El año que destapó un país en color
Memoria colectiva. ·
En 1975 España ya no vivía en blanco y negro. Respondía a influencias internacionales y se divertía, a menudo ajena a la lucha de las élites culturalesLa muerte del dictador ha congelado el año 1975 en la memoria colectiva de los españoles. La vida y las costumbres parecen diferenciarse antes y ... después de Franco, con esos doce meses como una aparente frontera entre dos atmósferas sociales. Ante el cincuenta aniversario de su fallecimiento, los medios de comunicación han desmenuzado dicho periodo buscando acontecimientos que anunciaran ese cambio tan trascendental. Pero ese planteamiento no siempre es cierto. Las transformaciones significativas, a menudo, son un río subterráneo que nace mucho más lejos de lo que sospechamos y aflora imprevisible, a veces turbulento, y, en otras ocasiones, casi imperceptible.
Las señales estaban ahí. El declive del régimen autoritario se había agudizado con el atentado del almirante Carrero Blanco y la primera crisis del petróleo, que sacudió la economía de Occidente. Quizás el país comenzó a mudar su piel esa madrugada del 20 de noviembre, pero el mundo ya había iniciado una transformación a la que no éramos ajenos. El detonante tuvo lugar siete meses antes y a más de 14.000 kilómetros del Hospital de la Paz donde expiró el Caudillo. La caída de Saigón, una ciudad que no sabríamos ubicar fácilmente en el mapa, también fue relevante.
España se sacudía el letargo de cuatro décadas y, en paralelo, Estados Unidos se desprendía de su mala conciencia. La contracultura y la lucha por los derechos civiles, contra la segregación racial y la guerra de Vietnam, que habían llenado las calles y alterado la placidez académica del campus californiano de Berkeley, perdían fuelle. El espíritu combativo de Allen Ginsberg, su icónico poeta, el folk combativo y el rock sinfónico cedían terreno a otros ritmos y aspiraciones más lúdicas, lúbricas y rentables.
Los soldados regresaban del frente, frustrados y lisiados, y nadie les esperaba con pancartas, himnos y gallardetes. ¿Qué sucedía? El mundo quería sacudirse la culpa cuanto antes y, entonces, llegó Donna Summer. Porque 1975 es también el año de 'Love to love you baby' y sus sensuales gemidos, 'Lady Marmalade' y el eterno «voulez-vouz couchez avec moi, ce soir?», y el no menos sugerente «That's the Way uh huh I Like it uh huh», de KC and the Sunshine Band.
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El COU y el Premio Cervantes
Los jóvenes ansiaban bailar bajo una giratoria bola de espejuelos e imaginar otra realidad con ritmo funk y más, mucho más, sexo. La música disco se había infiltrado en radios y discotecas, y los Bee Gees apostaban por un falsete que coparía las listas de éxitos, incluso en la España más taciturna. Porque, y ese es otro factor esencial, los 'boomers' habían entrado en escena. En nuestro país, cada cohorte anual de 600.000 nacidos suponía una poderosa demanda con cierto poder adquisitivo y deseos de disfrutar sin heredar los sinsabores de sus padres.
El año en que se instauró el Curso de Orientación Universitario (COU) también es el de la primera mayoría de edad de sus primeras hornadas. El mercado no era ajeno a ese potencial. Tan sólo un mes después del óbito de Franco, un escualo animatrónico ascendía desde las profundidades y devoraba la taquilla. 'Tiburón' encumbró a Steven Spielberg y los 'blockbusters o megaéxitos, el cine palomitero y las multisalas, el ocio más escapista y un nuevo 'star system'.
No dibujen una España ajena a su entorno, estática, pintada en blanco y negro y poblada por las obsesiones y los tipos sombríos de José Gutiérrez Solana que se refugiaba en la oscuridad de los cines que se llamaban de arte y ensayo. Los españoles también bailaban despreocupadamente, ajenos a luchas cercanas y es que la alta cultura se movía reclamando más espacios para la libertad de expresión.
El teatro era uno de esos campos de batalla. El estreno de 'Equus', historia de deseo y represión sexual, supuso todo un escándalo por el desnudo de María José Goyanes y es que los reaccionarios siempre han buscado motivos para rasgar sus vestiduras de seda y apedrear a los disidentes. Mientras tanto, Camilo Sesto abandonaba sus trajes a medida para, barbudo y entunicado, representar al Mesías en 'Jesucristo Superstar', la versión local de una exitosa obra de teatro, y que implicaba cierta homologación con la vanguardia internacional.
La huelga de actores resultó más representativa del lugar en el que vivíamos y sus limitaciones laborales. «Fue un momento muy importante para nosotros porque conseguimos que toda una profesión se uniera para pedir algo tan terrible, tan espantoso, tan sangriento, como un día de descanso y elegir a nuestros representantes frente al Gobierno y la patronal», cuenta el director de escena José Carlos Plaza. Su 'revolucionaria' demanda lo llevó a la cárcel de Carabanchel, donde pasó tres días. «No me pegaron, pero se pasa muy mal, el miedo… en aquella época podía pasar cualquier cosa. Había gente muy conocida como Rocío Dúrcal que fue a sacarla Lola Flores». A pesar de todo, «el teatro encontró una manera de expresarse, se inventaron muchas maneras de luchar».
La plástica siempre ha participado de la realidad de su tiempo. Si el 'Guernica' de Picasso sintetizó con enorme fuerza visual la represión de la violencia sectaria e inclemente, Agustín Ibarrola se hizo eco de la lucha obrera cuando su voz se sofocaba y la versión española del 'pop', sostenida por los pinceles del Equipo Crónica, Eduardo Arroyo o Equipo Realidad, también contribuía a difundir su visión estilizada de un Estado dictatorial. En 1975 había espacios de apertura y contestación dentro del ámbito galerístico. Redor, la iniciativa madrileña de Alberto Corazón y Tino Calabuig, difundía dispositivos tan novedosos como las instalaciones mientras que su sótano acogía reuniones del Partido Comunista, eje de la resistencia política interna.
La gran pantalla, además de seducir a ciento de miles de púberes, se encontraba en la punta de lanza contra la moral predominante. 'Furtivos' de José Luis Borau fue un hito porque mostraba con crudeza la miseria de la España rural, víctima del abuso, el aislamiento y la ignorancia. Comercialmente, el cine español estaba muy lejos, enfrascado en el fenómeno del destape, que alcanzaría velocidad de crucero dos años después con el definitivo fin de la censura.
La institución del Cervantes, el mayor premio de las letras españolas, dio alas a un año literario sustancioso en el que destacaron hitos como 'Mortal y rosa' y 'Las ninfas', de Paco Umbral, este último dotado con el Nadal. El Planeta fue para 'La gangrena' de Mercedes Salisachs. Eduardo Mendoza publicó su primera novela, 'La verdad sobre el caso Savolta', y Juan Goytisolo cerró la trilogía de Mendiola con 'Juan sin tierra'. Once meses después de la muerte de Franco, Jesús Torbado ganó el Planeta con 'En el día de hoy', un relato ucrónico que planteaba la derrota del bando nacionalista en la Guerra Civil y su exilio en la Cuba precastrista. Sí, la historia pudo ser otra, carente de la represión y el aislamiento, sin años de inflexión y perniciosas nostalgias por años de pensamiento único. Pero ya se sabe que la vida es sueño y los sueños, sueños son.
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