Lecturas

La condesa bohemia

Franziska, en uno de sus retratos más célebres/
Franziska, en uno de sus retratos más célebres

La aristócrata Franziska zu Reventlow fue una pionera de la emancipación femenina

IBON ZUBIAUR

Oscar Wilde dijo de sí mismo que había puesto su genio en su vida y sólo su talento en su obra, pero es obvio que coqueteaba. La sentencia retrata bastante mejor a la condesa Franziska zu Reventlow, que fue la bohemia por antonomasia y musa de medio Múnich hace más de un siglo. Nació en 1871 y murió en 1918, como el Imperio Alemán que ella ignoró (nunca mejor dicho) olímpicamente. Ninguna mujer que desafiara la moral de su época se libraba del castigo. Ella fue consecuentemente disoluta y nos legó una obra de elegante ligereza. «Sólo me siento enteramente yo si está todo revuelto, añoranza, deseo, amor profundo y frívola superficialidad». A la luz de su agitada vida, no es de extrañar que haya merecido numerosas biografías; la más reciente, de Kerstin Decker ('Franziska zu Reventlow', Berlin Verlag, 2018), resulta especialmente empática y documentada.

Fanny Liane Wilhelmine Sophie Auguste Adrienne Comtesse zu Reventlow era la quinta hija del conde Ludwig zu Reventlow y la condesa Emilie zu Rantzau. Creció en el castillo de Husum, junto al mar del Norte, y fue educada sin el mínimo cariño en la reserva y el decoro. Al cumplir los seis años se lleva su primera gran decepción: frente a lo que le prometiera una niñera, no se convierte en chico. A los diez cierra un pacto con el diablo, al que promete entregarse en cuerpo y alma si le ayuda a huir con los gitanos. A los quince es expulsada de su internado para hijas de la alta sociedad por su conducta inadaptada, y eso que sus extravagancias eran aún tan inofensivas como llevar un zapato negro y otro amarillo. Conservará siempre un desdén patricio por la gente que no guarda las distancias, lo que en su caso equivalía a respetar sus opciones autónomas.

En 1887 la familia se traslada a Lübeck, donde Fanny frecuenta el Club Ibsen (el autor noruego es por entonces una referencia en feminismo) y logra que su padre le deje estudiar Magisterio, algo impropio para una dama de la nobleza. Las licencias terminan cuando su madre descubre su correspondencia íntima con un amigo: la recluyen en una parroquia cerca de la frontera danesa. Con el párroco se entiende bien, pero el 1 de abril de 1893 declara su independencia y escapa con una maleta prestada llena de libros. En junio muere su padre, supuestamente del disgusto: la familia le echa la culpa y amenaza con incapacitarla. Como el riesgo es muy real, Fanny se compromete con un jurista que se presta a financiarle estudios de pintura en Múnich, por entonces la capital artística del Reich. Allí, entre pintores polacos y rusos (Kandinsky llegará poco después, y en 1906 ella tomará cursos con Jawlensky), descubre la sensualidad. Se casará con su prometido embarazada de otro, y perderá el niño sin que su esposo llegue a saberlo.

A la luz de su agitada vida, no es de extrañar que haya merecido numerosas biografías

De vuelta a Múnich retoma sus aventuras y se siente obligada a franquearse con su marido, que no lleva su tolerancia hasta ese extremo y la repudia (se divorciarán en 1897). Su cuerpo, no recuperado del aborto, la martirizará toda su vida; por de pronto ha de someterse a varias operaciones delicadas, y con su aristocrática ironía sugiere que le pongan botones en vez de coserla, para que resulte más sencillo. Como necesita dinero, traduce novelas francesas a destajo y se prostituye en un burdel de lujo: de algo tenía que servirle su educación nobiliaria. También empieza a escribir, para la revista satírica 'Simplicissimus'; su diálogo 'El juicio final', en el que Dios Padre y San Pedro discuten sobre las garantías procesales que exigen los nuevos tiempos, le acarrea un proceso por blasfemia al editor. Ella empeña sus escasos muebles (hasta los libros y la cama) y no deja de atraer admiradores: cada mañana encuentra en el buzón un poema de un joven estudiante de Praga, Rainer Maria Rilke, que ante ella se siente «un ángel de la guarda de madera». Fanny vuelve a quedarse embarazada: donde más apoyo recibe es en el burdel. Nunca revelará quién era el padre (aunque todo apunta a un cliente), y su hijo Rolf será su gran proyecto, criado entre intelectuales y al margen de toda institución. «Mi hijo no ha de tener padre, sólo a mí. Y a mí del todo.» Una idea explosiva en 1897.

Agente de seguros

Crónicamente insolvente, trata de abrirse camino como actriz y como agente de seguros, en ambos casos sin éxito. También abre una lechería que cierra al poco tiempo; antes que echar a perder el género, acaba invitando a leche a la bohemia muniquesa. Sus principales fuentes de ingresos siguen siendo las mismas, aunque no deja de consignar la desproporción: traducir los cuentos campesinos de Maupassant le reporta 192 marcos; una sola noche de orgía con tres estudiantes, 100 marcos. Con los estudiantes, además, se ríe mucho. Lo que no mejora es su salud, mermada por 50 cigarrillos diarios, la mala alimentación, y los cuchitriles húmedos en que malvive.

Tampoco deja de cosechar adoradores, y a ella le parece mezquino no entregarse si la química funciona. El paleontólogo Albert Hentschel se la lleva seis meses a Samos con su hijo, lo que a punto está de costarle la prometida. Más duradera y problemática es su complicidad con el filósofo Ludwig Klages: será quien mejor la entienda («para mi 'alma' la única patria que ha encontrado nunca») y el tutor de Rolf (la justicia del Reich no concibe que un menor dependa sólo de su madre), pero a ella la irritan sus continuas atenciones y su sueño monógamo; lo reemplazará como solícito mentor enamorado otro 'cósmico' del círculo de Stefan George, el poeta y traductor Karl Wolfskehl.

En 1903, en una casa decrépita, funda una comuna con un barón polaco, Bohdan von Suchocki (que no tiene un centavo), y el joven Franz Hessel. Fanny se lo explicará así a Wolfskehl: «Con lo que tiene Hessel y lo que gana Such, resulta que yo vivo gratis y no tengo que hacer nada». Sí que hace: celebra carnavales locos y vuelve a pintar, y de viaje por Italia pierde dos gemelas sietemesinas de Suchocki. Al bueno de Hessel, que paga el alquiler, le coge manía; pero cuando regresa acompañado de Henri-Pierre Roché comparte cama con ambos. Roché inmortalizará a Hessel en 'Jules et Jim' y registra en su diario el número provisional de amantes que le ha confiado Fanny: cincuenta. Suchocki trata de estrangularla en un arrebato de celos, y madre e hijo han de mudarse al baño de una amiga. Luego el fogoso polaco, que en su descabellada ortografía forjaba aforismos memorables (como «metapfísica sobre ruedas» para el cósmico Klages) le suplicará por carta rizos púbicos, que ella no puede negarle. Él los contempla embelesado y le asegura que se mueven.

En 1905 las autoridades muniquesas obligan a bautizar a Rolf, y como represalia Fanny abandona la iglesia protestante. La herencia de su madre no le dura mucho, por lo que ha de concederse un par de noches «a 100 marcos» con un caballero «muy divertido y simpático». Es el criterio decisivo para ella, que rechaza pretendientes (hasta a los más generosos) si le resultan «físicamente antipáticos».

El anarquista Erich Mühsam, que la admira ya desde Lübeck, propone buscarle un buen partido en Ascona: allí proliferan los locos, algunos son ricos, y como explica Fanny a Rolf, los anarquistas son «gente maja, que se pasan el día en los cafés, sablean a los demás y lo llaman expropiación de los expropiadores». Consciente de que no puede sacrificar el futuro de su hijo, que va a cumplir ya trece años, lo entrega en custodia a un médico gay y a su pareja, que lo preparan para el bachillerato; pero vuelve a reclamarlo (para desconsuelo de la pareja) cuando Mühsam le encuentra en Ascona un partido casi ideal: el barón ruso Alexander von Rechenberg-Linten, un alcohólico que ha seguido a su hermano menor hasta las puertas mismas de Monte Verità (y es que los vegetarianos del mítico balneario son también abstemios). Ambos han sido deshererados por su padre (antiguo embajador del zar en Madrid), pero Alexander confía en revertir ese castigo si se casa con alguien de rango, y así poder continuar bebiendo. Franziska y él se entienden a gritos (Alexander se quedó sordo cuando buscaba oro en Siberia, por la dinamita), pero se entienden bien: él le concede la mitad de su fortuna y plena libertad, y la maltrecha salud de Fanny reclama alguna solidez, ahora que va a cumplir cuarenta años y quiere escribir. También le atrae el padre del barón, con cuya pronta muerte especulan a fin de cuentas: «Lo cierto es que lo que más me gusta de todo este asunto es el suegro, es una sensación enteramente nueva, porque nunca he tenido uno». Alexander, por su parte, se prenda de Rolf, con lo que el equilibrio familiar es casi perfecto. Se casan en 1911; el suegro la tutea, el esposo la sigue tratando de usted, pero desaparece al comprender que el pacto se ha vuelto en su contra: se ha enamorado de su propia mujer. El barón padre muere en 1913 y deja bastante menos de lo esperado, y encima en acciones (de la línea férrea Moscú-Kiev-Vorónezh); para cuando logran venderlas, quiebra el banco suizo en el que debían cobrar la herencia. Franziska, siempre señorial, se lo toma con gran aplomo: «Esto vuelve a parecer una película».

Una curandera

En 1914 se propone nacionalizar suizo a Rolf para librarlo del servicio militar. Asesorada por el mismísimo Max Weber, sabe que el Reich no pone excesivas pegas en dispensar de la ciudadanía alemana antes de los diecisiete años. Pero ella convalece de un aborto (tras un nuevo embarazo, ha debido recurrir a una curandera que por poco la mata) y el tutor Klages, ocupado en impartir conferencias sobre el olvido de la tierra, lo va dejando pasar: el día en que presenta la solicitud ante las autoridades de Múnich, ha estallado la Guerra Mundial. Rolf es llamado a filas en 1916 y sobrevive a la carnicería del Somme. Su madre traza estrafalarios planes de rescate con ayuda de los anarquistas (esa «gente maja»), pero ninguno cuaja; finalmente el muchacho cruza en bote de remos el lago Constanza, entre disparos de la guardia suiza y gritos de ánimo de los bañistas. Su deserción no pasa desapercibida, y es que su tío Ernst, diputado en el Reichstag, es un conspicuo vocero nacionalista. Veinte años más tarde, Rolf luchará como voluntario en España, con las Brigadas Internacionales.

La escritora Annette Kolb visita a Fanny en mayo de 1918 y le anima a volcarse en su escritura, que encuentra admirablemente e ingeniosa. Ella replica que es demasiado difícil y que preferiría llevar un hotel, lleno de gente nueva cada día. A cambio obtiene un trabajo entretenido en el casino de Locarno: hace de cebo en la ruleta a diez francos la noche. En realidad sigue lamentando no haber aceptado la oferta de un lanzacuchillos chino, que quería llevársela de gira como diana.

El 25 de julio sufre un accidente de bicicleta. Tiene los intestinos destrozados, lo que seguramente fue más la causa que el resultado de la caída. Muere al día siguiente de un paro cardíaco. Su discurso fúnebre lo pronunció el escritor Emil Ludwig; el obituario más hermoso se lo dedicó su compinche Erich Mühsam: «Al margen de su apellido, no llevaba nada corroído por la polilla del pasado. Al futuro se dirigían su vida, su mirada, sus ideas; sabía lo que significa la libertad... Cuando se reía, se reían la boca y el rostro entero que era un gusto verlos. Pero sus ojos, sus enormes ojos de un azul profundo, se mantenían serios e inmóviles entre los rasgos rientes.»

Se la reivindica siempre como pionera de la emancipación, obviando a menudo el precio que pagó. La libertad suele ser cara. Fanny zu Reventlow jamás se arrepintió de su elección y supo reírse de los reveses hasta el final. Eso es muy raro.

 

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