Grandeza de las miniaturas

El artista, con sus figuras./
El artista, con sus figuras.

Mark Hogancamp transformó una traumática experiencia en Marwencol, una ciudad imaginaria poblada por una tribu de figuras de acción de la Segunda Guerra Mundial

BEGOÑA RODRÍGUEZ

Cinco hombres lo dejaron en coma a la salida de un bar en Nueva York después de una brutal paliza tras confesarles, en una conversación que él creyó amistosa y distendida, su homosexualidad. Los golpes borraron su memoria y con ello todos los episodios de su vida; pero Mark Hogancamp supo renacer y reconstruirse a través de la fantástica fotografía de una pequeña sociedad llamada Marwencol, el mundo que él mismo creó.

Una noche como otra cualquiera. Un bar, unas copas y una amistad recién iniciada con un grupo de hombres. La conversación se anima y Mark se relaja. El grupo parece amable y todos se caen bien. En ese ambiente cordial y distendido, incluso con la confianza dada por unas copas de más, Mark confiesa espontáneamente que le gusta ponerse medias de nylon y zapatos de tacón. Las patadas que le dan sus 'amigos' por todo el cuerpo y, sobre todo, en la cabeza como reacción a su confesión, lo dejan en coma durante nueve días. Tuvo que volver a aprender cómo comer, cómo caminar y cómo pensar a los 38 años. Su vida anterior había desaparecido. Ni un sólo recuerdo. Ante semejante situación, y sintiéndose rechazado por el mundo exterior, creó su propio refugio: una pequeña sociedad llamada Marwencol. Hoy en día, cada vez son más las voces que alaban la impresionante calidad artística de un trabajo sobre el que ya se han hecho documentales e incluso un largometraje.

Humillación a un prisionero.
Humillación a un prisionero.

Hecho con trozos de madera contrachapada y poblado con una tribu de figuras de acción de la Segunda Guerra Mundial, Marwencol creció a lo largo del jardín de la casa de nuestro protagonista. La narrativa de Marwencol se gesta a partir de las peripecias que rodean a un piloto estadounidense, que ha sido derrotado y rescatado por la población exclusivamente femenina de su pueblo imaginario, una comunidad que él sitúa en la Bélgica de la Segunda Guerra Mundial.

El pueblo imaginario, instalado en el jardín de su casa, está habitado solo por mujeres

Los temas, como apunta Penelope Green, son, sobra decirlo, los que le afectaron: la brutalidad de los hombres, el refugio seguro de un pueblo de mujeres, los demonios gemelos de la ira y el miedo… capturados con miles de fotografías, sacadas de una vieja Pentax, con un fotómetro roto. Las imágenes –que recuerdan al cine negro– son fascinantes y emocionales.

Efectivamente, Marwencol es una ciudad en guerra. Hay sangre en la nieve, cuerpos pudriéndose en charcos, gente del pueblo ejecutada en la plaza... Las escenas resultan especialmente inquietantes, especialmente impresionantes, porque las fotografías son muy cinemáticas y tanto la iluminación como la profundidad de campo hacen que los escenarios construidos dentro de ese jardín sean increíblemente reales, porque Hogancamp revive con ellas su realidad, la que fue, pero para, de tanto grabarla, deshacerse de ella. Es su mejor terapia. En una fotografía, por ejemplo, cinco hombres de las SS están golpeando brutalmente a una de los soldados de plástico que se parece, cómo no, a Hogancamp. Los hombres se turnan para pisotear su cabeza mientras la figura yace en el barro. Sin embargo, esta vez su fantasía le permite reinventar la realidad y así en otras fotografías los atacantes están recibiendo su merecido: las mujeres de la ciudad disparan a cuatro de ellos, mientras ahorcan al quinto, «el que empezó todo».

Un don particular

Hogancamp tiene un don particular para el lenguaje y el dibujo: su prosa es vívida y sus bocetos de héroes y villanos llaman la atención de la crítica; pero también destaca su dominio del lenguaje corporal, la psicología y la dirección escénica, como bien señala Jerry Saltz, lo que le ayudó, no solo con su proyecto, sino también en la creación de un documental sobre su vida, 'Marwencol', que acumuló varios premios y que se convertiría más tarde en largometraje.

Un médico en acción.
Un médico en acción.

Pero, ¿cómo fue descubierto semejante universo? Pues, como en tantos y tantos otros casos, de una forma casual. Hogancamp solía ir al ultramarinos más cercano una vez por semana. Iba andando, al tiempo que arrastraba detrás de él un jeep militar de juguete del tamaño de un bolso, lleno de las muñecas que cobraban vida en Marwencol. Eran sus chicas, sus protectoras, todas armadas hasta los dientes para mantenerlo a salvo. El viaje a pie, además, desgastaba las costuras de fábrica de los neumáticos de goma del jeep, lo que le venía como anillo al dedo para aumentar el realismo de las escenas que fotografiaba. Esos viajes con semejante acompañamiento no pasaron inadvertidos a los ojos de David Naugle, un fotógrafo local que, casualmente, solía pasar con su coche en el momento en que Hogancamp se dirigía a la tienda. Un día, curioso, Naugle se detuvo y preguntó a Mark de qué iba todo ese montaje que le acompañaba. A los pocos días, Naugle recibió por correo una pila de fotografías de Marwencol. Aturdido por la narración y por la habilidad de Hogancamp como fotógrafo, los envió al editor de 'Esopus', un diario de arte donde fueron publicados junto con la historia de nuestro protagonista en el otoño de 2005. Dio la casualidad que uno de los suscriptores de la revista, Jeff Malmberg, es director de cine. Esta vez los planetas se alinearían no para estrellarlo sino para darle una «segunda vida». Malmberg se interesó por su historia y se gestó así el documental sobre su vida y, sobre todo, acerca de su extraordinario trabajo. La filmación se estrenó en 2010 y recibió una gran cantidad de premios. Desde entonces, la crítica no ha dejado de alabarlo.

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