Cela y Baroja

FÉLIX MARAÑA

El primer centenario de Cela está revolviendo mucho más al personaje que configuró el propio novelista que al sentido profundo de su literatura, a su enmarque en el tiempo, su innovación y poesía. Y, como era previsible, el escritor ha sido atropellado por la figura del personaje, hecho en ocasiones de extravagancia y tintes vulgares. Sin embargo, Cela, además de darnos media docena de novelas de primera, fue un intelectual de rigor, atento a su tiempo, en el que intervino, muy por encima de esa anécdota recurrente de si, cuando mozo, fue censor de una revista de agricultura. Fue un intelectual incómodo para el poder y para la calle, porque sus intervenciones estorbaban al común conservador.

Una de las intervenciones o aportaciones de mayor excelencia y significación histórica es la creación, edición y dirección de Papeles de Son Armadans, la mejor revista de cultura que circuló en su tiempo, y en la que Cela supo incorporar a la cultura del exilio, a los intelectuales errantes desde la guerra civil. A dicha contienda dedicó San Camilo 36, publicada por vez primera en francés, con prólogo de Manuel Tuñón de Lara, compañero en sus estudios de Derecho. Porque Cela supo mirar en panorama y perspectiva cuál era el horizonte, devenir y sentido de la cultura de los españoles en el exilio, como en el interior. De ese modo, un intelectual que luchaba por su individualismo, reconocía a los demás en lo que eran, signo de generosidad. En ese reconocimiento, Cela inclinó un particular fervor por Pío Baroja, presumiendo haber llevado el féretro del vasco en 1956 al cementerio civil, junto con Hemingway, como atestiguan los documentos gráficos. A Cela le gustaba don Pío por ser «escritor diáfano e inmediato», «escéptico y tierno, íntegro y burlón».

Francisco Fuster, que ha escrito un libro de excelencia crítica sobre Baroja (Baroja y España; es una lectura como nunca se ha hecho), ha recogido ahora en un librillo primoroso (Recuerdo de don Pío Baroja, Fórcola) los textos que Cela dedicó a Baroja. Y, como dice Fuster, Cela es quien mejor resalta que a Baroja se llega mejor por el sentimiento que por el pensamiento: «A Baroja hay que ir a buscarle el corazón Hay que dejarle el vivo corazón al aire escribe Cela, porque Baroja es el hombre de la cordialidad que consterna, que abruma». Cela, que pidió el Nobel sin éxito para Baroja, fue investido con ese galardón, que no debe distraernos a la hora de celebrar la memoria del autor de La colmena.