Campa de los Ingleses

MIKEL CASAL

Eso que usted llama 'correr tras la pelota' tiene nombre. Football, aclaró la joven

NEREA RIESCO
Sábado, 31 agosto 2019, 08:43

En aquellos tiempos los franceses advertían a los extranjeros de que cruzar el Bidasoa era una hazaña propia del mismísimo Ulises; no en vano ellos lo llamaban 'boca del dragón'. Estaban convencidos de que cualquiera que se atreviera a emprender semejante aventura terminaría infectado de fiebre amarilla o de cualquier otro mal que solo podría curarse peregrinando de rodillas hasta Lourdes. Por eso no llegaban a entender la razón por la que los ingleses reincidían en relacionarse con los habitantes de esas tierras.

Fue en ese lugar con olor a sal donde nació y creció Catalina, la hermosísima nieta de madame Mazarredo, una mujer distinguida que había residido gran parte de su vida en París y que, por lo mismo, vestía a la usanza francesa, excepto cuando acudía a la misa de los domingos. La joven Catalina había heredado la elegancia y el delicado aire de superioridad de su abuela; hablaba perfectamente el francés y saludaba con media sonrisa a los habituales invitados de madame Mazarredo, circunstancia que acontecía prácticamente a diario, aunque eran las tertulias de los domingos especialmente destacables. Comenzaban a las diez de la noche y los asistentes se sentaban en círculo a charlar mientras Catalina ejecutaba al piano los zortzikos compuestos por su abuela. En las célebres reuniones se bailaban cotillones franceses, se discutía de literatura y se jugaba al 'Rey pasa por aquí'.

Sumergida en ese selecto ambiente se hizo mujer la niña Catalina, casi sin que se dieran cuenta de tal manera que, de un día para otro, las costuras de los vestidos se le estallaron a la altura de las sisas. Y su lozano desarrollo no pasó desapercibido a los hombres. Aquellos que antes le pellizcaban las mejillas, pronto pasaron a anhelar pellizcarla en lugares menos inocentes, aunque ella parecía poco predispuesta a aceptar sus atenciones.

El paseo del Arenal, escoltado por bancos de piedra, con su jardín de flores, era entonces el lugar elegido por la 'beau monde' para dejarse ver. Los comerciantes se reunían allí entre las doce y las dos para llevar a cabo las transacciones comerciales que terminaban sellando en el café que los dos hermanos suizos tenían en la calle de Correo. Por la tarde le llegaba al turno a los políticos y a los militares y, al atardecer, los jóvenes más elegantes se lucían esquivando a los niños que correteaban entre ellos agitando sobre sus cabezas cajitas de fósforos mientras pregonaban: '¡Fuego! ¡Fuego!' Los fumadores habituales pagaban una suscripción de una perra gorda por semana con la que se aseguraban mantener sus cigarros encendidos aunque, eso sí, prescindían de fumar en presencia de las damas que, tan pronto oscurecía, se retiraban para evitar que se las confundiera con mujeres de mal vivir.

En cualquier caso a Catalina jamás se la vio en ninguno de los lugares frecuentados por la gente de su edad. Apenas salía y, cuando lo hacía, era para asistir a la misa de los domingos o para acudir, un día sí y otro casi también, a la tienda de ultramarinos de Escolástico Zelaya, en la que lo mismo se podían adquirir botones de hueso, flores de tela, periódicos extranjeros, cuadernos pentagramados o novelas. Y era por esto último que la joven se sentía ineludiblemente atraída por aquel local que olía a jaboncillos perfumados, ubicado en el Campo Volantín.

«Catalina había heredado la elegancia y el delicado aire de superioridad de su abuela»

Catalina era la única mujer de Bilbao que montaba en bicicleta. Recorría la ciudad a tal velocidad que muchos creían verla venir y, de pronto, lo que quedaba en el aire no era más que la estela del velo de su sombrero, ondulando en el aire. Al llegar a su destino, ella se liberaba con un suspiro de los guantes y de las estrafalarias antiparras de cuero heredadas de su tío, sin prestar atención al interés que despertaba en el resto de ciudadanos que opinaban que una mujer decente no debería montar a horcajadas sobre semejante artilugio, ya que corría el riesgo de dejarse allí la virtud. Si en el breve trayecto que recorría a pie desde el lugar en el que dejaba la bicicleta hasta la tienda tropezaba con algún caballero conocido, correspondía a sus corteses reverencias y sombrerazos con un leve movimiento de mentón, sin dejar entrever ni una misericorde sonrisa. Y su actitud era exactamente la misma cuando entraba en la tienda de Escolástico y este la saludaba con timidez. Pese a que llevaba años comprando allí, poniendo a prueba su talento de buen tendero con encargos de libros extrañísimos que él cumplía religiosamente sin fallar ni una sola vez (que si 'Las amistades peligrosas', que si 'Madame Bovary', que si 'Frankenstein'…), jamás se permitió Escolástico con ella una sola confianza. Le hablaba sin mirarla directamente a los ojos y aprovechaba los momentos en los que se daba la vuelta para recorrer su encantadora figura y suspirar muy bajito. Como nunca habían entablado un diálogo en condiciones, Escolástico Zelaya quiso saber de su personalidad y para ello se leía, en una sola noche, los libros que Catalina le encargaba, de lo cual dedujo que se trataba de una joven pasional, con tendencias romántico-tenebrosas. Además, leer los libros que ella leería, acariciar con los dedos las páginas que ella rozaría en un futuro, le hacía sentirla próxima, unida en cierta medida a él. Un acercamiento robado al destino porque, por la indolencia con la que Catalina se comportaba, le quedaba claro que otro tipo de contacto no era, ni sería jamás, posible. Pero todo podría cambiar. El destino podría cambiar. Al menos eso era lo que Escolástico deseaba.

Aquella mañana Catalina subió en su bicicleta y se dirigió a la tienda en busca de su último encargo: 'Cumbres borrascosas'. Escolástico se encontraba en ese momento envolviendo la novela en papel de estraza y fue entonces cuando lo decidió. Lo sintió en su interior como un azote del mar en la costa en un día de tormenta. Era una valentía que no reconocía como suya, pero aun así estaba dispuesto a adueñarse de ella. Debía hacerlo. Sí. Lo haría. Rozaría el índice de Catalina con su meñique en el intercambio de manos del libro.

«Quienes antes le pellizcaban las mejillas anhelaban pellizcarla en sitios menos inocentes»

Ella entró en la tienda, saludó, preguntó por su encargo, él sacó el paquete de debajo del mostrador. Tomó aire. La miró fijamente a los ojos, un segundo, dos, tres… iniciando el movimiento de entrega del libro. Justo cuando estaba a punto de depositar el paquete en las manos de la dama, sintió el corazón desbocado, al borde del colapso… y entonces… entonces… el joven Pachi entró en la tienda como una exhalación, llamando a gritos al tendero. Escolástico suspiró con rabia. No le dio tiempo a mucho más porque Pachi se lanzó a resumir el motivo de su entusiasmo. Un acontecimiento épico estaba a punto de celebrarse en la Campa de los Ingleses. Llamaban así a ese terreno junto al río porque, entre hierbajos y matojos, se escondía un antiguo cementerio británico y, en ocasiones, los marineros ingleses que arribaban a Bilbao practicaban allí un juego de pelota que les obligaba a correr un buen rato en paños menores. En un principio, los jóvenes locales se burlaron de los isleños, pero estos se pusieron gallitos y les retaron a un partido con el que pretendían demostrarles que ese deporte no era apto para pusilánimes. Tras explicarles paso por paso en qué consistían las reglas del juego, los nativos concluyeron que les iban a dar a los foráneos una soberana paliza. Se necesitaban once jugadores, y ellos solo contaban con diez, así que corrieron en busca del que faltaba. Escolástico se encogió de hombros.

– ¿Por qué piensas que voy a cerrar la tienda para ir a jugar a eso?

– Ohhh… por favor. No te hagas de rogar. Te necesitamos.

Escolástico eran moreno y delgado. No acumulaba ni un gramo de grasa en su cuerpo porque le gustaba subir a los montes con su perro para recoger setas tras la lluvia. Eso y jugar a la pelota mano eran las actividades físicas que él consideraba adecuadas para los hombres; todo lo demás le parecía hacer el ridículo. Y así se lo dijo a Pachi:

– No pienso hacer el ridículo corriendo detrás de una pelota –sonrió con jactancia, convencido de que semejante arranque de sensatez le haría al fin visible a los ojos de Catalina, que aún continuaba con la mano suspendida en el aire, en espera de recibir su ejemplar de 'Cumbres borrascosas'.

Escolástico viró levemente la mirada hacía ella y creyó percibir un leve gesto en su habitual rostro impasible.

– Eso que usted llama 'correr detrás de una pelota' tiene nombre: Football –aclaró la joven–. Y no consiste solo en eso. Hay que luchar con todo el cuerpo para batirse con el contrario, dominar el movimiento de un objeto esférico empleando únicamente pies y piernas.

Escolástico quedó petrificado. Era la primera vez que Catalina le hablaba más de dos frases seguidas. Gracias a ello confirmó algo que ya sospechaba; tenía la voz de pájaro ronco, seguramente de usarla poco. Y algo más: quería escuchar esa voz hasta el fin de sus días.

– ¿Cree entonces que debería jugar? –le preguntó envalentonado.

– Por supuesto –confirmó ella.

– Solo si me hace usted el honor de ser espectadora. Eso me dará fuerzas.

Su boca no respondió, pero sus ojos le indicaron que estaba dispuesta a presenciar el partido.

El sol estaba en ese momento en el lugar más alto del cielo. Once y once jugadores midiendo sus fuerzas ante un balón de cuero relleno de plumas. Escolástico tomó posición, dispuesto como estaba a mostrarse ante Catalina como un auténtico héroe. Con los pies afirmados en el suelo, balanceó el cuerpo hasta encontrar el movimiento perfecto. Con mirada de lince, localizó el balón y se preparó para correr tras él como si le fuese la vida en ello. El contrario lo había lanzado al aire y él dio un salto, lo golpeó con el pecho haciendo que descendiera hasta sus pies y, una vez allí, se dispuso a dominarlo. Lo logró y corrió en dirección a la portería. Iba sonriendo. Podía sentir los ojos de Catalina clavados en su nuca. Corría como nunca lo había hecho, sintiendo el balón en cada zancada: derecha, izquierda, otra vez derecha… hasta llegar a la altura de uno de los ingleses que le lanzó un codazo certero en la boca del estómago, justo un segundo antes de arrebatarle el balón. Escolástico cayó de bruces, golpeándose en el ojo con la rodilla de uno de sus compañeros de equipo.

Ese primer partido de futbol terminó con cinco goles a favor de los ingleses, los cuales, para sanar el orgullo herido de los contrarios, decidieron invitarles a pollos asados y chacolí.

A media tarde, Catalina y Escolástico se alejaron de la Campa de los Ingleses. Él la acompañaba empujando su bicicleta mientras le contaba anécdotas de la tienda que ella escuchaba con aparente interés.

– Se le está poniendo el ojo morado –le señaló ella.

– No importa. Nunca me he sentido mejor que hoy.

Caminaban sin prisa, rumbo a la casa de Catalina, bajo la atenta mirada de los desolados admiradores de la muchacha, que la vieron alejarse convencidos de que la habían perdido definitivamente.

La autora

Nerea Riesco.
Escritora bilbaína, licenciada en Periodismo. En 2004 ganó el IX Premio Ateneo Joven de Novela de Sevilla con 'El país de las mariposas'. Su segunda novela, 'Ars Magica' (2007), quedó finalista del Premio Espartaco. Su siguiente novela fue 'El elefante de marfil', (2010). En 2014 publicó 'Tempus', en 2015 'Las puertas del paraíso' y en 2018 'Los lunes en el Ritz', año en el que también salió su libro de relatos 'Todo lo que sé sobre los dragones'. Las investigaciones derivadas de su tesis doctoral la han llevado a publicar el manual de escritura creativa 'Coaching para escribir un bestseller' (2019). En la actualidad compagina sus labores de escritora con las de editora en Almuzara. Es colaboradora habitual en diversos medios de comunicación. Las obras de Nerea Riesco están traducidas en más de doce idiomas.
Para más información:
www.nereariesco.com

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