La guerra de las lenguas

Una de las primeras medidas que toma el dictadorzuelo de la película 'Bananas' es declarar el sueco como lengua oficial

IÑAKI EZKERRA

Una de las primeras medidas que toma el dictadorzuelo de la película 'Bananas' es declarar el sueco como lengua oficial. No sé hasta qué punto Woody Allen era consciente de que estaba dando en el clavo de un tic típicamente autoritario. Por alguna razón que sospecho no debe de ser muy compleja, toda tiranía política, bien sea encubierta o declarada desde la que se camufla en la democracia hasta la que acaba directamente con esta se estrena con una imposición lingüística. Es noticia estos días la supresión de la lengua española en la web de la Casa Blanca, que ha acompañado a la llegada de Trump y que, aunque justificada por una supuesta reconstrucción, amaga una declaración de guerra no a una lengua sino a la realidad, es decir al gran peso que la comunidad hispanohablante tiene en ese país y va a seguir teniendo con web o sin web presidencial. Perseguir a una lengua suele ser el más infalible método para fomentarla, para difundirla más si está viva, para resucitarla si está muerta o para insuflarle vitalidad si se halla moribunda. El gaélico sobrevivió desde la Edad Media, como idioma mártir, a todos los embates de la Corona Británica hasta que la República de Irlanda lo declaró lengua oficial. Un siglo escaso de oficialidad ha sido más dañino para esa lengua que ocho siglos de persecución. La torpe e inútil hostilidad del franquismo hacia el euskera y el catalán es otro ejemplo de efecto bumerán, como lo será mañana la hostilidad al castellano en nombre de esas lenguas. Lo dijo muy bien Alarcos Llorach: «Hay que dejar a las lenguas en paz».