Lecturas

«Si has escrito el libro que querías, malo»

Luis Rodríguez, paseando por Bilbao./MAIKA SALGUERO
Luis Rodríguez, paseando por Bilbao. / MAIKA SALGUERO

Es el autor de '8.38', en la que él mismo es un personaje que quiere hacer una novela

ELENA SIERRA

A Luis Rodríguez le gustaría que los libros en los que se transforman lo que escribe no ofrecieran ninguna referencia de lo que hay dentro. Ni información en la contraportada, ni imágenes de portada que intenten sugerir algo del argumento. Nada. Le gustaría que los lectores llegaran al interior sin ideas preconcebidas. Porque, bueno, el escritor al que Alberto Olmos ha definido como el más moderno de España –Rodríguez responde, encantado y sorprendido, que le hace gracia ser el más moderno siendo un tipo como él, con sus gafas y a los 60, con una existencia tan normalilla–, escribe cosas raras para el panorama literario habitual, y no hay resumen que explique eso bien. '8.38', publicado por Candaya, es el último ejemplo. Luis Rodríguez es el escritor, y es uno de los personajes, un tipo raro que quiere escribir una novela y no termina de arrancar...

– ¿Y esto qué es? ¿Una novela? ¿Una pelea contra el oficio de escribir? ¿Una explicación de qué es escribir y cómo puede hacerse posible?

– La idea primera era escribir una novela sobre los maquis, que me seducen desde el primer día de la historia. En Santander teníamos a Juanito Bedoya, que es todo un mito. Siendo yo una persona a la que le ha ido muy bien en la vida, con una familia estupenda, que se ha reído mucho, que no ha pasado penurias, que ha tenido una infancia maravillosa... Aun siendo así, la figura del maquis, que las pasaban putas y yo no, siempre me ha hecho sentirme identificado. Lo de ser un emboscado, sin penurias. Y por eso aparece siempre en mis novelas una referencia al maquis.

– Aquí comienza tirando de ese hilo: un guardia civil que persigue a unos maquis. Pero luego se va por otros muchos sitios...

– Ni siquiera era un tipo malo, el guardia civil, los perseguía porque tenía que erradicarlos, porque eran una mala influencia para la sociedad, para los estándares establecidos –no robamos, no pegamos, no vivimos en el monte, somos todos cristianos–. Tiene que extirparlos. Y es su deber. Y le iba dando vueltas y vueltas pero no era capaz de escribirlo. Y me inventé que eran esas las exigencias literarias. Que todo me llevaba por otro lado.

– El número del título, 8.38, es la hora a la que murió Dostoyevski. ¿Por qué, si en realidad el escritor ruso no aparece en la trama?

– Leí en alguna parte que alguien escribió que a esa hora se detuvo la literatura y eso me parecía muy sugerente. Si se ha muerto, vamos a reflexionar sobre ello. Tú en el periódico tienes el límite de la inmediatez. Cuando escribes novelas, tienes el tiempo en contra en otro sentido: puedes seguir reescribiendo y cortando y escribiendo hasta que alguien te lo quita de las manos y lo publica. Yo publico para dejar de corregir, de reescribir. Pero siempre te queda la sensación de 'no, no, no funciona', y aprovechas el siguiente libro para intentar mejorar. Si has escrito el libro que querías, malo. La facilidad en literatura es sospechosa, en todos.

«Puedes seguir reescribiendo y cortando hasta que alguien te quita el texto de las manos»

Autoficción, o no

– Hay autores un poco más generoso consigo mismos, que sostienen que se han acercado a lo que querían escribir y por eso le pusieron el punto final...

– No hagas caso. En la página noventa de esta novela hay un párrafo de Don DeLillo que habla de cómo entiende él la literatura y cómo la entiendo yo. «He trabajado mucho y muy duramente en las frases de este libro pero no lo bastante dado que no me veo a mí mismo en su lenguaje», escribe. Eso es. Visto desde fuera te van a decir que para sufrir no escribas... Yo no digo que se sufra, pero sí que hay una sensación de que no acabas de llegar adonde quieres. Tú tienes en la cabeza una música celestial, perfecta, y cuando la tienes en el papel te das cuenta de que no es lo que tenías en la cabeza. Es una pelea intentar transcribir esa melodía y siempre gravita sobre ti la sospecha de que a lo mejor, o a lo peor, la música esa no era tan buena. Lo que es potencial es siempre perfecto.

– En '8.38' utiliza a Luis Rodríguez para mostrar esa idea y en general para reflexionar sobre todo eso.

– Había publicado cuatro novelas, estoy encantado, y ahora he querido reflexionar sobre la literatura, sobre esas sensaciones. Y para ello recurro a un tío que tengo cerca, a Luis Rodríguez. Se puede hablar de que es autoficción, pero es una novela una vez que sale de mí, sin más.

– ¿Y ha llegado a alguna conclusión este Luis Rodríguez, o el otro?

– Que estoy en el mismo sitio (risas). Y seguiré dándole vueltas a la historia de los maquis, que aquí desaparecen enseguida.

– «Todo Luis era literatura», se lee en un momento de esta novela.

– Sí, porque yo ya he pagado mi peaje social y vital. Era un tío de pueblo, estudié, trabajé muchos años en un banco, llevo 35 años casado y quiero tanto a mi mujer y a mis hijos que haré lo que haga falta por ellos, pero ya he cumplido. Ahora la literatura es para mí tan seria, tan seria, tan seria que es lo que respiro. Es básica, no es afición, me la quitas –como lector– y me muero. No hay distancia ninguna entre lo que escribo y yo.

– ¿Siempre ha sido así?

– Sí. Luis Rodríguez ya había sido personaje en otras novelas. Puedo parecer muy disperso, pero todo tiene un sentido. Digo en la novela que lo me encontré me buscó y es así. Si escribo sobre el hecho de pasear, salgo a la calle y veo referencias y anécdotas para ese libro. Es un todo. Como cuando tienes críos y en el supermercado solo ves cosas para niños. Tu mirada de repente solo ve eso, y la literatura es eso, es la sangre que circula por mis venas.

– Y el escritor más moderno de España según Alberto Olmos, ¿qué lee?

– Leo cosas heterogéneas y muy variadas, leo todo lo que tiene que ver con el proceso de escribir, leo muchos libros de Ciencia que no entiendo y aun así los leo, leo todo lo que pillo, me apasionan las biografías... Es muy difícil que me ponga a leer novela histórica porque tengo el prejuicio de que me van a contar que un tío se sube a un caballo y en las siguientes cinco páginas, todo sobre los arneses y las crines y me sobra. Y tengo prevención a los libros gordos (risas).

– ¿Es más importante, para usted, lo que queda fuera?

– Si yo tacho algo en un papel, tú vas a ir a mirar eso precisamente. La literatura es ese juego: lo que no te digo es importante, es lo que te puede interesar, es lo que yo quiero utilizar.