Música

Compositoras, pese a todo

Lili Boulanger./
Lili Boulanger.

Un libro de Anna Beer habla de ocho mujeres que impusieron su talento salvando todas las dificultades

CÉSAR COCA

La Historia de la Música está plagada de ausencias y desapariciones. Son las de las mujeres que, sobre todo en el campo de la composición, no lograron salir adelante o fueron rápidamente olvidadas, porque las presiones procedentes de todos los ámbitos pudieron con ellas. Hay algunos casos en los que el culpable tiene nombre famoso: es el caso de Gustav Mahler, que cuando contrajo matrimonio con Alma Schindler, que a la sazón tenía 22 años y había mostrado un talento notable para la música, se apresuró a comunicarle que en su hogar solo había sitio para un compositor... y era él.

En otros han sido las circunstancias o la tradición. Pero ha habido mujeres que han podido con todo eso. Anna Beer las homenajea en un libro que, pese a su título ('Armonías y suaves cantos. Las mujeres olvidadas de la música clásica', Ed. Acantilado) se detiene en ocho compositoras que en su momento cosecharon grandes éxitos. Algunas están siendo recuperadas ahora, pero otras nunca han dejado de estar en el panorama musical.

Quizá sorprenda que tres de ellas vivieran en el período barroco. Se trata de Francesca Caccini, Barbara Strozzi y Élisabeth Jacquet de La Guerre. En una época en la que en muchos lugares las mujeres no podían subir a un escenario y algunos papeles femeninos los interpretaban los 'castrati', estas tres compositoras alcanzaron una gran notoriedad.

Las tres nacen o viven en el seno de familias relacionadas con la música y el arte en general. Strozzi pelea por hacerse un hueco en la corte del duque de Mantua. Caccini llama la atención de Monteverdi. Jacquet de La Guerre es exhibida como una figura casi circense ante Luis XIV –casi un siglo después otro niño recorrerá las cortes europeas haciendo un papel similiar: Wolfgang Amadeus Mozart–. Las tres escriben música vocal –que en ocasiones interpretan ellas mismas– e instrumental, piezas de cámara, cantatas y en el caso de Jacquet de La Guerre y Caccini, incluso óperas.

A la izquierda, Elizabeth Maconchy y a la derecha, un retrato que muchos creen que representa a Barbara Strozzi.
A la izquierda, Elizabeth Maconchy y a la derecha, un retrato que muchos creen que representa a Barbara Strozzi.

Del Clasicismo a hoy

En 1760, cuando el barroco agoniza y da paso al Clasicismo, una joven de 16 años estrena en Viena, en la bella iglesia de San Miguel, frente al palacio Hofburg, una Misa que, según las críticas de su tiempo, asombró a todos. El nombre de la chica era Mariana Martínez o Marianne von Martines. Una joven de origen español que, gracias a la ayuda de Metastasio, recibió lecciones de Haydn y Porpora. Incluso Mozart escribió sonatas a cuatro manos para tocarlas con ella. Dejó un catálogo de dimensión más que notable pese a que oficialmente nunca fue intérprete –cantaba sus propias composiciones– ni tampoco se presentaba como compositora.

Fanny Mendelssohn y Clara Schumann vivieron a la sombra de un hermano y un esposo, respectivamente, pero disfrutaron del reconocimiento de su obra. Hay una anécdota célebre de la primera, cuando Félix Mendelssohn tocó una pieza que figuraba como suya ante la reina Victoria, y debido a las muestras de admiración de esta tuvo que reconocer que la había escrito su hermana.

Clara fue la principal divulgadora de la música de su esposo, pero tras la enfermedad y posterior muerte de este, dio numerosas giras para ganarse la vida y mantener a su familia, y pudo interpretar también sus propias obras, no muchas pero sí notables en cuanto a su calidad.

Ya en el siglo XX, Lili Boulanger y Elizabeth Maconchy tienen vidas muy distintas pero ambas disfrutan del éxito. La primera, hermana de la compositora, pianista y directora Nadia Boulanger, vive solo 24 años pero encandila a la gente de la editorial Ricordi y a Gabriel Fauré. Si hubiera vivido tanto como su hermana (92 años), podían haber formado un dúo sin igual en la Historia de la Música. Pese a su muerte tan prematura, aún le da tiempo a componer medio centenar de obras. Maconchy tuvo mala salud pero vivió hasta los 87 años, contó con la admiración y el apoyo de Ralph Vaughan Williams y dejó una colección de cuartetos de cuerda que están entre lo mejor del siglo XX.

El libro de Beer se detiene aquí, pero podía haber incluido también a Amy Beach y Rebecca Clarke –sí las cita en el prólogo–, dos compositoras estadounidenses que intérpretes como Isabel Pérez Dobarro, Anna Tonna, Judith Jáuregui e Isabel Villanueva están ayudando a difundir en España. Queda mucha tarea pendiente.