Artes plásticas

Arte en acción

Pablo García Martínez y Elandorphium. /
Pablo García Martínez y Elandorphium.

Elandorphium refleja tanto el espíritu transgresor de la performance como su dificultad para definirla

GERARDO ELORRIAGA

La performance es un tipo de ficción que colinda con la representación pero sin pretender una proyección meramente escénica, a juicio de Elandorphium, cualificado representante de esta disciplina en España. El mismo reconoce la dificultad para establecer sus límites. «Lo más importante es definir en qué contexto actúa, no se trata de construir una ficción, sino de deconstruirla, de quitarle ornamentos», explica. «Hay que analizar sus elementos constitutivos y, a partir de ahí, jugar con esos elementos. No existe un guión, lo más próximo es una especie de partitura, de actos, y tú te encuentras en ese lugar y dialogas con ese contexto y esa situación».

El creador llevó a cabo una acción en la inauguración de 'Lo que vuelve es la mariposa', exposición de Eduardo Hurtado en la galería Aldama Fabre, y entre el próximo mes de diciembre y febrero de 2020 será el protagonista de su propia exposición en el mismo espacio. Porque, antes de que surgiera el performer, ya estaba Pablo García Martínez, pintor y dibujante. «Elandorphium se instaló sin pagar alquiler, es un okupa maravilloso, y ahora transita mi realidad, ya no podría decir quién es uno y otro, quien conoce a uno y a otro, mi cuerpo es un híbrido, es esa visión de lo abyecto, de lo obsceno, de lo no deseable. Al principio se pautaban campos de actuación y ahora te posee».

La expresión performativa escapa a los cánones narrativos. El espectador puede buscar un desarrollo secuencial, pero no hallará esos cánones. «Cuando vas a ver algo dramático, ya estás concienciado sobre lo que te espera, un planteamiento, nudo y desenlace, pero en la performance se deforma y subvierte», indica y señala la importancia del lugar donde tiene lugar, ya sea una galería, un museo o un supermercado, y los códigos de una práctica que, en su opinión, ha de entenderse como «una acción concreta llevada a cabo por una persona».

La historia de la performance se remonta a las vanguardias históricas y los eventos surrealistas que tenían lugar en el Cabaret Voltaire, aunque las manifestaciones contemporáneas se vinculan con las iniciativas que surgieron en las décadas de los sesenta y setenta con Marina Abramovic y el colectivo Fluxus, entre otros. «Fue entonces cuando se empieza a teorizar sobre ella y resulta entendida desde la institución, pasando de ser un objeto fetiche a un recurso explotable». A su juicio, es un recurso que permite entender la política del cuerpo, «qué cuerpos son representados» y potencia nuevos discursos al respecto.

Una máscara

El arte se convierte en un campo de actuación para Elandorphium, una herramienta que no precisa de medios precisos. «Se puede estudiar y planificar desde tu propia habitación y eso impide que se convierta en el monopolio de una elite social y propicia que cualquiera se pueda cuestionar desde su propio cuerpo», explica y revela que esta entidad es «un cuerpo mutable donde el género y el sexo no existen y donde el deseo se pone en jaque». Según explica, esta figura atiende a una «demanda personal por construir nuevas materialidades desde algo tan primitivo como lo corpóreo».

Elandorphim se sitúa en las coordenadas del arte 'queer', que él define como «aquello que te produce incomodidad y que, cuando se comprende, se debe reformular, así que está en constante resignificación». El autor huye de la ficción, de considerar a su alter ego como una mera máscara. «Tiene su propia personalidad y modifica a la persona que hay debajo», alega. «Debajo de esa peluca, de ese maquillaje, a través de esos maquillajes y tacones, te entiendes a través de la mirada del otro. Se trata de un tipo de conocimiento que sólo se adquiere in situ, no es teórico, que remite al proceso, hay una acción, respuesta y asimilación».

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