Un arte que no se puede obviar

Bernardo Gómez Pimienta. /J. Navarro
Bernardo Gómez Pimienta. / J. Navarro

Bernardo Gómez-Pimienta es el único latinoamericano miembro de la Academia de Arquitectura de Francia, en la que acaba de ingresar

ABRAHAM DE AMÉZAGA

Está pletórico, tras haber ingresado en la prestigiosa Academia de Arquitectura de Francia, con un discurso de once páginas donde ponía de relieve los cinco mil años de arquitectura mexicana. «Soy el único miembro de Latinoamérica, en la actualidad, en dicha institución. Es un honor descubrir que en el pasado figuraron en ella Ricardo Legorreta, Pedro Ramírez Vázquez u Oscar Niemeyer. Más que como un reconocimiento personal, lo tomo como un reconocimiento a la arquitectura de mi país». Lo cuenta en Saint-Germain-des-Prés –el barrio históricamente más intelectual de París, lugar de la cita– Bernardo Gómez-Pimienta (1961), nacido en Bélgica «por azares de la vida», pero mexicano de pasaporte, sentimiento y trayectoria. Larga trayectoria ya pues lleva tres décadas en la arquitectura.

Que Europa se fije en un arquitecto del otro lado del charco hace que de alguna manera reconozca que el continente americano ha sido esencial para el desarrollo de este oficio. «Si bien la arquitectura moderna se inventa aquí a principios del siglo XX, donde amplía sus límites es en Latinoamérica, por el clima, lo que permite un diálogo entre el interior y el exterior de las construcciones», explica quien antes de formar parte de la Academia de la Arquitectura francesa recibiera destacados galardones, así como la Legión de Honor en 2007, que por lo general se entrega a políticos y gentes de las artes.

Si hay quien ha definido la arquitectura como música congelada, Gómez-Pimienta subraya que «es un reflejo de lo que sucede en la sociedad. La obra de un arquitecto es una trayectoria con un lenguaje propio, que con el tiempo se va depurando en muchos casos, y donde no se dan prodigios tipo Mozart». Además, cuando nos referimos a cualquier cultura, por muy antigua que esta sea, siempre tenemos como referentes sus construcciones.

Su trabajo en Anticavilla Hotel.
Su trabajo en Anticavilla Hotel. / J. N.

Ha visitado en varias ocasiones el País Vasco, antes de la construcción del Guggenheim y después. «El museo de Gehry cambió completamente la percepción de la ciudad de Bilbao, convirtiéndose en un punto de atracción de masas. Gracias a un edificio de impacto, muda de vocación». Años antes, frecuentó Madrid, donde realizó su Doctorado, y presentó varios proyectos para España, que finalmente no se realizaron. Entre sus grandes construcciones, que van de los espacios públicos a los privados, están el Laboratorio Estatal de Salud Pública, la Escuela Nacional de Teatro-CNA, la Casa Nogal y el Hotel Anticavilla, las cuatro en su país, o el parque urbano El Tunal, en Colombia.

Gómez-Pimienta, que tuvo clara desde bien pequeño su vocación, la de construir edificios, también diseña muebles, desde su gabinete BGP, y es director de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Anáhuac México. Es consciente de que sus diferentes facetas profesionales son complementarias, así como de gran ayuda a la hora de proyectar una construcción.

Presencia constante

«La arquitectura es un arte que no se puede obviar, por mucho que lo intentemos, porque todos estamos en contacto con los edificios, los vemos en las ciudades, los habitamos, los visitamos… Si quieres ver cuadros o esculturas, tienes que ir a un museo. Eso no ocurre con la arquitectura», señala. De ahí la necesidad de educar a las nuevas generaciones en este campo, para que desde niños comiencen a distinguir entre edificios buenos y malos, algo que ha habido siempre, sostiene.

También habla de ese empeño por parte de reconocidas fundaciones –caso de las Louis Vuitton o Botín, como ejemplos– por recurrir a un arquitecto de renombre a la hora de proyectar sus edificios, como un valor clave, porque eso ayudará a que esos lugares se conviertan para muchos en destinos, no solo para colegas de la profesión, sino también y sobre todo para personas con deseos de descubrir lo nuevo.

Su trabajo en MtyHouse.
Su trabajo en MtyHouse. / J. N.

En su discurso de ingreso en la Academia gala, pronunciado en un francés impecable –es hijo de belga francófona–, tras los agradecimientos por tener el gran honor de formar parte de una institución fundada originalmente en 1840, dejaba claro que «la arquitectura que se desarrolla en un determinado enclave es el resultado de la historia, de las tradiciones, de la geografía, de las técnicas e igualmente de otras condiciones definitorias, y se convierte de algún modo en espejo de su cultura y de sus aspiraciones».

A lo largo de alrededor de una hora, en su lección de ingreso, donde no faltaron citas de Octavio Paz y de su colega Ramírez Vázquez, realizó un repaso de cinco milenios de arquitectura azteca. Laboriosa tarea, donde el tiempo y el espacio condicionaban, pero que le permitió dar una visión de lo que ha sido, es, y probablemente será México, un país en cuya capital viven actualmente alrededor de nueve millones de personas, y cuyo pasado estuvo claramente influenciado por la arquitectura del Viejo Continente.

Esta se transformará tras el final de la colonización, convirtiéndose en una urbe «de carácter moderno, dotada de nuevos edificios gubernamentales, grandes tiendas, villas, bancos, restaurantes y mercados». «La arquitectura de las Américas –añadió– es una arquitectura con unas características muy particulares, de alguna manera una arquitectura solar, anclada en su topografía, sensible a las tradiciones, a la historia, pero también abierta hacia el futuro».

Bernardo Gómez-Pimienta está de acuerdo con el dicho de que quien se dedica a esta profesión nunca está satisfecho al cien por cien de su obra. «Uno podría pasar toda su vida en un proyecto, cambiando diferentes aspectos, corrigiendo, mejorando… Es la eterna insatisfacción. Además, desde el primer boceto hasta la construcción final, suelen pasar varios años». Se necesita, por tanto, mucha paciencia, y una gran capacidad para trabajar en varios encargos diversos al mismo tiempo, intentando que no haya interferencias entre ellos. Un desafío nada fácil.

 

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