Los artistas siguen al mando

'Selfie con causas políticas', Grayson Perry, 2018./
'Selfie con causas políticas', Grayson Perry, 2018.

La Royal Academy mantiene intacto su espíritu democrático y celebra sus 250 años con una exposición de Gainsborough a Bansky

BEGOÑA GÓMEZ MORAL

Cualquier artista o arquitecto activo en Reino Unido y menor de 75 años puede ser miembro de la Royal Academy. Parece sencillo, pero no lo es. La iniciativa debe partir de un académico que escribe su nombre en el 'libro de nominaciones'. El siguiente paso es obtener otras ocho firmas de apoyo. Tres veces al año se reúne la asamblea y elige. No hay voto por correo y mucho menos digital, ha de ser en persona. Solo puede haber 80 miembros al mismo tiempo, así que son una o dos plazas de promedio cada año las que cubren un fallecimiento o la llegada al límite de edad, cuando los académicos pasan a 'senior'. Una vez aceptado, el nuevo miembro dona una obra a la colección y recibe medalla y diploma firmado por la Reina.

Así ha sido durante los 250 años que se celebran este verano con una muestra en Burlington House, hogar de la Academia durante los últimos 150. David Chipperfield ha estado a cargo de reformar el edificio y «no ha sido fácil» tratar de transformar «tanto la sicología como el espacio físico», un espacio reabierto con motivo de esta celebración después de dos años accediendo a las exposiciones «por la cocina», en palabras del mordaz público londinense.

La Royal Academy se fundó para proteger la práctica artística del país cuando el valor estético se centraba en creaciones llegadas desde el continente. La Academia de San Fernando funcionaba desde 1752 y su equivalente en Francia se remontaba a 1648. Era un momento idóneo para que los artistas británicos se reorganizasen a la búsqueda de identidad.

Cada año se escogen obras para una muestra; llegan a revisar hasta 20.000

Su funcionamiento consiste en un curioso ensamblaje entre tradición y actualidad. Si la estatua del primer presidente y miembro fundador, Joshua Reynolds, bajase del pedestal y cobrase vida, encontraría diferencias, pero su mayor sorpresa quizá fuese ver lo que no ha cambiado desde el 10 de diciembre de 1768.

Para empezar, sigue siendo una de las escasas instituciones formadas exclusivamente por artistas y gestionadas por ellos. Con sus ventajas y complicaciones, ese es un rasgo determinante y un motivo de orgullo, sobre todo si se tiene en cuenta que en «un cuarto de milenio» solo dos académicos han sido expulsados.

Cuando se fundó, las exposiciones del 'Salón' de París eran públicas desde 1737 y empezaban a alcanzar la influencia que conservarían hasta el siglo XX. Con ese modelo al otro lado del Canal de la Mancha, la 'Exposición de Verano' de la Royal Academy se convirtió en máxima expresión de su espíritu democrático. Partía de una convocatoria abierta y así continúa. Cualquiera puede proponer un máximo de dos obras al año. Aunque, como en cualquier concurso, hay particularidades y consejos de quienes ya lo han intentado con éxito o sin él. Por ejemplo, las obras pequeñas tienen más posibilidades. Es difícil que admitan una pieza grande, de modo que hay que pensarlo bien antes de arriesgarse con ese lienzo de tres por cinco metros que languidece en el estudio.

'Una visita privada a la Royal Academy, 1881', William Powell Frith, 1883.
'Una visita privada a la Royal Academy, 1881', William Powell Frith, 1883.

Hubo épocas en que el 'día de entrega' era un espectáculo de centenares de artistas recorriendo las calles con sus pinturas bajo el brazo hacia Burlington House. Hoy, la primera criba es digital. Hasta 20.000 obras se llegan a revisar cada año para escoger una pequeña parte que se cuelga en las salas. Eso no ha cambiado. Allí es donde se toma la decisión final, con las obras presentes ante el 'comité de selección', que hace pruebas durante ocho días mientras bebe el célebre y secreto 'beef tea' (caldo de ternera) para reponer fuerzas. El proceso concluye el 'día de la sanción', que marca el punto de no retorno, cuando queda fijado el contenido.

Desfile de artistas

Los seleccionadores no siempre coinciden con el 'comité de colgamiento' –o 'de la horca'–, el grupo de académicos encargado de decidir sobre la situación de cada pieza. Se trata de una labor polémica porque las pinturas se disponen a la antigua usanza, casi del suelo al techo, y una buena posición es fundamental. En los primeros tiempos de la Academia, estar en un lugar inalcanzable para la vista podía significar un año de penuria, por no hablar de la ofensa que suponía. Una buena posición, por el contrario, atraía encargos y reconocimiento de la sociedad londinense, que acudía en masa al acontecimiento principal de la escena artística. Por entonces apenas había oportunidad de disfrutar del arte fuera de circuitos privados y el interés era grande. Unas 14.000 personas visitaron la primera exposición; en 2017 fueron casi 200.000, aunque el récord permanece en las alrededor de 350.000 visitas que se alcanzaron algunos años del siglo XIX.

El 'día del barnizado' era la víspera de la inauguración, cuando se daban los últimos retoques a las obras ya colgadas. Hoy supone sobre todo un desfile de artistas con banda de música por Piccadilly, que culmina con una breve ceremonia en Saint James y un cóctel multitudinario donde se pueden avistar algunas celebridades. Los académicos poseen la prerrogativa de enviar hasta seis trabajos cada año y hay obras invitadas. Esto significa que un desconocido puede acabar expuesto junto a Baselitz o Hockney.

La mayoría están a la venta. Si llega el feliz acontecimiento, se coloca el tradicional punto rojo, un código inventado en la Academia en 1865. La organización se queda con un 30%, bastante menos que una galería convencional. Eso sí, cualquier obra vendida en los doce meses siguientes a la exposición continúa sujeta a ese acuerdo. Los beneficios, junto con los de las entradas a casi 18 euros, se destinan a la sección formativa, que ofrece distintos cursos y un posgrado de tres años, no oficial y gratuito, para 17 estudiantes cada curso.

'Caballo saltando', John Constable, 1825.
'Caballo saltando', John Constable, 1825.

Antes hubo otras sedes, como Pall Mall, la National Gallery y Somerset House, junto al Támesis. Allí se produjo el conocido rifirrafe entre los dos renovadores del paisaje inglés: Turner y Constable. El primero, nacido en Covent Garden y dueño de un carácter abrupto, entró en la Escuela de la Academia como estudiante con 14 años y a los 27 era miembro de pleno derecho; el segundo, un atribulado viudo con siete hijos, nació en Suffolk y fue admitido a los 52. En la exposición de 1832 sus cuadros coincidieron uno al lado del otro. Cuando horas antes de la apertura Turner vio que su marina, un tanto limitada a azules, blancos y grises, palidecía junto al paisaje de Constable, acentuado en carmines y laca geranio, se acercó a su pintura y, de una sola pincelada, trazó una boya roja en mitad del mar. Según las crónicas, el efecto fue demoledor, el colorido del otro quedó eclipsado y arreciaron las críticas. «Ha entrado aquí y ha disparado», parece que se lamentó Constable.

Esteticistas

La polémica a menudo ha marcado el ritmo de la Academia: escándalo, aceptación, éxito, deriva y vuelta a empezar. En 1849, durante un tiempo pictórico previsible y acomodado, se presentaron a la exposición anual dos obras de autores distintos firmadas con las mismas iniciales misteriosas: 'PRB'. Así es cómo, en medio de un mar de betunes, se abría paso el colorido luminosos de la Hermandad Prerrafaelista (Pre-Raphaelite Brotherhood), que, tras unos años de críticas demoledoras –Dickens los encontraba deplorables– fue asimilado por el gusto general. Años más tarde, la reina Victoria hacía encargos directos a Everett Millais, uno de los fundadores del grupo y alumno de la Academia desde los 11 años. Para entonces era el movimiento Esteticista el que atraía tantos detractores como acólitos. William Powell Frith reflejó la situación en 'Una visita privada a la Royal Academy, 1881', una galería de retratos donde Anthony Trollope, Robert Browning, Oscar Wilde, Lily Langtry, arzobispos, condesas, marchantes, políticos y cirujanos dan cuenta del choque entre tradición y modernidad: los estetas, con flores en la solapa y vestidos de colores intensos, mezclados en la sala principal de la Academia con lo más granado de la severidad victoriana.

La reivindicación por el voto para las mujeres irrumpió en 1914. El mismo día de la inauguración Mary Wood atacó un retrato de Henry James pintado por Singer Sargent. Aunque lo rasgó en tres partes con una hachuela de cocina, no tenía nada contra el autor de 'Washington Square'. Tenía algo contra el comité de la Academia que desde la fundación en 1769, con Mary Moser y Agelica Kauffman, no había admitido nuevas académicas ni lo haría hasta 1936.

La política también pasó por la Royal Academy cuando a un tal David Winter se le ocurrió presentar dos paisajes a la exposición de 1947. «Menos mal que los han aceptado», dijo un crítico que reconoció bajo el seudónimo al ex primer ministro Winston Churchill. El político que había puesto en palabras el precio en «sangre, sudor y lágrimas» de la reciente guerra mundial había tomado por primera vez los pinceles en 1915, pasados los 40 años, cuando estaba devastado por el desastre de Galípoli. Probablemente la afición a la pintura fuera una de las pocas cosas que tuvo en común con Hitler.

A veces hubo suspicacia: durante un tiempo Henry Moore cruzaba de acera para no pasar cerca de la Academia; hubo escándalo cuando la exposición 'Sensation' visitó Burlington House con su parafernalia de excremento de elefante, retrato de asesina de niños y tiburón en formol, aunque hoy Tracey Emin sobrepasa los diez años como académica. Gilbert & George, por el contrario, accedieron al mismo título hace solo un año y de forma conjunta.

La celebración de este año ha estado a cargo de Grayson Perry y su álter ego llamada Claire, que obtuvo el premio Turner en 2003 por sus piezas de cerámica pintada. El comité de Perry ha seleccionado 1.351 obras y la controversia no ha faltado a la cita. Banksy confirmó haber presentado una pieza a la convocatoria general con el seudónimo 'Bryan S. Gakmaan', un anagrama de 'Banksy anagram'. Fue rechazado. Después, cuando Perry invitó a artistas consagrados a exponer junto a los desconocidos, contó con su participación. En concreto, con una pancarta a favor del Brexit alterada, casi la misma que había presentado bajo seudónimo. El precio fijado en 350 millones de libras no significa solo que Banksy no pretende vender, alude a la campaña para el referéndum, en la que Boris Johnson señaló sin fundamento esa cantidad como cifra aproximada que semanalmente ahorrarían las arcas públicas británicas en caso de salir de la UE. La actualidad atraviesa el arte y la Royal Academy sigue ahí para constatarlo.