El personaje

La bailarina de Soweto

Dada Masilo junto a Songelo Mcilizeli, en una actuación en Londres./ZUMAPRESS
Dada Masilo junto a Songelo Mcilizeli, en una actuación en Londres. / ZUMAPRESS

Las princesitas de sus danzas no son etéreas, son mujeres en pie de guerra

ELENA SIERRA

Hace pocos años, en 2015, por primera vez una bailarina negra alcanzaba el puesto de mayor categoría en la principal compañía de ballet de Estados Unidos, el American Ballet Theatre. Misty Copeland era la única artista afroamericana de la institución neoyorquina, y no lo había tenido fácil en un mundo, el del ballet –como tantos otros–, en el que la imagen asociada a la protagonista, a la princesa, al objeto de deseo y amor, era la de la mujer blanca, cuanto más blanca mejor. A Misty le había enseñado casi todo e impulsado siempre otra mujer que, mucho antes que ella, lo había tenido más difícil aún: Raven Wilkinson, a la que habían rechazado por ser afroamericana en varias academias (en el American Ballet, cuando era cría, la parte negra del elenco bailaba aparte) pero que llegó a ser miembro del Ballet Russe de Monte Carlo entre 1955 y 1961. Fue, de hecho, la primera bailarina negra en una compañía de ballet clásico.

Por la misma época que Copeland se ponía al frente del ABT, se hizo también famoso el caso de una chica brasileña que acabó bailando en Nueva York, en el Dance Theatre of Harlem. Ingrid Silva, negra y pobre, no estaba destinada a bailar de manera profesional porque eso no era lo que hacían las chavalas como ella en su barrio de clase trabajadora de Río de Janeiro. De su aula de 25 alumnas, solo cuatro eran negras. Y si miraba más allá, y más arriba, la cosa solo empeoraba. En la primera compañía de ballet de Rio no había ni una mujer con la que identificarse (algunos hombres sí). Encontró oportunidades fuera.

PERFIL

Dada Masilo nació en 1985, aún año de Apartheid, en Soweto, Sudáfrica
Estudió Ballet clásico y Contemporáneo primero en su país y después en Bruselas, donde estuvo dos años. Dirige el centro Dance Factory en el que se formó. Hoy puede verse en el Teatro Arriaga de Bilbao su versión, con influencias de danzas africanas, de 'El lago de los cisnes'.

Ahora hay que imaginarse a una chica de Soweto, es decir, ese enorme núcleo poblacional cuyo nombre viene de cómo se dice en inglés 'asentamientos sudoccidentales' (los lugares reservados para los trabajadores negros cerca de Johannesburgo). Allí fue donde la gente comenzó a levantarse contra el Apartheid. Allí fue donde nació la bailarina y coreógrafa Dada Masilo en 1985, algunos años antes de que se pusiera fin, al menos sobre los papeles, al régimen de segregación y discriminación sudafricano. Allí fue donde creció. Y de allí saca parte de su inspiración, que la lleva a romper con las formas tradicionales del ballet y también con los contenidos clásicos.

Venganza

A los pasos de siempre suma movimientos contemporáneos y de danzas tribales de su tierra. Y sus princesitas no son etéreas ni aguantan lo que les echen, sino que se rebelan, y hasta se vengan de quienes dijeron que las amaban y luego las dejaron tiradas.

Lo hizo en 'Giselle', que en vez de perdonar y salvar a su examado, lo mata y se queda más tranquila. Las wilis, esos espíritus vengadores, son más violentas y más feroces en la visión de Masilo. Frente a la obediencia, el hieratismo, la pasividad de la mujer que se pretende en muchas culturas, ella las pone en pie de guerra, sin concesiones. Lo que quiere transmitir es que contra el abuso no hay piedad. Y en sus creaciones se van colando los asuntos del día a día en su tierra: el estigma y el rechazo social a quien tiene el VIH, la violencia doméstica y los matrimonios concertados, los roles de género. Para bailarlos necesita crear su propio lenguaje, ese que mezcla todo tipo de tradiciones.

De esta manera ha revisitado también a otros grandes títulos del ballet como 'Romeo y Julieta' y 'Carmen'... Y hoy Dada Masilo, que estudió Ballet clásico y Contemporáneo en la Dance Factory en su país y después pasó dos años en el Performing Arts Research and Training Studio, en Bruselas, para volver a trabajar en el centro en el que se formó y en el que se enmarca su propia compañía, está en Bilbao, en el Teatro Arriaga, con su visión de 'El lago de los cisnes'. Es una pieza creada en 2010 en la que la bailarina y coreógrafa pone tutús y puntas a sus once compañeros (hombres y mujeres), y en la que se puede oír la famosa música de Chaikovski, pero para la que quiere utilizar otros ingredientes en la narración. Los suyos, los de su tierra, lo que le preocupa.

Aquí se va a bailar para hablar de sexos, géneros y homofobia. Masilo defiende que el binarismo de género está ligado a la herencia del colonialismo y que es por medio del arte como se puede exponer la teoría y como se puede erradicar la creencia en esa estructura.