Lecturas

Etiopía, la pureza 
y la miseria

Baile ritual en el Timkat./Ana Rodríguez
Baile ritual en el Timkat. / Ana Rodríguez

La confianza popular en la religión y la autoridad se mantiene, pero también la pobreza de lo rural mientras los rascacielos dominan en las ciudades

Antonio Elorza
ANTONIO ELORZA

El calendario festivo culmina en Etiopía con la fiesta del Timkat, equivalente a nuestra Epifanía, pero con un significado bien distinto. Su objeto es celebrar el bautismo de Jesús por San Juan, pero con un protagonismo del común de los fieles, que equiparan su ceremonia al acontecimiento fundador para ellos de la cristiandad. Es la reafirmación de la pureza, reflejada de principio a fin en el blanco de sus vestidos. En todos los lugares del país, las procesiones se dirigen con sus réplicas del Arca de la Alianza al lugar de la celebración, donde en la tarde del primer día reciben la predicación solemne de las autoridades religiosas.

La sesión se cierra con una danza ritual ante las mismas, primero oficial y luego con manifestaciones espontáneas de la masa de asistentes, quienes con bailes y tambores expresan su alegría desbordante. Después viene la noche, el tiempo en que hombres y mujeres siguen sumidos en el pecado, paréntesis cubierto mediante una misa interminable. Tras ella, en el amanecer, todos se dirigen a la piscina ritual, donde primero, otra vez los religiosos, explican el sentido del acto, y a continuación, invitan a los asistentes a reproducir el bautismo, bien en la piscina (donde es posible: Gondar) bien casi siempre regándoles literalmente desde mangueras, a cuyo fuerte chorro tratan de acercarse en masa. No sin peligro de aplastamiento. Finalmente, las procesiones devuelven sus arcas a las iglesias, Todo rezuma felicidad.

La intensidad de esa comunión colectiva sería inexplicable sin la concepción religiosa monifisita, que declara la condición divina del Hijo, haciéndole idéntico al Padre (y por extensión luego al Espíritu Santo), es una Trinidad clónica, donde al ser los tres iguales, solo Uno desempeña la papel activo, proyectándose esa fusión sobre la unidad esencial del cosmos, de la cual forma parte el pueblo de Dios. Con todo su poder, la Iglesia es solo mediadora y guía de esa identidad entre la sacralidad de Cristo y el conjunto de los cristianos, refrendada por el Arca de la Alianza. De hecho el Timkat representa la integración comunitaria en lo divino.

Detalle de la iglesia de San Jorge Lalileba y monumento a Selassie.
Detalle de la iglesia de San Jorge Lalileba y monumento a Selassie. / ana rodríguez

El poder político

El entramado doctrinal se simplifica entonces, y su núcleo, compuesto por Jesús y la Virgen en sus distintas representaciones, solo requiere verse rodeado por una eficaz barrera defensiva, que encarnan los arcángeles Miguel y Gabriel. Solo que al encontrarse ambos ligados al marco bíblico, su función habrá de ser asumida en adelante por San Jorge, en la lucha permanente contra el Mal. Por otra parte, la Iglesia no ofrece de modo directo esa protección al individuo, quien deberá recurrir entonces al amparo personal ofrecido por los kitab, rollos con fórmulas mágicas, acompañadas de imágenes crípticas de diablos, de Dios, y siempre del hiperactivo San Jorge.

El poder político del emperador vendrá a culminar un orden sagrado estable, de origen divino, como cabeza de la iglesia. Con la guerra como factor externo de inseguridad, la obediencia ilimitada era la clave de bóveda de un sistema que sobrevivió hasta la deposición de Haile Selassie en 1974. Los elementos de modernización, visibles en la proyección exterior (Unidad Africana) no alteraron bajo su reinado el arcaismo de una sociedad agraria, donde la miseria se acentuaba por la explotación de los terratenientes, si bien generaron la toma de conciencia de Ejército y estudiantes. Su movilización tras una gran hambruna, denunciada por la TV británica, dio en tierra con el régimen. Siguió de 1975 a 1991 una sanguinaria dictadura militar, de vocación marxista-leninista, que suprimió los latifundios e hizo obligatoria la educación.

El sucesivo régimen, militar y seudoparlamentario, palió hasta ayer sus políticas reformadoras con una enorme carga de corrupción. Mantuvo el control estatal de la economía, abierta a inversiones exteriores y a un creciente control chino. Crece el PIB y por desgracia también la población (32 millones en 1975, 106 hoy), gran amenaza para las reformas anunciadas por el primer ministro Ahmed Abiy en el marco del dominante complejo militar-capitalista. Estable sigue siendo la confianza popular en la religión y en el principio de autoridad, pero también la miseria de un mundo rural mientras los rascacielos y el lujo dominan en las ciudades. Ejemplo, la caótica Addis Abeba donde el Estado, al servicio del capital, arrasa para ello las viejas construcciones, sin planificación urbana y sin eliminar las barracópolis.

En la nueva sociedad dual, asentada sobre una enorme desigualdad, es recuperada la figura del emperador Hailé Selassie, depuesto y asesinado en 1974-5, como símbolo de unidad nacional. La afirmación de la pureza sigue siendo signo de estabilidad, pero también como entonces puede resultar impotente para conjurar los estallidos, ahora provocados por los conflictos étnicos. San Jorge afronta una difícil tarea de gobierno.

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