mucho más complejo. En lugar de una línea recta había un verdadero árbol genealógico: especies que se separaron de otras y vivieron al mismo tiempo en distintos lugares del planeta, unas que fueron nuestros ancestros y otras que fueron hermanos, primos o tíos evolutivos de nuestra especie. Y, lo que más nos exigía humildad, era que según esta visión no éramos los únicos humanos. Éramos sólo una especie humana más.

En julio de 2008, el arqueólogo Alexander Tsybankov encontró un pequeño trozo de hueso del tamaño de un garbanzo en la cueva de Denisova, en el sur de Siberia. Era poco impresionante, pero se lo llevó a un paleoantropólogo que lo identificó como un fragmento del hueso de la punta del dedo del meñique derecho de un miembro de la familia humana.

Una habilidad asombrosa de los paleontólogos y paleoantropólogos es la de poder obtener muchos datos de un solo trozo de hueso, empezando por el ser al que perteneció, porque todos los huesos cuentan su propia historia. El fragmento podría ser de un humano moderno o de un neandertal, considerando los hallazgos que se habían hecho en los alrededores, y el arqueólogo Anatoly Derevianko decidió enviarle la mitad del hueso a Svante Pääbo, el máximo experto mundial en ADN humano antiguo, quien fue el primer científico que pudo obtener y estudiar el ADN de un neandertal y quien consiguió demostrar que los humanos modernos tenemos parte de ADN neandertal. Uno de sus especialistas, Johannes Krause, extrajo el ADN del hueso y descubrió, para sorpresa de todos, que no era ni humano moderno ni neandertal, sino que se trataba de un nuevo tipo de ser humano que complicaba aún más el camino de nuestra descendencia.

En los años siguientes se encontraron nuevos fósiles denisovanos y aprendimos más sobre ellos. Y descubrimos que también se habían cruzado con los ancestros que pusieron la mayor parte de nuestro legado genético, el Homo heidelbergensis, y algunos grupos de asiáticos orientales, en particular un grupo de Papúa Nueva Guinea, tienen entre 3 y 5% de ADN denisovano.

Una historia compleja

El Homo heidelbergensis, por su parte parece haberse originado en el Homo antecessor descubierto por el equipo de Atapuerca, que ha ampliado enormemente nuestro conocimiento del linaje humano y, sobre todo, del concepto mismo de 'humano'. Al parecer, el antecessor comparte un ancestro común con el Homo erectus, pero este no es ancestro nuestro, es una rama que se separó y se extinguió sin dejar más huella que sus fósiles. Más atrás, entre nuestros antecesores, está el Homo habilis, que junto con otro primo lejano, el Homo rudolfensis, forman el grupo humano. Todas las especies del genus Homo, pues, son humanos. Por eso es un error llamar 'humanos' sólo a los miembros de nuestra especie, Homo sapiens.

La historia de nuestra especie, pues, es complicada. Y no es un asunto cerrado. Mientras más investigadores excavan restos nunca antes estudiados y analizan su ADN, el mosaico se va haciendo más complejo y, a la vez, más claro. El miembro más recientemente descubierto de nuestra familia es el Homo naledi, especie cuyos fósiles se encontraron en 2013 en Sudáfrica y se describieron en 2015. Para algunos expertos, se trata de una variedad de Homo erectus, mientras que otros lo ven como un tipo de Homo ergaster y un tercer grupo lo ubica como una especie aparte, no nuestro ancestro, sino otro primo segundo.

¿Cómo saberlo con certeza? Con más datos. Las especies que hemos descubierto nos dicen que, como ocurre en el resto del mundo vivo, no son compartimientos estancos, que hay flujos genéticos, que hay etapas intermedias, un continuo de una especie a otra que se asemeja al paso de tonalidades entre el rojo y el amarillo o el azul y el verde. En nuestro caso, la historia podría contarse desde que el Australopithecus afarensis, cuyo más conocido miembro es 'Lucy', pasó de ser cuadrúpedo a ser bípedo, dividiéndose entonces como el delta magnífico de un río genético cuyos brazos se separan, a veces vuelven a cruzarse, y al final uno solo de ellos desembocó en nuestra especie, de muchos iguales distintos que hoy intentan comprender su propia historia, rica y complicada.