Lecturas

La voz de Imanol

Harkaitz Cano, fotografiado en Bilbao antes de la entrevista./Jordi Alemany
Harkaitz Cano, fotografiado en Bilbao antes de la entrevista. / Jordi Alemany

Harkaitz Cano dibuja en su última novela, ahora traducida al castellano, el perfil de un cantante comprometido que antepuso su arte a la política y se enfrentó a la violencia

CÉSAR COCA

Cuatro escenas, apenas destellos, muestran la relación entre Harkaitz Cano y el cantante Imanol. En la primera, el novelista no había nacido aún. Debía de ser el año 1967, y su padre, que había comprado un magnetófono de bobina –un 'revox'–, probó el aparato con unos amigos. Uno de ellos, un tipo muy alto con buena voz que luego haría carrera en el escenario, cantó 'Capri c'est fini' a capella delante del micrófono. Era Imanol. Casi dos décadas después, el pequeño Harkaitz, que entonces tenía diez años o poco más, visitó a su tía, realquilada temporalmente en un piso con ventanas redondas de la donostiarra calle Prim, residencia habitual del cantante, que en ese momento se hallaba en París. «Allí estaban sus cosas, había óleos y discos tirados por el suelo; era como de otro planeta». Cuando el niño llegó a la adolescencia y se convirtió en «un poeta atormentado», gustaba de empaparse de canciones de aquel gigante de larga melena. «Las memorizaba sin saber que eran poemas».

Tuvo ocasión de conocerlo a mediados de los noventa, en un encuentro que Félix Maraña organizó en la Casa de Galicia para que los escritores en euskera y castellano, habitantes de dos mundos próximos pero sin apenas contacto, pudieran relacionarse. En estas cuatro escenas está el germen de 'La voz del Faquir' (Ed. Seix Barral), la novela en la que Harkaitz Cano cuenta la historia de un cantante que formó parte de ETA en sus primeros años, para luego alejarse poco a poco de la banda y oponerse frontalmente al uso de la violencia tras el asesinato de Yoyes, lo que le valió amenazas y boicots.

El protagonista de la novela, que ahora llega al mercado en su versión en castellano, se llama Imanol Lurgain. Cano explica el cambio de apellido (el real era Larzabal) porque se toma «muchas libertades respecto de la realidad». Lo ha hecho pese a que para este libro ha trabajado como nunca antes lo había hecho, entrevistando a decenas de personas que estuvieron cerca del cantante. Sin embargo, ese trabajo no lo ha acercado a la 'novela de no ficción'. «Me di cuenta de que no podía escribir un texto tipo 'Anatomía de un instante', porque me gana la ficción», explica.

Ya había tenido un primer indicio de ello hace unos quince años, cuando hizo una serie de entrevistas para una publicación y el resultado fue «una frustración». De ese trabajo con una base real a la que luego ha dado forma introduciendo numerosos elementos de ficción sale una novela en la que «era injusto que el personaje se apellidase Larzabal porque estrictamente no es él, pero también lo era que no se llamase Imanol por todo lo que tiene de él».

La novela retrata a un artista que se involucra en ETA pero dejando muy claro desde el primer momento que jamás tomará las armas. Cano dibuja una escena que retrata la confusión e incluso la esquizofrenia de algunos militantes de la banda: es cuando un futuro dirigente se muestra incapaz de matar un pavo que le han regalado pero luego dispone sin remilgo alguno de vidas humanas. «Desde la óptica de hoy, resulta difícil incidir en el grado de emocionalidad y falta de racionalidad de ciertas decisiones de entonces. Se suele hacer un análisis a posteriori de lo que fueron impulsos momentáneos; era el magma de una época que no se ha sabido explicar», comenta. «Hay un tipo de militante, reitera, que se resiste a ser entendido».

Esclavo de su vocación

En ese contexto, Imanol antepuso muy pronto el arte a otras causas, «tomando decisiones que fueron devastadoras para él y su carrera. Fue buscando una salida para su arte. Nunca dejó de pensar en sus canciones, en su siguiente disco. Vivía para su vocación, y a veces era esclavo de ello», asegura Cano.

Soportó por ello algunas burlas, que también están en el libro. La más relevante, que se repite y llega a obsesionar al cantante, se refiere a lo inútil que es hacer la revolución solo con una guitarra. El novelista guipuzcoano hace una reflexión sobre ello que tiene un poso de amargura: «Esa frase, esa convicción, ha sido decepcionante para la cultura euskaldun, pero al tiempo es trágico constatar los límites de esa misma cultura como motor de cambio».

Esa contradicción la vivió Imanol junto a la derivada del uso de la lengua en sus actuaciones. Como cuenta Cano, vivió la perplejidad de que el mismo mensaje cantado en una lengua le valía el rechazo o la incompresión de unos, y en otra, el rechazo y la incomprensión de otros. «Cantaba indistintamente en euskera y castellano desde sus inicios e incluso sus enemigos reconocen que nadie participó en tantos festivales solidarios por las causas más diversas que él», pero sufrió en sus propias carnes el uso de la lengua como arma arrojadiza. «Es otra de las disyuntivas de su vida: poner por delante el internacionalismo o una visión más euskaltzale de la lucha obrera».

Las traducciones

Durante años, Harkaitz Cano se traducía a sí mismo al castellano. Con 'Twist' cambió, dado que la tarea corrió a cargo de Gerardo Markuleta. En su volumen de cuentos 'El turista perpetuo', volvió a asumir la traducción, pero en 'La voz del Faquir' es Jon Muñoz quien se ha encargado de ello. Fue casi un azar, confiesa. Había empezado él mismo con la versión en castellano y estaba agobiado porque tenía varios temas entre manos y temía no llegar en los plazos requeridos, cuando recibió un correo de Muñoz que le decía que había leído la novela y le había gustado mucho. Traduce de manera habitual -pero poco de euskera a castellano-, y se ofrecía a hacerlo si no tenía aún encargado ese trabajo. Cano vio los cielos abiertos. «Fue providencial», reconoce ahora. A la pregunta de si nota diferencias en sus textos en castellano según quién los haya traducido, responde con una reflexión sobre la esencia misma de la creación. «El problema es que uno no sabe cómo escribiría si lo hiciera directamente en castellano. No es un problema del traductor, sino del autor y su ego»

La voz del faquir

Autor: Harkaitz Cano.

Trad.: Jon Muñoz.

Ed.: Seix Barral. 392 págs.

Precio: 19,50 euros (ebook, 12,99).