Lecturas

Las nueve críticas literarias de la semana

Santiago Posteguillo, cuando se anunció el Planeta./
Santiago Posteguillo, cuando se anunció el Planeta.

En su primera novela, la joven poeta Luna Miguel toma la relación de un profesor con una alumna para dar la vuelta a la 'Lolita' de Nabokov y contar la historia desde el lado de la víctima

EL CORREO

El funeral de Lolita

Iñaki Ezkerra

Cuando se habla de la 'Lolita' de Nabokov, a menudo se produce una confusión de planos tanto en la denostación como en el elogio. Hay quien la condena moralmente porque ve en ella un desvergonzado canto a la pederastia y hay quien la adora por eso mismo. Sin embargo, como obra que es de ficción, se sustrae a ese tipo de juicios tanto negativos como positivos, pues una novela no es un ensayo, que, por su naturaleza, nos remitiría a la realidad y en el que el autor debe dar cuenta moral de las tesis que defiende. Los héroes de las novelas no tienen por qué ser presentables moralmente. El propio género nació para que el lector, que no es necesariamente ni un pederasta ni un loco ni un asesino, pueda sentirse tal en el espacio ficticio que crean las páginas de 'Lolita', el 'Quijote' o 'Crimen y castigo' siguiendo los pasos del hidalgo Alonso Quijano, el estudiante Rodión Raskólnikov o el perverso Humbert Humbert. Por otra parte, en la novela de Nabokov juega un decisivo papel técnico la situación de permanente precariedad y furtividad en la que Humbert Humbert se halla. Esa situación actúa de gancho narrativo y mantiene la atención del lector al modo de un 'thriller'. Ese 'estar en lo prohibido' resuelve técnicamente la novela porque aporta las debidas dosis de intriga, suspense y dramatismo: el diario oculto que descubre la madre, el encuentro a solas del padrastro y la niña, la persecución, el descubrimiento que hará Humbert de que no está solo en su perversa aventura. Si 'Lolita' hubiese sido la simple y llana exposición de las fantasías rijosas que tiene un adulto con una cría no habría sido la gran obra que es. Lo que la hace inolvidable es esa tensión no exenta de humor y sentido lúdico. Es ese aspecto el que ha obviado Luna Miguel en 'El funeral de Lolita', una primera novela que tiene por heroína a una periodista de treinta años, Helena, que se dedica con éxito a la crítica gastronómica y que recibe, por una compañera de estudios, la noticia de la muerte de su profesor de literatura en el instituto, Roberto, un hombre mayor y casado, con el que mantuvo una relación prohibida cuando ella tenía solo quince años.

La propuesta narrativa de Luna Miguel es clara y en principio sugerente: contarnos la historia de 'Lolita', de la Lolita que fue Helena en su adolescencia, desde el otro lado, desde el lado de la 'nínfula', no desde el lado del sátiro. El problema con el que se topa la autora es la debilidad de los mimbres con los que cuenta para hacer ese arriesgado cesto. Y es que el libro oscila entre dos polos opuestos e inconciliables que lo abocan a una contradicción insalvable. Por un lado, Luna Miguel se decanta por la opción dramática de presentar a su Lolita como una víctima del acoso sexual e incluso de una violación en la que no cabe ni la ironía ni el juego nabokoviano. Lo que cabe es toda la condena moral de los casos reales y sórdidos que narra nuestra prensa diaria así como todo el peso de los tópicos de la corrección política que Nabokov rehuyó porque no pretendía escribir una novela realista. Por otro lado, Luna Miguel también se resiste al realismo de la literatura de denuncia en determinados momentos del libro y pese a que conduzcan directamente a ella los materiales de construcción que utiliza. Diríase que se da cuenta de que esa opción aleja su texto del atractivo literario, del nivel creativo y del genio transgresor que late en el de Nabokov. Se da cuenta de que la condición limitada de víctima priva a su protagonista de las calidades y registros psicológicos que le otorgaría un cierto grado de malicia, indispensable para no caer en la paradoja de que una chica 'millennial' de quince años resulte más ingenua que una de doce de la década de los cincuenta, como lo era la 'Lolita' clásica.

Para resolver esa irresoluble contradicción generada por dos contrapuestos planteamientos (el de niña mala o víctima inocente), la autora pone en su protagonista un lenguaje desinhibido («Odio a mi padre y voy a castigarle follándome a un hombre mayor…», dice en la página 70) y la lleva a unos excesos que lindan con los personajes femeninos de Amélie Nothomb a la vez que contrastan con los poemas sentimentales que componen el mundo referencial de la chica y que parecen propios de una estudiante de Filología Hispánica. Es ese el mundo que compartió con su corruptor; con aquel profe aburrido que es un adolescente tardío y la antítesis del temerario Humbert Humbert. Hay momentos en que esta novela, más que 'El funeral de Lolita', se asemeja a su asesinato literario.

No habrá muerte

J. Ernesto Ayala

Durante mucho tiempo se hizo la vista gorda respecto al estalinismo y sus trágicas consecuencias. Hoy sabemos que la memoria del Holocausto puede llegar a deslegitimarse si a su lado no se recuerda a las víctimas, a las también millones de víctimas de Stalin. El que esto escribe también cometió durante un tiempo este pecado histórico, tan entregado estaba (y está) a no olvidar el exterminio de seis millones de judíos, además de otras etnias. Por razones generalmente ideológicas, toda una generación hemos mirado para otro lado cuando se mencionaba el Gulag. Los millones de campesinos que murieron de hambre por los trasladados forzosos que el aparato comunista soviético llevó a la práctica durante más de dos décadas, se nos antojaba producto de la propaganda anticomunista. Hasta que un día se nos abrieron los ojos. Un día se trató de una novela como 'El maestro y Margarita', de Mijaíl Bulgákov, otro día la vida y obra de Anna Ajmátova, y así fue como a nuestro querido paraíso se le empezó a caer la máscara que lo ocultaba. El libro que hoy presento se titula 'No habrá muerte. Letras del Gulag y el nazismo', del crítico y poeta Toni Montesinos (Barcelona, 1972).

El recorrido que realiza Montesinos para rastrear el horror cometido por ambos regímenes está constituido por los nombres de escritores, periodistas, poetas que sufrieron en carne propia el castigo corporal y moral del estalinismo y el nazismo. En una palabra, mujeres y hombres a las que cercenaron sus vidas y sus obras, solo por pensar lo que pensaban. O solo por haber tenido la desgracia de pertenecer a la etnia equivocada o profesar la religión maldita. El libro se divide en dos secciones. La primera pertenece al infierno estalinista, desde la Revolución de Octubre hasta la muerte del tirano. La segunda abarca la marca del nazismo en las obras de los autores. Y hay además otra sección, en la que el autor nos recuerda que en Oriente hubo otro terrible holocausto: el que significó la ocupación japonesa en China, especialmente en su entonces capital, Nankín. Es este un libro necesario por el caudal de información que da y sus sólidas fuentes sobre escritores rusos víctimas del estalinismo y europeos judíos víctimas a su vez del nazismo.

En 'No habrá muerte' se hace un exhaustivo recuento de la barbarie humana. Incluso se llega a veces a recordar tragedias históricas del siglo XIX. Sin embargo debo decir que no comparto el afán comparativo de Toni Montesinos a la hora de evaluar a veces la maldad humana, según la cantidad de víctimas ocasionadas.

La llama

Pablo Martínez Zarracina

La poesía es una cualidad abstracta y un género literario concreto. Un cantautor es alguien que interpreta sus propias canciones, frecuentemente con una guitarra. Aclarado esto, no es extraño que los cantautores talentosos establezcan alguna clase de relación con la poesía: sus canciones pueden causarnos una honda impresión estética, una intuición de belleza, una chispa de revelación. Sin embargo, que esas canciones contengan poesía no significa que sean poemas. Para comprobarlo, basta con leer su letra despojada de la música que la acompaña y de esa voz, generalmente entonada, que la interpreta. A menos de que uno sea un fan irreductible, afrontar los cancioneros de los grandes letristas como si fuesen libros de poemas es un ejercicio fatigoso.

Entre esos grandes letristas, Leonard Cohen es uno de los que más cerca se ha encontrado de la poesía. De un modo incluso biográfico: estudió Literatura en la universidad y publicó varios poemarios antes de grabar su primer disco. La crítica lo situó entre los jóvenes más prometedores de la literatura canadiense anglófona. Sin embargo, con treinta y tres años comenzó con la música. No sería un cambio radical. Sus canciones estarían siempre llenas de guiños librescos y ambición literaria. Lorca, Byron, la Biblia, Cavafis, Whitman o Ginsberg son solo algunas de sus influencias.

'La llama' reúne «los últimos esfuerzos» de Leonard Cohen como poeta. Antes de morir, trabajaba en una selección de sus versos. El volumen que llega ahora a nuestras manos contiene en realidad más que eso: las letras de sus últimos cuatro discos, el discurso de aceptación del Príncipe de Asturias, algunos dibujos, alrededor de sesenta poemas inéditos y una selección de las notas (generalmente en forma de versos: aparentes esbozos para futuras canciones) que el músico escribía en libretas que acumulaba de un modo caótico. Su hijo Adam cuenta en el prólogo del libro que, en una ocasión en la que buscaba una botella de tequila, llegó a encontrar una de esas libretas dentro del congelador.

El conjunto puede ser algo irregular y parte de él, especialmente las notas, incurre con frecuencia en lo anécdotico. Sin embargo, los poemas de Cohen tienen interés por sí mismos. Aguarda en ellos esa característica facilidad para la repetición talmúdica (Dylan dijo que las canciones de Cohen son en realidad oraciones), pero componiendo piezas que abarcan un espectro inesperado que va de lo áspero a lo humorístico. Cohen es capaz, por ejemplo, de terminar un poema en el que celebra la belleza del mundo con estos versos: «Cuánto agradezco/ mi nuevo antidepresivo». O de dedicarle un poema a Kanye West, el inconcebible rapero que se comparó con Picasso: «Yo soy el Kanye West de Kanye West/ el Kanye West/ del gran cambio falso de la cultura de pacotilla».

La puesta en cuestión de la propia importancia es uno de los temas más llamativos sobre los que vuelve Cohen en sus poemas. «Yo llamo a mi trabajo/ Adornos Aceptables», escribe. El lector sonríe cuando al volver la página encuentra unos versos que, como tantas de sus canciones, aciertan de lleno en el centro mismo de la poesía, sin el menor adorno: «En mis rezos pido valor/ ahora que soy viejo/ para saludar al frío/ y la enfermedad// En mis rezos pido valor/ en la noche/ para llevar la carga./ Aligerarla».

El país escondido

Elena Sierra

Maggie vive en su propio mundo. Pinta lo que desea, no solo lo que ve, y a veces se le hace realidad, o eso cree ella. Si su abuelo, el único que la ha cuidado siempre, se pone malito, viven mil aventuras para que las funcionarias de Asuntos Sociales no los separen –y para comprar comida, escapar de los malo rollos, encontrar a la madre de la niña–. Por el camino hacen amigos, algo que a Maggie nunca se le ha dado nada bien. Y eso que el camino es complicadísimo: yanquis, fantasmas, lluvias de pelotas, los hombres de oscuro, padres tontos...

El escenario del Bilbao de los ochenta, el de la contaminación, las luchas obreras, la drogadicción y los atentados terroristas se tranforma en otra cosa gracias a la mirada de Maggie, o más bien a la del autor Martín Abrisketa. Todo eso está ahí, pero como ya había hecho el bilbaíno con su novela de debut ('La lengua de los secretos'), vuelve a escoger los ojos de la infancia para contarlo y así todo acaba siendo parte de un universo paralelo en el que no faltan el dolor, la ignorancia y el miedo, pero tocados por cierta magia, un humor sencillo y emociones positivas. Y con varios niveles de lectura, así que aquella fajita de 'para lectores de 9 a 99 años' parece hecha para las narraciones de Abrisketa, sin duda el creador de un universo propio.

Como ya ocurría con aquella primera historia, la protagonista vuelve a estar basada en una persona real; primero fue su padre en la Guerra Civil y el exilio, ahora es una niña a la que la falta de afecto y contacto físico en sus primeros meses de vida ha llevado a sentir de una manera muy distinta al resto. El autor lo explica al final, como la procedencia de los dibujos.

Cómo llegamos a la final de Wembley

Jon Kortazar

Todos los años que se celebra un Mundial de fútbol se activan dos sectores: la venta de televisores y la presentación de artículos que hablan de fútbol y libros cuyo argumento gira en torno al deporte rey. A este género pertenece la fina novela satírica 'Cómo llegamos a la final de Wembley' de J. L. Carr. Es importante darse cuenta de que la novela se firma en 1974 y su primera edición data de 1975 para entender que el lector se va a encontrar con un fútbol alejada de las nuevas formas tecnológicas.

La novela se divide en dos partes diferentes. La creación de un equipo de fútbol amateur, los Sinderby Wanderes, en un perdido pueblo rural. Y su participación en la FA Cup de Reino Unido, competición en la que pueden darse las sorpresas y los 'alcorconazos'. La descripción de la comunidad rural en la que se crea el equipo resulta de mayor calidad que la segunda. La visión humorística –no exenta de tragedia– de la comunidad estimula el interés del lector. La fina ironía no deja de latir bajo la capa de la imagen que se ofrece de unos personajes característicos, y precisamente el humor y la exageración trascienden el carácter costumbrista de la narración. La novela no termina de arrancar en la segunda parte que ya se centra en la participación del equipo en la competición que le llevará a ganar la copa en Wembley. La inclusión en el grupo de dos excepcionales jugadores venidos a menos, pero que lo dan todo en la copa, no atempera la sensación de que estamos leyendo un sueño bonito, pero inalcanzable. Y sí, el autor describe mejor el ambiente de los partidos que las jugadas mismas. Una agradable novela para leer en los descansos de los encuentros de fútbol.

Nadia

El protagonista de 'Nadia', Juan Doshermanas, es contratado para encontrar a una mujer que nadie sabe si existe por todo el mapa europeo y en cuya trama se convierten en puntos de referencia ciudades como Berlín, Bruselas, Barcelona, Londres, Montrouge, Tampere, Pésaro, El Vaticano… A esas referencias espaciales se añaden otras 'científicas' como la del fisiólogo alemán Franz Joseph Gall, padre de la frenología; la del médico italiano Cesare Lombroso, creador de la teoría del 'criminal nato', o la del neurocirujano portugués Egas Moniz, inventor de la lobotomía. Por si la mezcla fuera poco sugerente, se suma una red contestataria formada por instituciones como la Oficina de Medidas Insólitas, el Comité Invisible o la Fiambrera Obrera..

Permafrost

El permafrost es la capa profunda del suelo, permanentemente helada, de las regiones frías. Y es también la metáfora de la que se sirve Eva Baltasar para describir la invisible membrana que cubre a la protagonista de su primera novela, una mujer que se protege de las embestidas de la superficialidad que le rodea y que consisten en una madre tan invasiva como obsesionada con la salud y en una hermana tan convencional como adicta a la medicación. Pese a ese rechazo al contacto con los demás, la heroína, de la que no se nos dice el nombre, se entrega compulsivamente al arte, a la literatura y al sexo con otras mujeres a la vez que lidia con su tendencia suicida y trata de equilibrar el cóctel explosivo de su vida con unas buenas dosis de humor negro.

La gran travesía

'La gran travesía' es una novela de Shion Miura cuyos personajes trabajan en el departamento de diccionarios de una editorial. Majime, el protagonista, es un muchacho tímido al que le cae la responsabilidad de dirigir ese equipo de lexicógrafos cuando su responsable se jubila y de afrontar un nuevo reto profesional: la creación del nuevo diccionario. El argumento del libro es el desarrollo de las relaciones de los miembros de ese departamento en los siguientes años, en los que se producen toda clase de cambios, complicidades y rivalidades, simpatías y fobias, amistades o enamoramientos, pero en los que no varía lo que todos comparten: la pasión por las palabras. El libro mantiene un tono narrativo amable que deja un buen sabor en el lector.

Vivir sin permiso

Coincidiendo con el auge literario y televiso del tema del narcotráfico gallego, Manuel Rivas publica 'Vivir sin permiso y otras historias de Oeste', un volumen que reúne tres relatos centrados en esa misma cuestión, el segundo de los cuales dio lugar también a una serie televisiva de Antena 3. 'Vivir sin permiso' cuenta la historia de Bandeira, un potentado narco de Oeste que empieza a sentir la impotencia de su pérdida de memoria. En el primer relato, 'El miedo de los erizos', cuenta el hallazgo, por parte de unos jóvenes, de unos fardos de cocaína que podrían mejorar sus vidas o arruinarlas del todo. En 'Sagrado mar', un joven presidiario sufre el control de sus carceleros y el de un capo de la droga que cumple condena en el mismo centro.

 

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