Georgia, triste esplendor

Vista de una de las calles comerciales de Tiflis, la capital georgiana. /
Vista de una de las calles comerciales de Tiflis, la capital georgiana.

Masas de turistas rusos recorren hoy en día un país que no hace tantos años estaba en la lista de destinos desaconsejados

ANTONIO ELORZA

Al caer Bilbao, Stalin afirmó que la guerra de España estaba perdida, «porque en circunstancias como esa solo georgianos y vascos son capaces de responder». Más allá del mito, Georgia es hoy un hermoso y dolorido país. En los primeros años del siglo Georgia se presentaba como un país cuya visita resultaba desaconsejable por el alto grado de inseguridad. Tenía de todo: atracos, tráfico de armas, secuestros. Todo ello sobre el telón de fondo de guerras, que entre 1991 y 2008, fecha de la intervención militar rusa, llevaron a la amputación de un quinto de su territorio, con la pérdida de Abjacia, la antigua costa azul soviética, y de la Osetia subcaucásica. Escasos atractivos.

Hoy masas de turistas rusos recorren el país con absoluta tranquilidad, y lo mismo hace buen número de visitantes europeos e israelíes. Superada la única barrera del idioma, hermanado por algunos con el euskera, tanto allí como en el País Vasco la población es solidaria y muy acogedora.

La capital Tiflis es un cruce de caminos, desde el cual cabe seguir los dos ejes de comunicación, hacia el oeste en dirección a la segunda capital, Kutaisi, y hacia el este recorriendo Kaketia, región del vino ahora sin mercados. El primero lleva hasta la costa del Mar Negro, en pleno florecimiento por el aluvión de rusos. Tanto hacia el este como hacia el oeste, en el espacio enmarcado entre el Gran Cáucaso, con alturas superiores a cinco mil metros, y el Pequeño Cáucaso al sur, prevalece un paisaje agrario. En Kaketia abundan las pequeñas haciendas donde cabe disfrutar a la vasca de buena carne, setas del bosque y excelente vino, literalmente de la casa. En las ciudades, y singularmente en el barrio viejo de Tiflis, proliferan los restaurantes económicos ofreciendo la contundente cocina de raíz campesina. La caraterizan el uso abundante de hierbas, el pan horneado, y el recurso a las variantes de khachapuri, la torta de queso. Son buenos comedores y bebedores.

Luego, si alguien desea agriar la comida, nada mejor que trasladarse a la gris Gori y visitar el museo consagrado –casi un mausoleo– a la gloria local, José Stalin. Es un edificio siniestro de tiempo soviético, cuya exposición de recuerdos culmina en el sancta sanctorum donde es exhibida la máscara mortuoria del Jefe.

Arquitectura religiosa

Siempre hacia el oeste, se llega a la tristona Kutaisi. Cerca de la ciudad, se encuentran dos grandes muestras de arquitectura religiosa georgiana: la catedral bagrátida, aún convaleciente de una voladura del siglo XVII, y la catedral de la Virgen en Gelati, obra maestra del período de apogeo de la Georgia medieval en torno al año 1100. Son variantes de la inserción de un cuerpo central, con cúpula cónica alzada sobre tambor, en una planta basilical. La gran elevación simboliza tanto la aproximación a Dios como el poder del rey, en este caso de David el Constructor, dueño de un territorio que penetraba en la actual Turquía. La sobriedad del conjunto es superada en el exterior mediante composiciones en bajorrelieve de alto valor decorativo, cuya simbología va modificándose de un templo a otro.

Casi de modo simétrico, al regresar a Tiflis, dos magníficos templos en Mtshketa, la catedral y la iglesia de Samtavro, vuelven a mostrar la conjugación de grandeza, sobriedad y decorativismo en las fachadas. Hay al este una colina desde donde se dominan la ciudad y la confluencia de dos ríos. Sobre ella se alza la pequeña iglesia de Jvari, de la Santa Cruz, obra maestra del estilo georgiano antiguo y corazón simbólico del país. La combinación de iglesias y catedrales –como las citadas o la de Alaverdi en Kaketia–, siempre diferentes y enlazadas estilísticamente entre sí, con paisajes fantásticos de montaña, se repite una y otra vez.

Cerca ya de la frontera rusa, en el Gran Cáucaso, el esquema de Jvari se repite en la iglesia encaramada de Kazbegi, lugar óptimo para 'trekking' en zona de glaciares. En su camino, la Carretera Militar lleva, partiendo de Tiflis, a la fortaleza bajomedieval de Ananuri, con torres de defensa interiores y una iglesia decorada con una cruz labrada y motivos vegetales. En un reducido espacio, la muralla encierra los componentes principales del feudalismo georgiano: la gran torre, las iglesias, la producción de vino, representada en los bajorrelieves de la iglesia de la Asunción. Es un conjunto de gran belleza.

Lejos del eje central, se encuentran otros dos lugares fascinantes. En el norte, incrustado en el Gran Cáucaso, el país de Svanetia, de idioma propio, multitud de torres, pequeñas iglesias con iconos, y pistas de esquí. Al sudeste de la capital, la gran ciudad monástica de Davit Gareja, junto a la frontera azerí, con cuevas e iglesias decoradas al fresco, y un difícil acceso que requiere estar en buena forma. Al final, espera el descanso en la tranquila Tiflis, con un sugestivo emplazamiento y sus museos en la señorial avenida Rustaveli, reflejo de los años dorados que precedieron a la Gran Guerra. Destaca el museo de Bellas Artes, y no porque el edificio hubiese albergado al seminario del joven Stalin, sino por el magnífico tesoro de iconos y cruces, indicio del vigor prenacional de Georgia entre los siglos IX y XIII. Algunas piezas subresalientes proceden de la otra Georgia, la que desde el siglo XVI quedó bajo soberanía otomana.

 

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