Cine

Un cine tras la estela de los clásicos

Ex machina. Filme de ciencia ficciónde Alex Garland./
Ex machina. Filme de ciencia ficciónde Alex Garland.

Los grandes nombres no han hallado sucesores de su talla, pero la producción es aún relevante

LAURA LAZCANO

Fue en una de las célebres entrevistas conducidas por François Truffaut a Alfred Hitchcock a mediados de los sesenta cuando el primero tuvo la audacia de decirle a Hitchcock, nacido en Londres, que «cine y Gran Bretaña eran dos términos contradictorios». «No estoy muy seguro de entender a qué te refieres», le contestó Hitchcock, con la flema (británica) que le definía. Sin ánimo de respaldar las pontificaciones de los 'enfants cahieristas', lo cierto es que la trayectoria del cine británico nunca se ha caracterizado por la homogeneidad y la estabilidad. A menudo se han presenciado altibajos, en su mayoría relacionados con la incapacidad económica de competir con un gigante como la industria hollywoodiense, ya totalmente asentada en territorio británico desde la Primera Guerra Mundial. Por otra parte, las malas decisiones de los gobiernos británicos y sus intentos de impulsar su propio cine terminaron por asestarle una puñalada a la producción nacional de los años cincuenta, ya en las últimas. Pero a pesar de todo eso la filmografía británica ha conseguido destacar en géneros como el terror con el sello Hammer e importar un gusto por el realismo, una tradición documental y movimientos como el Free Cinema. Por no mencionar realizadores de la talla del ya citado Alfred Hitchcock, Charlie Chaplin, Muriel Box, Michael Powell, David Lean, Nicolas Roeg, Carol Reed, John Boorman, Alexander MacKendrick, Lindsay Anderson, Ken Russell, Ken Loach, Stephen Frears o Mike Leigh.

En la actualidad es a otra generación de cineastas a la que le corresponde tomar el relevo de esta industria e impulsar su historia. Así, uno de los nombres imprescindibles de la cinematografía británica contemporánea es Jonathan Glazer. Formado en el mundo de la publicidad y los videoclips, el carácter retorcido e impactante de su obra se asemeja al de Chris Cunningham. Aunque poco prolífico, su versatilidad le ha permitido adentrarse en varios géneros totalmente alejados de forma envidiable. Su debut, 'Sexy Beast' (2000), es una comedia ambientada en la actualidad sobre un delincuente británico retirado del negocio que se muda a la Costa del Sol española para disfrutar de su jubilación. El ritmo y el estilo visual propios del bagaje audiovisual de Glazer se materializan en esta ópera prima. Capaz de convertir en verosímiles propuestas que en manos de cualquier otro hubiesen sido caído de bruces en el descrédito y el ridículo, 'Birth' –su siguiente filme– es una fábula sobrenatural sobre una mujer que años después de la muerte de su marido se encuentra con un niño de diez años que le asegura que es su marido reencarnado. La estupefacción no tarda en diluirse ante la seriedad y la delicadeza con la que se aborda la historia.

Pese a errores de peso, hubo un cine británico de gran calidad en la última parte del siglo XX

El humor

No menos descabellada suena en principio la sinopsis de su último filme ('Under the Skin') sobre la toma de conciencia de una alienígena cuya misión es capturar hombres en la tierra. Comparado a menudo con Kubrick por la meticulosidad de sus propuestas, el caso de Glazer no se explica únicamente por una dirección fascinante. No es sólo un director de actores –el nivel que alcanzan las interpretaciones de sus repartos es clave– sino que otra de sus señas de identidad reside en las atmósferas turbias y espeluznantes que pueblan toda su obra: 'Under the Skin', convertida ya sin duda en una de las mejores obras de ciencia ficción de los últimos cincuenta años, está narrada desde la perspectiva de la alienígena.

Comprometidas con la producción cinematográfica, las cadenas de televisión británicas han sido la escuela de muchos cineastas locales, como es el caso de Ben Wheatley, vinculado con Glazer tanto por formación como por aquello de bucear en distintos géneros y salir airoso. A pesar de ello, si hay un rasgo identificable en la filmografía de Wheatley es el humor negro como hilo conductor en prácticamente todas sus historias. Ya sea en una comedia costumbrista de gángsters emparentada con el 'Sexy Beast' de Glazer ('Down Terrace') o mientras disecciona la sociedad inglesa en 'Turistas', sobre una pareja (Alice Lowe y Steve Oram, cuyo talento avistó Edgar Wright) que se marcha de vacaciones por las islas Británicas y termina cediendo de la forma más inesperada a una divertida carnicería contra todo aquel que se les cruce por delante. Alice Lowe, de hecho, dirigió cuatro años después su debut ('Prevenge', 2016), con un tono muy en sintonía con el guión que escribió para 'Turistas', sobre una embarazada a la que su bebé no nato le da órdenes asesinas. Observador del paisaje inglés en el más amplio sentido de la palabra, Wheatley pasea su lente por la fantasía surrealista de 'A Field in England' (2013) y asume la adaptación de J. G. Ballard en 'High Rise' (2015), sobre una sociedad ideal encapsulada en un edificio. Una de sus obras más redondas en la que, con la falta de sutileza que le define, brinda sus temas más recurrentes: el caos, la brutalidad, la ausencia de moralidad y la animalización del ser humano.

Dos elementos relacionan al ya mencionado J. G. Ballard con Alex Garland: la escritura y la ciencia ficción. Poco antes de ser cineasta, Garland se dedicaba a escribir novelas. Fue Danny Boyle quien adaptó en el año 2000 una de las primeras que publicó: 'La playa'. Y poco después contó con él para que fuese su guionista, colaboración de la que saldrían '28 días después' y 'Sunshine', ambas de ciencia ficción. Género del que Gran Bretaña puede presumir de contar con una rica tradición cinematográfica y con el que Garland se decidió a colocarse tras la cámara por primera vez en 2015 para dirigir 'Ex Machina'. Así, se trata de una historia con muy buen pulso sobre los límites de la inteligencia artificial y la sexualidad entre humanos y robots. La querencia de Garland por la ciencia ficción vuelve a constatarse en 'Aniquilación' (2018), su segundo filme, sobre una expedición de cinco mujeres que deciden investigar una zona acotada por el Gobierno y controlada por una fuerza alienígena. Con Tarkovsky como claro referente, Garland vuelve a reflexionar sobre la autodestrucción como característica inherente a la condición humana.

Las cadenas de televisión han sido la mejor escuela para muchos cineastas locales

Voces ásperas

Probablemente habiendo volcado en su obra más autobiografía de la que está dispuesta a admitir y con un Oscar bajo el brazo por uno de sus primeros cortometrajes ('Wasp'), nos encontramos a Andrea Arnold, otro talento británico actual de referencia. Siendo la británica una sociedad marcada por una profunda división de clases, Arnold –cuyo cine a menudo se ha considerado heredero del de Ken Loach– se erige sin lugar a dudas como una voz áspera sobre las realidades de la condición social más desfavorecida. Arnold es fan del formato cuadrado, con el que enmarca la intimidad de los individuos en los que se centra: personajes devorados por su entorno y circunstancias. Así se aprecia en 'Red Road', su primer largometraje, en el que siguió los preceptos de Dogma 95 para contar una historia sobre una mujer que se dedica a observar cámaras de vigilancia. Familias desestructuradas e infancias desangeladas habitan en sus imágenes: las madres de 'Wasp' y 'Fish Tank' (2009) a las que les estorban sus hijas; la pérdida en 'Red Road' (2006) o la orfandad en su adaptación de 'Cumbres borrascosas' (2011) son algunos ejemplos. Arnold muestra la violencia como parte inherente de sus historias. Con un equilibrio entre el realismo y el documental, la directora cimenta su obra captando a los moradores de un paisaje desolado cuyo deseo sexual a menudo se abre paso de forma imprevisible.

Otra directora que a primera vista parece compartir inquietudes temáticas con Andrea Arnold es la escocesa Lynne Ramsay. Con una propensión más hacia lo poético, el ojo de Ramsay encuentra belleza en lo depresivo. Tanto es así, que sus imágenes a menudo atrapan e hipnotizan. Como pueden ser los pasatiempos de verano de un chaval de familia humilde en Glasgow ('Ratcatcher') o el nihilismo y la ambigüedad con la que se conduce la protagonista de 'Morvern Callar' tras descubrir a su novio muerto al lado del árbol de Navidad.

En la primera imagen, En realidad, nuncaestuviste aquí. Película de Linney Ramsay,del año 2017. En la segunda, American Honey.Película de Andrea Arnold. Y en la tercera fotografía, Dark River. Está firmada por la cineastaClio Barnard.

La cineasta enfrenta lirismo y violencia revelando a su vez un talento por captar cierta esencia onírica en los paisajes más abatidos: para ello, escatima en diálogo y emplea metáforas visuales y sonoras capaces de introducir al espectador en el sistema nervioso de un exmarine y veterano de guerra como el de 'En realidad nunca estuviste aquí' (2017). Recurre con frecuencia a la elipsis y al tiempo fragmentado a la hora de narrar mostrando un desinterés muy evidente por llevar al espectador de la mano durante sus historias. La obra de Ramsay es un desfile de personajes enigmáticos y fascinantes que intentan huir de ambientes asfixiantes: ya sea de una maternidad terrorífica como la de 'Tenemos que hablar de Kevin'; de una existencia que se reduce a pura supervivencia ('Morvern Callar'); o de las secuelas permanentes del trauma de 'En realidad nunca estuviste aquí'.

Es también el trauma el que termina cristalizando en los entornos rurales que proponen dos directoras como Clio Barnard y Hope Dickson Leach en sus últimas obras: 'Dark River' (2017) y 'The Levelling' (2016), respectivamente. Así, tras experimentar la transición de documental a ficción, Barnard propone en 'Dark River' un drama psicológico a través del regreso de su protagonista a la granja familiar, escenario en el que deberá enfrentarse a una cuestión perteneciente al pasado. Premisa similar a la de Hope Dickson en 'The Levelling', debut en el que su protagonista debe retomar relaciones con su padre en la granja que poseen. Tomando ambas ficciones como punto de partida la pérdida de un ser querido, se cuestiona la masculinidad y los prejuicios en los contextos agrícolas mientras evidencian el estado de las granjas como símbolo de las barreras emocionales de cada familia.

Por último, aunque con un tono muy distinto, es otro debutante en el largometraje al que debemos prestar atención: William Oldroyd y su ópera prima 'Lady Macbeth' (2016), basada en la novela de Nikolai Leskov. Así, se presenta la historia de Katherine, en la Inglaterra rural del s. XIX, que vive con un marido que la desprecia. Será la búsqueda de la identidad y la libertad en un entorno hostil la que terminará imponiéndose a las cuestiones de género, raza y clase mediante una puesta en escena que estiliza y contrasta los espacios interiores con los exteriores en un relato no exento de ironía y mala baba.

Cuestión de cuotas

Todo el cine británico quese hace ahora mismo, más el que en el futuro produzcan los creadores audiovisuales del país, tendrá menos oportunidades de llegar al continente. Una directiva comunitaria aprobada hace menos de un año obliga a las cadenas de TV tradicionales y las plataformas que trabajan bajo demanda a emitir o tener en el catálogo al menos un 30% de producción de la UE. El hueco que deja la de Reino Unido lo cubrirán otros países. Y las producciones británicas tendrán que competir con cinematografías como la estadounidense, las latinoamericanas, la australiana y las de países como India, Israel, Irán o Japón por el 70% restante. Una pelea muy complicada.