La escritura y sus límites

Wolfang Schreter y Brigitte Reinmann, en la playa de Ahreshoop, en el Báltico. Es su única foto juntos./
Wolfang Schreter y Brigitte Reinmann, en la playa de Ahreshoop, en el Báltico. Es su única foto juntos.

La correspondencia entre Brigitte Reimann y Wolfgang Schreyer ayuda a entender su obra, cada vez más prestigiosa, y revela aspectos de la vida literaria en la RDA

IBON ZUBIAUR

La obra de Brigitte Reimann sigue creciendo tras su muerte y deparándonos, en la bella fórmula de Pablo Martínez de Zarracina, «cantidades asombrosas de revelación». Si casi todos los autores de la extinta RDA deben su originalidad al peculiar contexto histórico, con su continuo roce entre el compromiso y la censura, el enardecido estilo de Reimann habría agradecido menos constricciones. De ahí que su verdadera talla se nos muestre en su obra póstuma: de la monumental Franziska Linkerhand («convierte en intrascendente a la mayoría de libros colocados a su lado», concluye Ricardo Menéndez Salmón) a sus diarios y cartas, en los que se volcó con plena entrega y sin tapujos.

Su correspondencia inédita con el novelista Wolfgang Schreyer, cuidadosamente editada por Carsten Gansel y Kristina Stella ('Ich möchte so gern ein Held sein', Okapi, 2018), refuerza esa sospecha. Schreyer era un interlocutor muy especial; como autor de 'best-sellers' (sus 'thrillers' políticos y novelas de aventuras vendieron hasta cinco millones de ejemplares), gozaba de una posición de privilegio, y como delegado del sindicato de escritores aunó dos talentos que rara vez coinciden: coraje cívico y diplomacia. Cuando en 1958 la joven autora se dejó captar como informante por la Stasi, fue Schreyer quien la indujo a hacerlo público entre los colegas (a los que le instigaban a espiar) y encabezó la firme solidaridad de éstos, abortando la operación y evitando mayores represalias: el caso nos recuerda que el sometimiento de las dictaduras (y no sólo de las dictaduras) se alimenta ante todo de la cobardía, y «a Brigitte Reimann y a mí nos unió de por vida con más fuerza de lo que hubiese hecho un romance apasionado».

Literatura y problemas

El libro brinda evocaciones de aquellos años estalinistas, aunque según Schreyer «el impacto del estalinismo nos llegaba sólo muy debilitado, extrañamente atenuado por el entusiasmo pionero. ¡Si todavía me acuerdo de cómo en el año 51 el Ayuntamiento, algún benévolo jefe de área, me dio un vale para una máquina de escribir, sólo porque les aseguré que quería escribir! Hoy sería impensable.» También lamentos sobre el celo dirigista del partido y la presión censora, que Brigitte Reimann comenta atónita cuando una revista rehúsa publicar un pasaje de 'Franziska' que contiene «pasajes problemáticos. ¡Imagínate: problemáticos! Y yo que he vivido treinta años en la candorosa creencia de que la literatura está para tratar problemas.» Para Schreyer, «es como si a un pintor le quitaran los tonos oscuros y a cambio le suministraran gratis blanco opaco y bermellón, para que mezcle el rosa.» Pero Reimann tiene muy claro que «lo malo de estas historias no es el destierro o la prohibición de viajar o nada de eso, sino la inutilidad: lo escrito es condenado a ser estéril si se publica fuera del país para el que fue escrito.» De ahí que la indomable autora concluya: «¡Nada de jeremíadas! Si no puede una vivir sin escribir, habrá que escribir e intentar crear dentro de los límites impuestos.»

A ambos autores los une, entre otras muchas complicidades, su compromiso con una literatura de actualidad y no escapista; el hecho de que Schreyer la proyectara en los 'thrillers' mientras Reimann desplegaba otra ambición literaria vuelve aún más fructífero su diálogo. «¿Límites del género de aventuras?», se pregunta él. «No los hay, tan seguro como que yo he llegado a los míos». «No sé si es eso», le contesta ella. «A mí me pasa lo mismo, y sin embargo tengo la sensación de que podría extender los límites, dar más de mí, si no hubiera un obstáculo que no tiene nada que ver con nuestro talento y no nos faltase algo que suele denominarse 'atmósfera'». Y en su perpetuo autocuestionamiento agrega: «Si pones el listón demasiado alto lo derribas... ¿Por qué me paso un día entero con una página (sin que mis personajes sean más profundos que los tuyos)?». Su amigo le concede: «Sufres el utilitarismo literario más que yo, que como periodista que escribe aspiro siempre al efecto en el público y suelo preferir crónicas objetivas, mientras que tú pretendes dar forma a los personajes. Y cuanto más se trata de los personajes, más duros son los conflictos.»

«Lo que es ridículo en la mayoría de nuestros colegas», sentencia Schreyer, «es su intolerancia hacia los talentos distintos, que intenten derivar de su propia experiencia reglas para todos». Brigitte Reimann y él triunfaron cada uno a su manera en un entorno muy difícil, bajo un régimen que alentaba su implicación y recelaba de su crítica: ambos se sentían en deuda con un público que buscaba en su trabajo lo que les escamoteaba el discurso oficial. Por lejana que hoy pueda parecer su coyuntura, los retos que asumieron no han perdido actualidad.

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