Lecturas

Aixa de la Cruz: «La culpa es un punto de partida que nos anima a deconstruirnos»

La escritora Aixa de la Cruz./E. C.
La escritora Aixa de la Cruz. / E. C.

La autora bilbaína ha publicado 'Cambiar de idea', un ensayo feminista que parte de un profundo análisis autocrítico

Elena Sierra
ELENA SIERRA

Aixa de la Cruz ha publicado 'Cambiar de idea' (Caballo de Troya), un libro que se nutre de la biografía de la autora y tiene mucho de ensayo. Es, asegura la bilbaína, nacida en 1988, un texto que ha cambiado ya su manera de escribir: el género, la voz, la estructura, las convenciones literarias. «Ha sido como una primera novela de nuevo. Sí creo que voy a seguir escribiendo textos similares, más alejados de la ficción». En este aparece mucho 'Iván', el escritor Iván Repila y pareja de De la Cruz. Ella ya tuvo su parte en la última ficción de él, 'El aliado'. «Los escribimos espalda contra espalda en un mismo salón. Y el feminismo estuvo muy presente en nuestra casa, hicimos un camino similar. Son dos libros que nacen de un momento muy particular y de conversaciones privadas muy intensas».

– Hubo un texto anterior a lo que ha acabado siendo 'Cambiar de idea'.

– Es la depuración de un texto previo. Terminé la tesis, estaba un poco perdida y me puse a escribir, por primera vez, con un afán casi más terapéutico que literario, sacando a la luz recuerdos que, a posteriori, me di cuenta de que estaban muy relacionados con el tema de la culpa. Era como un ejercicio de expiación de culpas pasadas, todo muy relacionado con la violencia sexual, con distintos tipos de machismo. Y vi dos cosas importantes: que había un hilo conductor y que por lo tanto se podía convertir en material literario, que había una intención, y también que era peligroso que todo eso que tenía que ver con la violencia de carácter estructural yo lo hubiera abordado desde lo estrictamente personal. Esto hacía que perdieran toda capacidad de llegar a ser políticos; si contamos algo que tiene un origen cultural, estructural, social como si fuera un dramita privado, lo estamos despolitizando por completo.

– ¿El libro está muy ligado al momento de su escritura?

– Muy, muy ligado al año 2017, que para mí es el de la contestación pública y privada a la violencia sexual. El seguimiento del juicio sobre 'La Manada' provocó eso. Y a finales de año tuvo un refuerzo con el estallido del movimiento MeToo y yo me vi a menudo sintiéndome enormemente privilegiada porque estaba rodeada de mujeres que me contaban sus testimonios. En esa época se replanteó el tema del consentimiento y muchas mujeres de mi entorno se dieron cuenta de que lo que en su momento no les había parecido un agresión sexual –porque la idea era que la agresión sexual ocurría en un callejón oscuro y con una navaja– podía serlo; quedarse callada por miedo, y no solo defenderse con uñas y dientes, resituaba las experiencias de forma radical. Me vi envuelta en muchos momentos así, con mujeres que revisaban sus pasados, y este texto nació en parte para devolverles ese acto de coraje y de honestidad que tuvieron conmigo.

El juego de la autoficción

– Esta narradora, ¿hasta qué punto es usted? ¿Es autoficción?

– No me interesa la etiqueta de autoficción, o no me interesaba de partida. El artefacto convierte en ficción la vida. Yo no soy la persona que sale en ese texto, falta mucho de mi vida. Hay una elaboración, yo no soy yo del todo, pero quería ponerme en la situación incómoda de no negar que soy yo esa persona, que el ejercicio fuera exhibicionista para no sentirme cómoda con lo que contaba. Otro tema importante de 2017 fue que yo estaba muy enfadada, estuve todo el año dando lecciones morales a los hombres de mi entorno, y tenía la sensación de que para que este ejercicio que estaba llevando a cabo fuera honesto, tenía que empezar reconociendo yo mis propias complicidades con el sistema. Ese es el punto de partida: hagamos el análisis de lo que yo he hecho mal para apuntar luego más allá, partir de mí misma.

«Me encantaría que lo de dejar de lado los dogmatismos estuviera vinculado a nuestra generación»

– ¿Sin camuflajes?

– Sí, aunque luego el artefacto literario me haya convertido en una que no soy. Hay una reflexión ética también sobre que yo puedo contar todas las intimidades de mí que quiera, exponerme, pero que no tengo derecho a hacerlo con terceros. Es una paradoja porque es imposible que me cuente a mí misma sin recurrir a terceros. Decidí contar toda la verdad en lo que me atañía a mí y que cuando hubiera terceros involucrados entrara en juego la ficción. Se trata de transmitir o contar una idea similar de lo que sucedió sin exhibir a otro.

– La culpa no es algo nuevo en su obra.

– Totalmente. Y lo he comentado con Edurne Portela, porque su primera novela y la mía anterior trataban el mismo tema –violencia en el País Vasco– y ella tiene ahora una sobre violencia machista y yo también. Se han abierto los mismos procesos. Hemos reevaluado nuestras culpas en lo concerniente a la violencia con la que crecimos en el País Vasco y eso, de alguna manera, nos ha llevado a reevaluar nuestras complicidades con otro tipo, más íntima, más común, la sexual.

– ¿Reivindica la culpa, tan mal vista?

– Vengo de una familia con educación católica y que busca la apostasía, y quienes han vivido ese entorno asocian la culpa a valores muy negativos. Pero para mí, la culpa es un punto de partida que nos anima a deconstruirnos, y es positivo. Lo peligroso es quedarse paralizado. Si nos quedamos en la culpa individual, no hay acción política, pero como chispazo inicial es muy potente.

– ¿Para cambiar de idea, que tampoco está bien visto?

– Muchas veces he escuchado como un ataque que las feministas nunca nos ponemos de acuerdo, que hay cambios de ideas, y se señala como algo negativo. Pero a mí los sistemas de pensamiento que me interesan son los que están muy relacionados con la revisión del discurso, el mundo va cambiando, los paradigmas cambian, tendremos que cambiar.

– ¿Esa idea es característica de su generación?

– Me parecería muy bonito si fuera así. Es curioso, porque escribí este texto sin una intención clara y se ha leído mucho en clave generacional. Me han comentado que es algo típico de nuestra generación esa idea de que hemos tenido que desaprender lo aprendido. No sé si nos distingue de generaciones anteriores, pero esta flexibilidad de pensamiento me parece muy positiva y me encantaría que estuviera vinculado a nuestra generación lo de dejar de lado los dogmatismos.