Lecturas

Del Baroja de Mendoza al de Trapiello

Del Baroja de Mendoza al de Trapiello

La ambiciosa colección que Ipso ha dedicado al autor guipuzcoano enfila la recta final con nuevos puntos de vista sobre su influyente cuerpo novelístico

Iñaki Ezkerra
IÑAKI EZKERRA

La biblioteca 'Baroja & yo', que ideó Joaquín Ciáurriz, propietario del sello navarro Ipso Ediciones, como un homenaje de diferentes escritores al autor de 'El árbol de la Ciencia', y que se inauguró en 2017 con un volumen de Soledad Puértolas, se va acercando a su final. El ensayo de Andrés Trapiello, recién aparecido y titulado 'Un poco de compañía', hace ya el número 24 de los 26 de los que constará la colección. En fechas recientes han ido llegando a las librerías las sucesivas entregas de Eduardo Mendoza, Juan Pedro Quiñonero, Javier Goñi y la filóloga María Bueno Martínez.

El título que eligió Eduardo Mendoza para su libro, que hacía el número 20 de la galería de autores, se justifica por la deuda que el escritor barcelonés contrajo con el donostiarra en lo que se refiere a su propia formación literaria. Baroja le ayudó a «salir de dos atascos: el de la novela realista del siglo XIX y el de la novela experimental de posguerra». La primera le obligaba a renunciar a las ficciones juveniles que le atraían. La segunda gozaba de un intimidante prestigio en toda su generación. Especialmente simpáticos son los párrafos en los que cuenta su primer contacto con el mundo barojiano, el descubrimiento personal que para él supuso 'El escuadrón del Brigante', obra que se inscribe en las 'Memorias de un hombre de acción'. «No creo que sea su mejor novela –dice Mendoza–, pero sí creo que ahí se encuentra lo mejor de Baroja». Se refiere al estilo, que describe como hecho de «unas digresiones innecesarias cuando no enojosas». Tan enojosas que le fascinaron. El otro gran acicate fue la mala prensa que «el impío don Pío» tenía en su colegio y en su propio libro que reproducía una cita de Baroja sencillamente impagable: «El Sagrado Corazón de Jesús es el símbolo del embrutecimiento nacional».

Haciendo el número 21 de la serie, 'El niño, las sirenas y el tesoro' es un personalísimo ensayo en el que Juan Pedro Quiñonero narra su encuentro con el mismo Baroja de 'El escuadrón del Brigante' que sedujo a Mendoza, si bien en este caso se va más lejos de la fascinación estilística para entrar en la puramente vital: «…decidí alistarme de oficio en aquella mesnada de proscritos, aventureros y seres imaginarios, como quien entra en una religión sin Dios». El libro de Quiñonero termina en el París que frecuentó Baroja, que es casualmente el que también frecuentó Proust y el que adquiere un significado íntimo en la propio biografía de este escritor que ya en su día se había ocupado de desenterrar a un Baroja insólito, vanguardista y onírico.

El escritor catalán confiesa que le hizo salir de dos atascos: el de la novela realista y la experimental

El Baroja difícil

'A contrapelo' es la expresión que escogió el crítico literario Javier Goñi para titular su libro, que hace el número 22 de la colección y en el que, desde las primeras páginas, se hace alusión a la España jesuítica de la posguerra en la que Baroja no era un autor que causara especial fervor. A esa atmósfera inquisitorial achaca Goñi la anomalía de que en la biblioteca familiar Baroja estuviera ausente y de que para él constituyó un descubrimiento tardío. El trabajo de Goñi termina con el silencio que la prensa oficial guardó sobre el hecho de que el hombre al que reconocía como el más grande novelista español del siglo XX fuera enterrado por propia voluntad en un cementerio civil. Unas palabras de Julio Caro Baroja dan la clave de la incomodidad barojiana: «Vivir un poco al margen en España y sin vínculo con el exterior: tal fue el destino de mi familia y mi mismo destino».

Es en esa clave en la que residen las desavenencias que suscitó la visita del escritor donostiarra a tierras andaluzas en el invierno de 1924. En ella se centra 'Un vasco en la corte nazarí', el libro de María Bueno Martínez, que hace el 23 de la colección y que recoge las impresiones que se llevó de las ciudades de esa región de España y las relaciones que trabó con personalidades como Federico García Lorca, quien le defendió aunque no se sintiera identificado con su obra. La tesis que se esboza en este trabajo es que si Baroja se enamoró de alguna ciudad andaluza, esta no fue Granada, que sale bastante mal parada en su novela 'La nave de los locos'.

El Baroja epistolar

El libro de Andrés Trapiello sobre Baroja tiene su punto de partida en cinco cartas que el poeta compró hace veinte años en una casa de subastas de Barcelona y que están dirigidas a un tal Juan Tarrasa, un diplomático de pasos azarosos que Trapiello se empeña en indagar en unas pesquisas que conforman una parte del libro y que contribuyen a su tono ameno. A esas cinco cartas se añaden como guía del ensayo otras siete que expuso a una puja una casa de subastas, esta vez madrileña, y que Baroja dirigió al escritor uruguayo Pablo Minelli González desde París entre los años de la guerra y la posguerra. La gracia del trabajo de Trapiello está en su agudeza para extraer observaciones reveladoras sobre la vida de Baroja en la época parisina y sobre el manejo que muestra de la bibliografía barojiana, que conoce bien. Agudeza con la que desmonta el mito de la amistad entre el autor vasco y Juan Benet, basado en un texto, 'Barojiana', que se ha tenido por una joya literaria y en el que ve una interesada imitación de estilo. Trapiello termina su ensayo con una Conclusión que se desmiente a sí misma: «No la hay. En Baroja no ha conclusiones». Afirmación que no le impide señalar lo que don Pío tenía de filósofo y tomar partido a favor de su costumbre de poner en boca de los personajes unos pensamientos que resultaban inconfundiblemente suyos.

La colección, que se cerrará en septiembre de este mismo año, tendrá como número 25 un trabajo del profesor Francisco Javier González Martín, que se titulará 'Un pensador entre fronteras'. Será una reflexión sobre las dualidades barojianas, entre ellas la de lo ibérico y lo vasco. El volumen 26, que pondrá el broche final a la colección, es el de Carmen Caro, sobrina nieta de Baroja, una reflexión autobiográfica sobre la figura omnipresente que condicionó su vida. Llevará por título 'El grito del capitán Chimista' e incorporará un epílogo del editor, Joaquín Ciáurriz, en el que narrará brevemente su relación con Baroja. La colección se cerrará el día 19 de ese mes en un acto final en el Museo Lázaro Galdiano, de Madrid, con la intervención de Jon Juaristi, autor del volumen que hacía el número 8 de la colección bajo el título 'Los pequeños mundos'.