Lecturas

Carlos Aurensanz: «El gran aficionado a la novela histórica detecta el gazapo enseguida»

El escritor tudelano Carlos Aurensanz./ IGNACIO PÉREZ
El escritor tudelano Carlos Aurensanz. / IGNACIO PÉREZ

El veterinario y escritor ficciona en su nueva novela, 'El rey tahúr', una época «muy atractiva» del s. XIII en la que Tudela, su ciudad natal, se volvió pieza clave

ELENA SIERRA

De una sola dovela de la catedral de Tudela, Santa María la Mayor, se pueden sacar historias para llenar más de 800 páginas. Al menos si esa dovela la mira, la estudia, la analiza y la utiliza como piedra sobre la que levantar una ficción el veterinario y escritor Carlos Aurensanz, que ha publicado 'El rey tahúr' (Ediciones B). Nacido en Tudela, enamorado de la Historia y del Arte, aficionado a documentarse –sobre el terreno y entre papeles– sobre todo lo que tiene que ver con su localidad natal, Aurensanz había publicado hasta ahora una trilogía ambientada en Al Andalus, la de 'Banu Qasi' (compuesta por 'Los hijos de Casio', 'La guerra de Al Ándalus' y 'La hora del califa'), pero hacía un tiempo que quería avanzar unos siglos y trasladarse a su tierra... Y fue cuestión de mirar la dovela para dar con el hilo del que tirar.

Está situada en la llamada Puerta del Juicio de la catedral. «Es una portada magnífica con 150 esculturas. La mitad representa al cielo y la otra mitad al infierno. En esta, la riqueza artística es enorme: no solo aparecen los castigos, sino que hay imágenes de los pecados que llevan al infierno», explica el escritor. Ahí se encuentran dos escenas en las que los protagonistas son dos tableros rectangulares que, hasta hace unos años, siempre se había considerado que hacían referencia a los ábacos de los cambistas judíos y por lo tanto a la avaricia de la usura –con lo que se mataban dos pájaros de un tiro: se señalaba el pecado, pero también al judío como perverso–. «Pero mirando con atención vimos que eran otra cosa, tableros de juego. En un libro de Alfonso X el Sabio se habla de la Tabla Real, que se jugaba en las casas de juego de la época y que era parecido al backgammon actual», describe. Ahí surgió la inspiración para 'El rey tahúr', que como indica el título hace que el propio rey esté implicado.

«Aquí hay mil historias entrelazadas. El templo no es el tema fundamental»

Aurensanz quería ficcionar una época «muy atractiva», en la que Tudela se volvió pieza clave pues aunque la capital del Reino estaba en otro lugar, aquí estaba la Corte. «Fue una época de efervescencia absoluta, poco después de la conquista de la ciudad, que estaba en manos musulmanas, por parte de Alfonso el Batallador. Estaba todo por hacer: donde había mezquitas había que poner iglesias, transformar la Alcazaba en castillo para la Corte del Rey, construir el puente de piedra sobre el Ebro... Las encomiendas de las órdenes templaria y hospitalarias estaban preparando las cruzadas. Llegaba el Císter desde el otro lado de los Pirineos y se empezaron a construir en torno a Tudela varios monasterios. El fuero concedido a la ciudad atrajo a pobladores de otros lugares...», enumera el autor. «Como marco narrativo daba unas posibilidades enormes».

En ese contexto llegan a Tudela los canteros franceses que son protagonistas del libro. El hijo de uno de ellos será el motor de parte de la historia, ya que, durante la demolición de la mezquita, descubre una cripta desconocida hasta entonces y, en ella, una arqueta de marfil con un pergamino que mucha gente codicia. «Todo esto ya es ficción. Ese pergamino es el eje de una novela en la que hay intriga, 'thriller', una ambición desmedida que provoca muertes, amor, aventura». Aurensanz sabe que se realizarán comparaciones con 'Los pilares de la tierra' y 'La catedrald el mar'. «Hay muchas novelas sobre la construcción de estos edificios porque el tema es fundamental en la vida de las ciudades de la época, pero más allá de eso, no hay similitudes. Aquí hay mil historias entrelazadas. El templo no es el tema fundamental», explica.

El arco temporal (de 1188 a 1234), que avanza a medida que avanzan las construcciones, permite «hacer avanzar a los personajes. Lo que comienza como proyecto románico se ve transformado por las influencias del norte de Europa, de los grandes templos góticos que ya surgen cerca de París». Y el poder religioso y el político entran en conflicto continuamente. «El rey Sancho tiene otro tipo de ambiciones y de destino para los dineros, que son para armar huestes contra el enemigo y no para levantar la catedral, que es lo que quiere el prior, que sueña con ver terminada esta gran obra en vida».

Documentación

Aquí los personajes que existieron en la realidad y los que solo lo hacían en la imaginación del autor se mezclan e interactúan teniendo muy claras las líneas que no se pueden cruzar por mucho que se escriba narrativa. «No puedes permitirte el lujo de darle al lector una novela con errores. Los lectores de novela histórica son muy exigentes porque saben mucho. El gran aficionado te detecta un gazapo enseguida y hay que pensar en eso, además de en ti mismo, para dar un producto serio y de calidad».

Por eso la documentación es tan importante, señala. Y la bibliografía, inmensa. «Hay que documentar hasta la extenuación cualquier aspecto, tienes que contar el día a día de las personas: cómo comían y qué bebían, cómo vestían y viajaban, cuánto les costaban las cosas, qué leyes existían. Tienes que cerrar los ojos y ver esa ciudad del siglo XIII». Aurensanz disfruta con ese proceso. No hay otra, asegura. «No puedes dedicar años a algo que no te gusta, que te resulta árido, porque entonces no harás disfrutar al lector».

Él tiene la suerte de escribir, al menos en esta novela, sobre lo que conoce y pisa a menudo, cosa que ayuda. Con su grupo de amigos aficionados a la Historia recorre la catedral, de día o de noche, sube y baja, hace fotos a las marcas que los canteros dejaron en su día en las piedras. «Eran grandes artistas. En paralelo a estas obras se construyó el puente sobre el Ebro –400 metros de anchura, toda una obra de ingeniería con las técnicas de aquella época–, y hay marcas que se repiten en uno de los muros de la catedral y en uno de los pilares del puente. Son contemporáneos. Pudo realizarlas el mismo cantero o el mismo grupo, o puede que lo hicieran padres e hijos, porque la marca no era individual y pasaba de generación a generación», detalla. «Todo eso va enriqueciendo las 850 páginas de la novela».

 

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