Artes plásticas

Arte de color rojo

Bocetos de vestuario realizados por El Lissitky./
Bocetos de vestuario realizados por El Lissitky.

París acoge una muestra que abarca la producción artística en la URSS entre 1917 y 1953: de la Revolución de Octubre a la muerte de Stalin

ABRAHAM 
DE AMÉZAGA

Rouge. Rojo'. Es el título de una gran exposición que se inaugura este mes en las galerías del Grand Palais de París. El rótulo, de dimensión enorme, va acompañado del lema 'Arte y utopía en el país de los soviets'. El período histórico que la exposición abarca es el transcurrido entre 1917, con la conquista del Palacio de Invierno por los bolcheviques, y 1953, año de la muerte de Stalin. Una etapa que tendría un enorme impacto en el arte de todo el mundo y que convertiría el rojo en el color simbólico del comunismo y de cuanto representa. No cabe duda de que por eso lo odiaba Franco.

Si hace ahora cuatro décadas, en 1979, se ponía en pie en el centro Pompidou la muestra 'Paris-Moscou (1900-1930)', una de las más importantes en Europa en los últimos tiempos, la que ahora se presenta al público llega hasta el fallecimiento del dictador Stalin, abarcando por tanto un periodo intenso; décadas muy productivas, que empiezan con gritos de esperanza y un fiel compromiso, y que llevarán al desaliento, a la decepción, y en no pocos casos a la muerte.

«El hilo conductor de esta exposición es mostrar en qué medida el sistema comunista engendró formas de arte específicas», explica a Territorios Nicolas Liucci Goutnikov, comisario de la muestra y conservador en el Pompidou, que ha prestado en esta ocasión importantes obras, junto a museos rusos, y donde desde 2016 y hasta el próximo año vienen organizando las Chroniques russes (Crónicas rusas): encuentros en torno a la creación rusa y soviética desde principios del siglo XX.

Son décadas muy productivas que empiezan con gritos de esperanza y acaban en decepción

A poco más de kilómetro y medio del edificio de Piano y Rogers, en el Grand Palais, se ofrecerá la oportunidad de descubrir a partir del 20 de marzo parte de la producción de la que fuera gigantesca potencia, de la diversidad de artistas y estilos, y donde el visitante va a ser testigo de manera cronológica de dos formas artísticas opuestas. Por un lado, en la primera parte, se asiste al arte productivista, relativo a todos aquellos constructivistas que quisieron romper con las prácticas clásicas y que a inicios del siglo XX tienen como objetivo terminar con dos exponentes por excelencia de ellas, la pintura y la escultura.

«Como futuristas no podían más que estar atraídos por un régimen que anunciaba el advenimiento de una sociedad comunitaria, en la que el artista sería un miembro integrado», señala Camille Gray, en su libro 'L'Avant-garde russe dans l'art moderne' (2003), cuando uno de sus protagonistas, Malévich, exclama el «construyamos un mundo nuevo perteneciente al hombre». Son izquierdistas sin rubor a los que entusiasma la revolución, y que pareciera que gritaran con su actitud el 'aquí estamos nosotros para contribuir al cambio'.

'La nueva Moscú' de Pimenov.
'La nueva Moscú' de Pimenov.

Artistas foráneos

La segunda parte de la muestra nos sumerge en un realismo socialista, que abarca las décadas de los treinta y cuarenta, y que anunciará la gran reorientación ideológica de la pintura con la llegada del estalinismo. Habrá artistas foráneos de fugaz visita, así como los que residirán varios meses, caso del muralista mexicano Diego Rivera, al que le ocupa una obra encargo de la Armada Roja. También se da cuenta del paso de Bertolt Brecht, John Heartfiel o Käthe Kollwitz, entre otros.

Además de obras de arte, se exponen multitud de documentos gráficos –algunos mostrados por vez primera–, entre los que hay revistas, pósters, fotografías, panfletos…, por aquello de que lo impreso llegaba mucho más y sobre todo mejor a las masas, a las que se intentaba de algún modo mostrar (y demostrar) que ellos, los artistas, estaban con ese cambio social y político. De hecho, sacarán la pintura de los cuadros para plasmarla en muros, con eslóganes revolucionarios no exentos de grandes dosis de creatividad en más de un caso, y cuyo mejor escaparate son por tanto los espacios públicos. ¿Y qué nombre o etiqueta le darán? El arte del proletariado. Uno de sus impulsores será Mayakovski. Los documentos gráficos dejan además testimonio de obras que se proyectaron y que, por desgracia, ya no existen, al haber sido destruidas.

'Millones de trabajadores' de Klucis.
'Millones de trabajadores' de Klucis.

Gray escribe en su mencionado libro que «mientras la mayoría de sus conciudadanos estaban absorbidos en una lucha cotidiana por la vida, estos artistas ocupados ellos en preparar el futuro, lograban prácticamente abstraerse de ese siniestro presente». No solo asistimos a la producción de hombres y mujeres de la Unión Soviética, como Alexandr Ródchenko, el citado Kazimir Malévich, Gustav Klutsis, Alexandr Deineka, Serguéi Eisenstein o Varvara Stepánova, entre la amplia nómina, también a la de algunos de los artistas extranjeros que decidieron ir a la gran potencia, y sobre todo a Moscú, la capital y vitrina del socialismo a nivel internacional, para descubrir la producción de aquellos años.

Si bien el título inicial que barajaron Liucci Goutnikov y su equipo para la exposición fue acompañar al término rojo las palabras arte y comunismo, finalmente decidieron sustituir comunismo por utopía, porque «la mayoría fueron artistas que creyeron en aquel proyecto y gran número de ellos se verían traicionados con la evolución del estalinismo», en palabras del comisario. Utopías fueron, por ejemplo, el monumento de Vladímir Tatlin, que pretendía superar en altura a la torre Eiffel y el Empire State, y que se quedaría, en eso, en una quimera. La exposición de la que ahora podremos disfrutar en París no es ninguna quimera, sino de lo más real y recomendable, que solo será posible ver allí hasta el 1 de julio, porque no tiene previsto viajar después.