Satie, la vida como contradicción

Erik satie, en el retrato más célebre./
Erik satie, en el retrato más célebre.

Nacido hace 150 años, vivió al margen de la música oficial, vivió de tocar el piano en un cabaret, se burló de sus críticos y fundó una iglesia con un solo miembro: él mismo

CÉSAR COCA

Decía García Márquez que la música de Satie era de un «lirismo ascético». Habla de ello en varios de sus textos, lo que demuestra que conocía bien su obra. Por eso sorprende que no le dedicara algún relato, porque no hay nadie en la Historia de la Música que parezca tanto como él un personaje literario, quizá con la excepción de Scriabin. Tampoco hay ningún otro que, estando fuera del circuito de las grandes salas y los mayores mecenas, haya tenido un influencia similar en la generación posterior.

Alfred Eric Leslie Satie nació en Honfleur el 17 de mayo de 1866. Quedó huérfano de madre a los seis años, fue criado por sus abuelos y antes de llegar a la adolescencia estaba instalado en París con su padre. Hizo varios intentos de entrar en el conservatorio de la capital francesa pero fue rechazado por sus escasas aptitudes para la música. A los veinte años se ganaba la vida (mal, hay que añadir) como pianista en Le Chat Noir, un cabaret de Montmartre en el que triunfó Aristide Bruant y que frecuentaban numerosos artistas de aquel París fin de siècle. Allí comenzó a componer sus primeras Gymnopédies, se enamoró de la pintora Suzanne Valadon, se afilió a los rosacruces y se introdujo en el ambiente cultural de la ciudad. La experiencia mística debió de resultarle interesante porque después creó la Église Métropolitaine dArt de Jésus Conducteur, de la que se nombró líder sin oposición: nunca tuvo ningún otro seguidor.

Durante muchos años, Satie vivió en la periferia de París, en un apartamento de dimensiones liliputienses: era poco más que un armario en cuyo interior apenas cabían una cama y una cantidad sorprendente de objetos inútiles, incluida una gran colección de paraguas sin estrenar.

Contra los dogmas

Cada día, Satie caminaba diez kilómetros para llegar al cabaret. Lo hacía por ahorrar y porque tenía verdadera aversión al tranvía. Ya de madrugada realizaba el camino inverso. Entre caminata y caminata, tocaba el piano y componía unas obras que se erigieron en símbolo contra aquellos compositores que se tomaban a sí mismos demasiado en serio. A los 40 años se matriculó en el conservatorio, donde tomó clases del muy conservador Vicent dIndy, a quien ninguna novedad le parecía bien. Fue como si Satie atizara una bofetada a quienes aseguraban que su música era como era por desconocimiento. No se quedó ahí, y las obras que llegaron más tarde son verdaderos asaltos a la verdad oficial desde su mismo título: contra quienes decían que sus obras eran amorfas escribió Tres fragmentos en forma de pera (y no son tres, sino siete) y unos ejercicios de contrapunto los bautizó como Desesperación agradable. Otras partituras se titulan Sonatina burocrática, Embriones disecados, Cosas vistas a izquierda y derecha (sin gafas), Piezas frías o Verdaderos preludios flácidos (para un perro).

Más allá de esos títulos inusuales, lo que hay es un músico que se adelanta al minimalismo en la utilización de muy escasos recursos y la composición de melodías de enorme sencillez a las que apenas dota de desarrollo. Por eso sus piezas son tan breves: se componen solo de unos pocos temas que enlaza de manera directa. La mayoría de sus títulos se interpretan en unos pocos minutos, a veces incluso segundos. No se halla en su música, tampoco, ninguna de las efusiones sentimentales del Romanticismo que en ese momento daba sus últimas boqueadas. Nada hay más opuesto a Rachmaninov, por ejemplo, que este Satie que renuncia a generar emociones y se dirige al intelecto.

Pese a que los críticos lo tomaban a broma, la Academia lo despreciaba y nunca entró en el circuito de los estrenos de los grandes compositores, fue un autor muy influyente. La música de Ravel no se entiende bien sin la de Satie. Y en sus últimos años se convirtió en la fuente de inspiración para el Grupo de los Seis, aquella cuadrilla iconoclasta dirigida por Jean Cocteau que se especializó en derribar los dogmas de la música decimonónica con la misma intensidad con la que arremetía contra la nueva fe de los padres del serialismo. Tras separarse de este grupo, el compositor entró en contacto con Tristan Tzara y colaboró en películas y performances dadaístas. También escribió en revistas y a su muerte (1925) dejó una colección de dibujos de edificios grandiosos de aire medieval que existían solo en su cabeza. Su obra encajaba en esos inmuebles ficticios como una sinfonía de Bruckner en una caja de música. Satie o la vida como una maravillosa contradicción.