Chillida Leku se reencuentra con la gente

Un grupo de visitantes este miércoles en Chillida Leku./Lobo Altuna
Un grupo de visitantes este miércoles en Chillida Leku. / Lobo Altuna

El centro dedicado a la obra del escultor reabrió ayer con un público catalán en su mayoría, que redescubrió el placer de poder tocar las obras y meterse en ellas

Iñaki Esteban
IÑAKI ESTEBAN

Día encapotado con temperatura agradable. «Perfecto para visitar Chillida Leku», decía el hijo del escultor Luis Chillida a las diez de la mañana en la puerta del centro, en el minuto uno de la reapertura después de haber tenido la entrada restringida a visitas ocasionales desde el 31 de diciembre de 2010. A esa hora se habían vendido 470 entradas por internet, según la directora Mireia Massagué, y había una cola de unas veinte personas en la taquilla.

El gris del cielo y el verde intenso componían una estampa típicamente cantábrica por la que empezaban a caminar los primeros visitantes, «un matrimonio catalán, ella licenciada en Bellas Artes; un matrimonio de San Sebastián que ya había estado en la etapa anterior y un donostiarra que ya tiene el bono de 30 euros para venir tantas veces como quiera durante un año», contaba Luis Chillida.

Además del verde, el gris y el marrón rojizo de las obras monumentales del escultor, que puntean las campas de Zabalaga de Hernani, donde se ubica el centro, abundaban las cámaras de fotos y sobre todo las incorporadas a los móviles. Un fuerte contraste con la inauguración del 16 de septiembre de 2000: entonces no había teléfonos inteligentes y ahora hay wifi gratis en todo el recorrido, además de códigos QR que permiten leer las descripciones de las obras en los terminales. Hay otros cambios. Ocho años después de su cierre por las pérdidas que ocasionaba a la familia, ahora Chillida Leku está gestionado por la galería suiza Haüser&Wirth.

«Por fin. Teníamos muchas ganas de verlo. Estamos en Etxalar pasando la Semana Santa. Pero conocemos bien San Sebastián porque venimos todos los años al Festival de Cine. Somos aficionados. Si hay que buscarle una pega, yo diría que el ruido que llega de la carretera. Eso no pasa en el Peine de Viento», valora Joan Bregolat, de Barcelona, que está acompañado de su mujer y de su hija, a la que fotografía perfilada por uno de los huecos de una escultura 'Arco de la libertad'.

En la reapertura de Zabalaga predominan los catalanes. También en la primera visita guiada. «Más que materiales, Chillida hablaba de materia, porque la consideraba algo vivo. Parece que en esta pieza de acero no hay color, pero sí lo hay, y depende de las estaciones o de la luz que reciba. Las que están entre los árboles son más oscuras», explicaba la guía. «Es totalmente diferente verlo aquí que en museo», añadían Ana y Fina, residentes en Sant Celoni, en la provincia de Barcelona.

Disfrutar significa para muchos algo que tampoco se puede hacer en los museos: tocar las obras. Para Chillida, el tacto entraba dentro de la percepción de sus esculturas, un paso necesario para su apreciación. A él mismo le gustaba pasar una y otra vez sus enormes manos de portero de fútbol por las piezas, por las que estaban a medio hacer y por las terminadas. En lo que él concibió con un «hogar» para sus creaciones sólo caben las restricciones del sentido común: se las puede tocar, entrar en ellas y sentarse dentro, como vieron enseguida los niños, no subirse y hacer cabriolas.

Un padre que amaba el arte

Según se sube la cuesta principal de la campa, domina la espectacular 'Buscando la luz I', una interpretación moderna de la torre gótica de 27 toneladas y 9 metros de alto. En la cima de la loma está el caserío Zabalaga, adquirido por Eduardo Chillida y Pilar Belzunce en los años 80, y restaurado por el arquitecto vasco Joaquín Montero. Para la nueva remodelación han contado con la liviana intervención del argentino Luis Laplace, que ha conseguido que apenas haya contraste entre la luz artificial y la natural que entra por los laterales y por el lucernario.

Frente a la entrada al caserío se ubica la escultura 'Elogio del hierro', de 4 metros de altura y 18 toneladas de peso. Propiedad del BBVA, estuvo hasta principios de abril del año pasado en la plaza Circular de Bilbao en el espacio anterior al rascacielos ahora en proceso de reforma. Dentro de la construcción del siglo XVI se aloja la muestra 'Ecos', comisarida por el hijo del artista Ignacio Chillida, una síntesis de la trayectoria del creador, desde que llegó de aprender arte en París con un buen lote de esculturas en yeso que en su mayoría se rompieron en el viaje de vuelta en tren.

De ellas han quedado algunas como 'Torso', raros vestigios del Chillida figurativo que se exponen al lado de cartas a Pilar Belzunce desde la capital francesa, o fragmentos de unos escritos en los que recuerda su infancia. «Mi padre siempre tuvo un gran interés por el arte y creo que de él vienen las vocaciones que mi hermano Gonzalo y yo tuvimos desde muy pequeños. Con juegos inteligentes y sencillos, consiguió desarrollar nuestra retentiva visual y sentido de la proporción», escribió en unas cuartillas con sus características letras mayúsculas, que apenas variaron con la edad. Algo tendrán que decir los grafólogos.

Ya en el exterior, Tuomas Ollikainen se acaba de meter dentro de la escultura 'Basoa IV'. Es un joven artista finlandés que acaba de llegar de un seminario sobre arte sonoro impartido en la localidad pirenaica de Aulus-Les-Bains, en la región francesa del Mediodía. «Las esculturas de Chillida tratan de la relación ente la existencia humana y la naturaleza. Por eso funcionan mejor el exterior», explica.

Dentro de la nueva cafetería, dos parejas de alemanes se toman una cerveza. Son las once de la mañana. Tampoco es que sea muy pronto para ellos. Están ya pensando en comer.

Horarios y precios

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De miércoles a lunes. Martes, cerrado por descanso. Hasta septiembre, de 10 a 20 horas.
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Entrada general. 12 euros; 10 para grupos de más de diez personas, estudiantes y personas mayores de 65 años; 6 para menores de 18 años, discapacitados y parados.