Musika Música

Cuando el jazz y el cine impregnaron la clásica

George Gershwin./
George Gershwin.

La edición del festival que abre sus puertas el próximo jueves gira en torno al eje Londres-Nueva York, que de Elgar a Gershwin vivió una gran renovación y la suma de muchas influencias

César Coca
CÉSAR COCA

En 1922, un escritor de solo 25 años que ya había llamado la atención de la crítica con una novela y un volumen de relatos, publicó un libro titulado 'Cuentos de la era del jazz'. Francis Scott Fitzgerald, que de él se trata, dio en el clavo al bautizar una década que habría de ser la que viera el surgimiento de EE UU como una gran potencia cultural gracias a la explosión del cine, la llegada a los escenarios de una nueva generación de compositores y la puesta de largo de un grupo de narradores de una vitalidad singular. Un nuevo imperio también en lo cultural sustituía a otro, Reino Unido. Gershwin, Copland, Ives y Varese, como más tarde Bernstein, Carter, Adams y así hasta Corigliano, ocuparán el trono de la composición que en el ámbito anglosajón habían detentado Elgar, Vaughan Williams y Delius. Y del academicismo, la solemnidad y el lirismo contenido que dominaba la obra de autores británicos a finales del XIX y comienzos del XX se pasó a los nuevos ritmos, la energía y el mestizaje propio de la disciplina en EE UU, donde el jazz lo invadía todo gracias a un invento genial y de gran éxito popular: la radio. Además, Broadway resplandecía con los musicales y en 1927, con la primera película sonora ('The jazz singer'), el cine abría un campo de dimensiones insospechadas a los compositores. A quienes procedían del ámbito sinfónico y a una nueva generación que se dedicó sobre todo al séptimo arte, produciendo partituras con melodías inolvidades. Mientras Europa se sumergía en el debate sobre el dodecafonismo y las primeras vanguardias, Nueva York se convertía en la capital de la música clásica verdaderamente popular.

El programa de Musika Música

El eje Londres-Nueva York es el tema en torno al cual gira esta edición del festival Musika Música, que en esta ocasión es más joven que nunca. Tanto que han programado a un par de compositores que aún no han llegado a los 40 años. Y si en vez de edades se centra el foco en los géneros, la revolución es aún mayor. Porque el cine y el jazz tienen una enorme presencia, pero entre los autores convocados también hay representantes de la canción, el musical, el rock progresivo, el blues y la electroacústica. Por decirlo más gráficamente: en esta edición sonarán obras de Karl Jenkins, líder de la banda Soft Machine, y en otros conciertos 'Moon river' y 'Over the rainbow' y un arreglo para sexteto de 'Simpathy for the devil', de Rolling Stones.

La música clásica ha recogido en numerosas ocasiones la tradición popular. En el s. XX acudió al folclore de manera directa, como lo hacían Parry, Stanford y MacKenzie en Reino Unido y los mucho menos conocidos Cadman y Farwell en EE UU. Pero la revolución, el mestizaje definitivo, se produce en torno al jazz, con Gershwin como gran figura.

Cartel del concierto del estreno de 'Rapsodia in blue'.
Cartel del concierto del estreno de 'Rapsodia in blue'.

Momento fundacional

Una figura que rompe con la tradición que venía de Londres. Allí, por encima de los compositores citados, triunfaban Delius, Bliss, Vaughan Williams y sobre todo Elgar. Aunque, en honor a la verdad, este último ya se había despedido para cuando llegó el día histórico de la música americana. En octubre de 1919, con 62 años y en la cima de su prestigio, un Elgar afectado por episodios de mala salud y consciente de que el legado de la época victoriana –la suya, la que encarna su música– estaba agotado, estrenó el Concierto para violonchelo. Una obra que hoy suena dramática, medidativa y hermosa pero que en su momento no fue comprendida por la crítica ni el público. Con ella, da por casi concluida su carrera.

Elgar era ya viejo, como su obra, cuando el 12 de febrero de 1924, en el Aeolian Hall de Nueva York, se produjo lo que los historiadores consideran el momento fundacional de la música sinfónica estadounidense. Ese día, no había ni un hueco libre en las 1.100 butacas de la sala –hoy desaparecida– y muchos se habían quedado sin poder entrar. Entre los asistentes, estaban compositores como Rachmaninov y Stravinski. La expectación era enorme y el programa parecía no tener fin: nada menos que once piezas (algunas a su vez se componían de movimientos o fragmentos diversos) agrupadas bajo el título 'Un experimento en música moderna'. La última era, casualidades de la vida, 'Marchas de Pompa y Circunstancia' de Elgar. Antes iban a escucharse obras de MacDowell, Berlin, Kern y otros. Pero la pieza central del concierto con el que Paul Whiteman quería subir el jazz a los escenarios hasta entonces reservados a la clásica estaba situada justo antes de Elgar: era la 'Rapsodia in blue' de un compositor de 25 años con enorme talento llamado George Gershwin, que la interpretó al piano. Enorme talento y escasa formación académica. Tan es así que la parte del acompañamiento orquestal –escrita para los 23 músicos de Whiteman– debe mucho más al compositor Ferde Grofé que a Gershwin. Da igual. Este último recibió una enorme ovación. Ese día cambió la Historia de la música clásica.

Mientras, Reino Unido vivía en su entonces glorioso aislamiento. O glorioso ensimismamiento. Privado de autores de primer nivel desde Purcell y Haendel hasta finales del s. XIX, la música había renacido, sobre todo gracias a Elgar. En las obras de esa generación se juntaba una notable grandiosidad –se explica bien por la autosatisfacción de la época victoriana–, un uso discreto del folclore y un lirismo que podría decirse ascético si no fuera porque García Márquez asoció ese término para siempre a la música de Satie. En uno de sus textos, Elias Canetti escribió que cuando llegó a Londres le llamó la atención la escasa afectividad de los británicos, lo que le pareció incapacidad para expresar sus sentimientos. Algo que se convirtió en admiración cuando llegaron los bombardeos alemanes en la SGM y vio cómo los londinenses se comportaban con eficacia y discreción, sin aspavientos ni desgarros. Así es también la música de esa época: moderadamente vanguardista, moderamente lírica y moderadamente popular. Una declaración de guerra a los excesos.

Edward Elgar.
Edward Elgar.

Una larga lista

La lista de los compositores que se interpretarán en este Musika Música es muy larga, y abundan los nombres poco habituales en nuestros escenarios. Porque junto a Gershwin, Bernstein, Copland, Ives y Barber, están John Williams, Duke Ellington, Bill Evans, Bernard Herrmann, Amy Beach, Jerome Kern, Bryce Dessner, Bill Evans, Henri Mancini, John Kander (sí, el autor de la célebre 'New York, New York' que inmortalizó Sinatra) y el jovencísimo Nico Muhly (37 años). A este lado del Atlántico, están Elgar, Holst, Britten, Tippett, Ireland, Walton y Nyman, y en paralelo, Lennox Berkeley, Rebeca Clarke, Gavin Bryars, John Woolrich, Simons Wilkinson y Anna Clyne, que aún no ha llegado a los 40.

La modernidad, el cine, el jazz, el blues, el musical y hasta el rock están. Todos son bienvenidos a la gran fiesta de la Música.

Invitados muy especiales

Granados y Madina son invitados muy especiales en esta edición. La vinculación de ambos con el eje Londres-Nueva York es más que simbólica. El catalán regresaba de la Gran Manzana vía Londres cuando el buque en el que cruzaba el Canal de la Mancha fue torpedeado por un submarino alemán. Aita Madina vivió entre 1955 y 1972 en Nueva York, y fue en EE UU donde estrenó buena parte de sus últimas obras.