Física

El honorable antisocial

El honorable antisocial
MIKEL CASAL

Cavendish apenas dejó una frase memorable, a cambio hizo brillantes descubrimientos, desde la composición del aire hasta cuantificar la densidad de la masa de la tierra

MAURICIO-JOSÉ SCHWARZ

Adiferencia de muchos otros de sus contemporáneos, Henry Cavendish no nos legó más que una sola cita, que rescata Georges Cuvier en un apunte biográfico escrito 18 años después de la muerte del genio. Cuando le dijeron a Cavendish que uno de sus valiosos instrumentos científicos había sido destruido por un estudiante, respondió: «Los jóvenes deben romper máquinas para aprender a usarlas, ¡que hagan otra!». Por lo demás, ni una frase memorable dejó, aunque sí una serie de brillantes descubrimientos científicos, desde la composición del aire hasta la determinación de la densidad de la masa de la Tierra, entre otros muchos temas.

Quienes lo conocieron coinciden en describir a un sujeto solitario, aparentemente desapasionado, alejado de las personas comunes y de sus intereses, dedicado únicamente a conocer el universo a su alrededor y desentrañar sus secretos.

Henry Cavendish nació el 10 de ocubre de 1731 en Niza, hoy Francia pero por entonces parte del reino de Cerdeña, adonde se había trasladado temporalmente su familia para cuidar de la salud de su madre, Lady Anne de Grey, cuarta hija del primer duque de Kent. Su padre fue Lord Charles Cavendish, tercer hijo del segundo duque de Devonshire, un acaudalado aristócrata con un profundo interés en la ciencia. Esto significaba que, pese a su buena posición social, Henry no tenía título nobiliario alguno del que presumir.

A los 11 años entró a estudiar en la academia Newcombe y a los 18 logró acceder a Cambridge, en el prestigioso colegio de St. Peter, el más antiguo y más exclusivo de los que forman la universidad. Después de menos de tres años, decidió dejar la escuela sin haber conseguido ningún título profesional y pasó a vivir con su padre a Londres, donde decidió dedicarse al conocimiento científico, instalando su propio laboratorio y acompañando a su padre a algunas de las reuniones de la Royal Society, el epicentro de la ciencia británica.

En 1766, Cavendish publicó 'Sobre los aires facticios', es decir, los gases producidos en el laboratorio. La publicación constaba de tres artículos en los cuales explicaba sus técnicas para la obtención de gases hasta entonces desconocidos. Así, aisló el 'aire inflamable', que hoy reconocemos como hidrógeno, disolviendo metales en ácidos, y obtuvo el 'aire fijo', el bióxido de carbono, disolviendo álcalis en los ácidos. Capturando esos gases, Cavendish estudió su gravedad específica, su solubilidad en agua y qué grado de combustibilidad tenían. Los artículos ganaron la Medalla Copley de la Real Sociedad, que lo había admitido como miembro apenas seis años antes.

El más rico de los sabios

Al heredar la fortuna de su tío, George Cavendish, y más tarde la de su padre, el científico se convirtió en uno de los hombres más ricos de Reino Unido, lo que le dio una libertad científica absoluta. Aunque administró cuidadosamente su fortuna, no parece haberla usado más allá de sus emprendimientos científicos, distinguiéndose por llevar ropa pasada de moda. En palabras del científico francés Jean-Baptiste Biot, era «el más rico de todos los sabios y el más sabio de todos los ricos».

Su aversión a las relaciones sociales y su aparente falta de emociones más allá de la ciencia llevaron a que el neurólogo del siglo XX Oliver Sacks sugiriera que Cavendish sufría alguna forma de autismo. Se dice que le aterraban las mujeres y no podía hablar con ellas, al punto de que toda su comunicación con las mujeres que servían en su casa era mediante notas. Sólo disfrutaba de la compañía de otros científicos y uno de sus pocos amigos cercanos, Charles Blagden, además de ser su colaborador científico, servía como escudo para que Cavendish se mantuviera apartado de la sociedad.

Pese a su prolífica actividad en diversas áreas, Cavendish apenas publicó una veintena de artículos y no escribió ningún libro. En 1783 pudo crear agua al quemar hidrógeno y oxígeno, experimento que publicó un año después. Igualmente, rechazó la idea de que el calor fuera un material, el flogisto, y por primera vez intentó explicarlo como resultado del movimiento dentro de la materia, lo que lo llevó a proponer el principio de la conservación del calor, que luego se convertiría en la primera ley de la termodinámica, la de la conservación de la energía.

La mayor parte de su trabajo nunca se publicó, dejando atrás notas de sus experimentos sobre temas como la óptica y el magnetismo, que fueron estudiadas y rescatadas en los años siguientes. Su trabajo sobre la entonces novedosa electricidad no se publicó durante un siglo. Redescubiertos en 1879 por James Maxwell, fueron importantes para que este describiera matemáticamente por fin los fenómenos electromagnéticos, haciendo posible la era de la electricidad y la electrónica.

Como el más grande experimentador de su época, la esencia de sus logros se encuentra en su tenacidad para desarrollar labores de medición con una precisión no lograda hasta entonces, trabajando con sus artesanos para perfeccionar todo tipo de aparatos como aquel destruido por un joven estudiante. Fue esta capacidad la que llevó a que se le nombrara para la comisión dedicada a revisar la precisión de los instrumentos meteorológicos del observatorio de Greenwich. Fue también la que le permitió conocer la composición del aire en un 99,3%: nitrógeno, oxígeno y bióxido de carbono. El 0,7% faltante que para algunos era un error de medición resultó ser argón, un gas que, como los demás gases nobles, es muy poco reactivo y por tanto no se pudo identificar hasta 85 años después, junto con otros gases de los cuales nuestra atmósfera apenas tiene trazas minúsculas.

Henry Cavendish murió el 24 de febrero de 1810 en Londres, habiéndose mantenido activo casi hasta el fin. Sin título nobiliario ni profesional, sin embargo, sus contemporáneos siempre lo llamaron 'El honorable Cavendish'… título más que suficiente para el tímido genio.

El experimento

Cavendish retomó en 1798 un experimento diseñado por John Mitchell, fallecido antes de llevarlo a cabo. Usaba dos esferas de peso idéntico equilibradas en los brazos de una balanza de torsión altamente sensible creada por Mitchell. Una vez en reposo, se colocaban cerca de ellas otras dos esferas, mucho más masivas, cuya fuerza de gravedad atraía a las esferas originales. Midiendo el movimiento de las esferas en la balanza, Cavendish consiguió por primera vez calcular la densidad y, por tanto, el peso de la Tierra con una precisión que se aparta apenas el 1% del valor actualmente aceptado. Aunque no era su intención original, el experimento permitió calcular también la constante gravitacional, uno de los valores esenciales del universo, fundamental tanto para la física clásica, la de Newton, como para la relativista de Einstein.