Artes plásticas

La belleza de la provisionalidad

Una de las obras de Marcote presentes en la muestra./
Una de las obras de Marcote presentes en la muestra.

La atmósfera de los lugares en cambio atrae la mirada de Carlos Marcote

GERARDO ELORRIAGA

Los lugares sometidos al cambio, las arquitecturas abandonadas, los espacios en tránsito o sometidos a la muda ejercen una especial atracción para Carlos Marcote. Los paisajes de este pintor alavés son su seña de identidad, aunque despliega una especial atención por esos interiores anónimos atravesados por una atmósfera extraña, en un momento indeterminado, cuando son objeto de abandono o sometidos a cambio. «No sabes dónde estás y me gusta esa rareza, no tener una idea exacta de lo que hay y qué sucede», confiesa. «Hay algo latente, que no puedes definir. A veces, intento indagar en ese misterio o, tal vez, sólo reflejarlo», explica el autor. Su exposición, recién inaugurada en la galería Lumbreras, manifiesta ese interés por las puestas en escena insólitas mediante la inclusión de obras grandes y una selección de piezas de pequeñas dimensiones. «Disfruto con estos formatos porque se trata de un ejercicio más calmado y centrado, mientras que los mayores me provocan más esfuerzo y trabajo, incluso cierta ansia», señala.

La muestra se celebra poco después de la clausura de una exhibición en el Depósito de Aguas del Centro Cultural Montehermoso en el que colgó más de ciento cuarenta cuadros, incluidos retratos, excluidos de la cita bilbaína. En esta ocasión da a conocer su trabajo de los últimos cuatro años. Los paisajes también evidencian su interés por reflejar la temporalidad y la luminosidad se convierte en el factor esencial para reflejarla. «Me interesan los matices y espero que la luz me diga algo, disparo fotografías hasta que encuentro eso que quiero y luego lo plasmo con la pintura», explica.

Los lienzos expuestos reflejan una inquietud por lo singular, y son encuentros a los que ha llegado a través de la intuición. Su peculiar interpretación de la arquitectura del mercado de Oporto, cubierta por lonas y andamiajes y sometida al viento, evidencia ese gusto por la provisionalidad, quizás una metáfora de nuestra existencia, pero también de la hermosura de lo fútil. Los detalles también atrapan al artista. «Porque son los elementos que tienen más riqueza», alega. «Me interesa lo que no es de serie, pero soy muy instintivo y me guio por los descubrimientos que hago sobre la marcha».

El realismo seduce o repele, parece que no existe término medio. «Lo sé, hay mucho prejuicio porque se nos tacha de no ser contemporáneos. Se vive con eso», indica y reconoce hablamos de un género con siglos de tradición y que, hoy, la respuesta a ese desafío ha de venir desde la pasión. «La figuración está dentro de mi ADN, no me planteo otra cosa, es lo que me toca hacer, aunque me fascine la abstracción que realizan otros», indica.

Ello no desemboca en la estricta fidelidad al modelo o la inclinación por el hiperrealismo. «No me dejo llevar por la hiperdefinición», arguye y asocia esta corriente con el pop, del que se siente alejado. Su mirada busca un equilibrio entre lo observado y las exigencias de la composición. A ese respecto, sus estudios con Antonio López resultaron determinantes. «Yo tenía una tendencia hacia el surrealismo, pero él me abrió los ojos, me enseñó a observar de una manera diferente, con otra intensidad», recuerda y reconoce su afán por el equilibrio. «Depuro, pero no voy más allá, no quiero caer en manierismos que no van conmigo».

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