Historia de una integración

La escritora Kim Thúy, acogida por Canadá en calidad de refugiada, recrea en ‘Mãn’ el salto a la fama de una joven cocinera vietnamita en el país norteamericano

La escritora de origen vietnamita Kim Thúy./
La escritora de origen vietnamita Kim Thúy.
ELENA SIERRA

En su casa, guardan una fotografía de familia en la que los padres y los hijos posan sonrientes para la cámara en su nuevo hogar, su nuevo país. El padre luce un jersey del que, según recuerda la escritora Kim Thúy (Saigón, 1968) casi cuarenta años después, estaba muy orgulloso. Era un poco ceñido en la cintura. Ahora miran la foto y se ríen, porque saben que el padre llevaba un jersey de mujer y ninguno de ellos era consciente entonces.

En su casa, durante muchos años y mudanzas, transportaban de un lado a otro un tostador. Alguien les había dicho que era necesario para los desayunos y ellos, que jamás lo usaron como vietnamitas que eran no estaban acostumbrados a desayunar tostadas, lo conservaron porque era reluciente y bonito... Y porque creían que era fundamental en la sociedad en la que vivían y eso les gustaba.

Cuando sus padres se dieron cuenta de que hablar vietnamita y francés no era suficiente en la zona de Canadá a la que el destino y la buena fe los habían llevado (Montreal), la madre de Kim Thúy encontró la solución: los niños irían a un campamento a estudiar inglés. Resultó ser uno de esos campamentos de corte militar. Se gritaba mucho, en un idioma desconocido. Como una de las pocas palabras repetida continuamente que la niña Kim pudo retener el primer día fue asshole (traducible como tonto del culo), el segundo día se dirigió a uno de sus compañeros llamándole precisamente eso: asshole.

En el campamento se vistió de soldado, y eso fue muy raro, porque Thúy y los suyos habían huido de Vietnam, de un lugar repleto de ellos. La guerra en la antigua colonia francesa se eternizó entre 1955 y 1975 y después de eso la amenaza del régimen comunista llevó a que muchos que no habían perecido o abandonado ya el país, intentaran escapar por todos los medios. Kim Thúy, que hace unos años narraba el exilio en su primera novela, Ru, había vivido siempre en guerra y en 1978, a los 10 años, la subieron a un bote rumbo a lo desconocido.

Fue una de las muchas personas que a finales de los setenta recibió el nombre de boat people, los que huyeron de Vietnam por mar. Su familia llegó sana y salva a Malasia, sin mayor perjuicio que tener que abandonar todo lo conocido mientras muchas barcas se hundían, y allí estuvieron en un campo de refugiados hasta que Canadá abrió sus puertas a los exiliados en un programa que invitaba a las familias canadienses a que apadrinaran a los vietnamitas. Más de 100.000 encontraron refugio en el país que, hoy por hoy, se ha mostrado modélico en la acogida de quienes buscan una nueva vida tras salir huyendo de la guerra en Siria.

Los dos hogares

Para ella, Canadá es el blanco de la nieve, lo primero que vieron desde el avión. Ellos nunca habían visto tanto blanco, tan impoluto todo: la guerra y el campo de refugiados no eran los lugares apropiados para ese color. Y en Canadá el suelo y los árboles lo eran, el aire transportaba pequeños pedacitos de blanco... Luminosos, esperanzadores, como se le presentó a ella el futuro gracias al recibimiento que les brindaron. En Ru contaba todo eso. En Mãn, que ahora publica la editorial Periférica, incide en el contraste entre su primer hogar y el segundo, tan distintos en la forma de expresar los sentimientos, de organizarse, de vivir.

Mãn es ficción, pero bebe de su propia historia, hasta el punto de que la protagonista, una joven migrante vietnamita, se convierte en una estrella de la cocina en Canadá; la comida, ya se sabe, muestra muy bien las diferencias que existen entre los países. Ella fue esa cocinera. Ahora bien, también se ganó la vida como traductora de la Policía y costurera; estudió Derecho y trabajó en un despacho; incluso abrió un restaurante. Hasta que un día se dijo que quería cambiar de aires. Cuenta que su marido le pidió que se quedara un tiempo en casa pensando bien qué quería hacer. Y como se aburría, comenzó a escribir las anécdotas de su infancia, de aquel viaje que la llevó hasta Montreal, del aprendizaje y de las manos amigas que les acompañaron entonces, cuando ni siquiera tenían palabras.

Saigón en 1968. Cuando tenía diez años su familia huyó del país en barca, convirtiéndose en lo que entonces se llamó boat people. Tras un tiempo en un campo de refugiados en Malasia, fueron acogidos en Canadá. Ha sido costurera, abogada y cocinera.

En 2009 publicó su primera novela, Ru (Alfaguara). Ahora, acaba de lanzar Mãn (Periférica).