La mirada

Los cuadros y las giras

JESÚS DEL CAMPO

Habladme de los cuadros, dice un personaje de 'Retorno a Brideshead'. Está metido en una conversación en la que los otros hablan de la vida amorosa del artista, que acaba de inaugurar una exposición en Londres. Los cuadros son malsanos, le responden. Y el personaje–Anthony Blanche– apenas puede contener su impaciencia por ver esos cuadros malsanos que, efectivamente y aunque eso es otra historia, no le gustan. La visita de U2 a España ha recordado un poco a esa escena. Los cuadros –o sea, la música– no son el centro de la conversación. El perfil extramusical de la gira de U2 es tan grande que la música en sí se empequeñece. Los sociólogos del futuro se apiadarán de lo que la corrección política nos hizo sufrir como nosotros nos apenamos ahora al pensar en la opresión del corsé sobre las carnes de nuestras antepasadas, o en lo duro que fue conducir por la costa cantábrica antes de que una autopista nos redimiera de nuestras fatigas. Pero la corrección política, de momento, tiene buena salud. En comparación con las proclamas anti Trump de U2, el hermetismo monacal de Bob Dylan parece subversivo. Una especie de 'Omnia Vanitas'.

En tiempos en los que el efectismo es tan importante, no es difícil ver una relación entre la fuerza creciente de los escenarios apabullantes y los aspavientos con los que las estrellas mundiales del balompié celebran un gol. Vamos camino de una sociedad gregaria en la que hay poco sitio para un pensamiento crítico que quisiera aventurarse fuera de la tribu. Denunciar a Trump en una gira que convierte a los denunciantes en aún más ricos de lo que ya son debería, en su trasparente tosquedad, despertar críticas que el estruendo de la gira hace improbables. Es así de simple. Cuanto más nos sermonea el artista, y cuanto más fácil y carente de riesgos es el sermón por insistir en lo muy evidente –la rudeza de Trump, por ejemplo– más lejos nos quedamos de los cuadros. O de la música.

Desde una posición menos mesiánica que la de U2, Bruce Spingsteen se movilizó en acústico por Hillary Clinton. Era tiempo electoral. Sprinsgteen lo hizo bien, su discurso tenía miga y buen timbre. Pero Clinton perdió. Su derrota vino a corroborar que la relación del individuo con los otros está en crisis y que eso afecta a la gestión misma de la democracia. Las asistentes a la exposición londinense llevan sombreros que, dice Anthony Blanche, deberían obligarles a comer. Nosotros nos comemos la rusticidad de Trump y las arengas de Bono en el mismo pack. Feliz otoño.

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