Cómic

Ilusiones y desengaños de Jonas Fink

Portada del libro de Vittorio Giardino./
Portada del libro de Vittorio Giardino.

Giardino dibuja las vivencias y las esperanzas frustradas de un joven en los días de la Primavera de Praga

JUAN MANUEL DÍAZ DE GUEREÑU

A Vittorio Giardino (Bolonia, 1946) le cuadra el calificativo de 'clásico' de la historieta por varias razones. Cabe calificar de ese modo la hechura de sus obras, pues su dibujo obedece a unos cánones de representación minuciosa y clara que recuerda a los grandes del realismo en el cómic, hace casi un siglo, y a los maestros de la escuela francobelga, encabezados por Hergé. Como estos, Giardino concibe sus historietas para el formato editorial del álbum, el de mayor tamaño de página, aunque no se ciñe al molde habitual de las cuarenta y tantas de extensión.

También el andamiaje de sus historias rinde honores a las convenciones narrativas de más sólida tradición. Desde que en 1979 publicó las primeras aventuras del detective Sam Pezzo, Giardino ha escrito y dibujado ficciones que se adscriben sin reservas a géneros definidos, en particular el relato negro y el relato histórico, de cuyos recursos ha obtenido soluciones argumentales y narrativas sólidas. El lector puede acudir a las obras que firma con la seguridad de encontrar una historia bien tramada y contada hábilmente mediante un dibujo detallado, preciso y elegante.

Este sobrio empleo de recursos narrativos y gráficos bien conocidos y de eficacia sabida no priva a las obras de Giardino de originalidad ni aminora su interés. Es autor de historias que traslucen, como marcas de nacimiento, inquietudes personales, y su dibujo ha convertido en estilo propio las maneras heredadas de los grandes de la línea clara. La edición integral de 'Jonas Fink' (Norma editorial) reúne una serie entera que es buena muestra de la personalidad singular del dibujante italiano.

Completan la versión española de 'Jonas Fink' cuatro álbumes, publicados a lo largo de dos décadas largas. 'La infancia' (1995) 'La adolescencia' (1998), 'La juventud' (2012) y 'El librero de Praga' (2018). El conjunto representa uno de los proyectos más a largo plazo del autor, que ha completado las trescientas páginas que integran la historia con la tenacidad que solo los empeños hondamente sentidos concitan.

El dibujo es la clave de su relato para conseguir subyugar al lector

Un pasado cercano

Como la otra serie más conocida de Giardino, que protagoniza Max Fridman –en 'Rapsodia húngara' (1982) 'La puerta de Oriente' (1986) y los tres volúmenes de '¡No pasarán!' (2000, 2002 y 2007)–, 'Jonas Fink' transcurre en un pasado cercano, que reclama documentar con esmero escenarios y objetos. El autor gusta de situar las tramas en relación con acontecimientos y realidades que son origen y clave de grandes cuestiones sociopolíticas de nuestro mundo de hoy. La serie narra las peripecias vitales del protagonista en Praga desde 1950 hasta 1990, tras la demolición del Muro de Berlín.

Jonas Fink, como Max Fridman, es de origen judío, lo que motiva algunas de las circunstancias que condicionan la existencia de ambos protagonistas y les dota también de una perspectiva distanciada sobre los hechos y las situaciones. Pero si Fridman es el adulto desengañado, que observa con fingido desapego las catástrofes de su tiempo, Fink vive desde jovencito ilusiones y anhelos de libertad en una sociedad sometida a una férrea dictadura.

La historia de Fink comienza con la detención de su padre, judío y por tanto sospechoso de actividad contrarrevolucionaria. Como hijo de un enemigo del pueblo, el pequeño Jonas debe abandonar los estudios y trabajar en lo que puede –ayudante de albañil, de fontanero– hasta que el viejo Pinkel lo emplea en la librería que acabará por heredar. Entretanto, conoce a Tatjana, hija de un funcionario ruso, con la que vive una historia de amor adolescente frustrado por las circunstancias.

Así, los sucesos históricos configuran el trasfondo, pero también determinan las vidas de los personajes. El protagonista los vive con rebeldía, con resignación, con resentimiento a veces, solo o en compañía de sus amigos del grupo Odradek, jóvenes idealistas como él. El episodio final, el más extenso, hace coincidir las esperanzas de la primavera de Praga de 1968, aniquiladas por los tanques soviéticos, con el regreso de Tatjana a la ciudad tras doce años ausente.

Giardino traza una biografía sentimental que es al mismo tiempo un espejo de las prácticas políticas que marcaron el destino de la Europa del Este hasta la caída del Muro. Con cierta frecuencia, el relato atiende a las maniobras represivas de los agentes del régimen, en escenas que, en contrapunto a las protagonizadas por Fink y sus amigos, insinúan que sus ilusiones de libertad serán vanas. Giardino aviva así el interés de la historia, administrando con habilidad narrativa la información. El lector conoce lo que los protagonistas aún no saben, porque está enterado del rumbo futuro de los acontecimientos y sobre todo porque asiste a los manejos de quienes impondrán por la fuerza su dominio.

Pero es sin duda el dibujo del autor italiano la clave de la capacidad de su relato para subyugar al lector. Giardino es un dibujante entregado al detalle minucioso, pero que usa composición de página, tinta y color para que sea legible y significativo. Las viñetas representan sin excepción el escenario de fondo tras los personajes, lo cual no obsta para que sus páginas se lean con fluidez y resulten siempre eficaces.

La atención prestada al detalle de los espacios concede a la ciudad de Praga, en particular a las calles de su parte vieja, un protagonismo singular. Los empedrados, las paredes desconchadas, los viejos escaparates, más que los edificios y monumentos históricos, crean una atmósfera de viejo vecindario habituado a la convivencia y sus vaivenes humanos. Jonas Fink vive en Praga y la ciudad moldea su destino personal como si fuera ley de su naturaleza.

Una docena de páginas a modo de epílogo narra el regreso de Fink a Praga en 1990, tras la caída del Muro. El protagonista redescubre rincones que ya no se parecen a los de su recuerdo nostálgico. Las ilusiones de libertad desembocan en una mirada desencantada a lo que trajeron los tiempos. Nada o casi nada es lo que pudo ser y la Historia sigue su curso como una riada que arrasa las historias pequeñas.