Woody Allen disfruta con el clarinete

Woody Allen disfruta con el clarinete
FERNANDO GOMEZ

El cineasta y músico neoyorquino mostró con su banda en el Euskalduna su pasión por el jazz primigenio

JOSU OLARTE

Con un paseo a pleno sol junto a su mujer Soon-Yi por el entorno del Guggeheim se distrajo horas antes de su concierto de anoche en Bilbao Woody Allen, quien pudo comprobar una vez más que, en el País Vasco y en Europa, no se le mira con el recelo que despierta en su país por las acusaciones de abuso sexual.

La admiración y el mito que le acompaña le siguen bastando para cobrar de 65 a 90 euros en auditorios como el Euskalduna, que no terminó de llenar, y al que regresaba 15 años después para ajustarse al guión que desde hace cuatro décadas viene representando con sus viejos compañeros de afición, la New Orleans Jazz Band. Es el papel de clarinetista vocacional enamorado incondicionalmente del cálido y vital jazz surgido de los dixies sureños y criollos, en que el tradicional banjo director musical encarnado por Eddie Davis aún tenía protagonismo en el género.

Pareció como de costumbre que, entre sonrisas cómplices, se hacía el profesor despistado e inseguro al soplar la lengüeta en su viejo clarinete. Porque, más que por su calidad musical, un concierto de Allen se aprecia como cita social y cinéfila, en la medida en que recuerda por momentos a las bandas sonoras de 'Manhattan', 'Sweet & Lowdown', o sobre todo a la de 'Midnight in Paris', tan mediatizada por su admirado Sydney Bechet, que figura en lo alto de su panteón musical junto Manzie Johnson y Louis Armstrong, cuyo 'Wildman Blues' rescató ayer.

Introducido por un piano ragtime, como de incógnito compareció el cineasta y jazzman a tiempo parcial que, en su empeño por recuperar la esencia del jazz con genuina fidelidad cumple con su banda con la misma solvencia que tantas otras formaciones anónimas del mismo estilo, desperdigadas por todo el mundo.

Se hacía el profesor despistado e inseguro al soplar la lengüeta en su viejo clarinete

Recreación de los clásicos

A sus 83 años, Allen anda muy justo de fuelle pero, por su larga dedicación, tiene interiorizados sus comedidos solos y partes de un repertorio en su mayor parte instrumental, acompasado con el pie por su protagonista y con toda la liturgia del jazz primitivo que, con hieratismo escénico por su parte, concede protagonismo a los músicos que le escoltan. En la parte superior del escenario estuvo la base rítmica, mientras que abajo, a su vera, le flaquearon la trompeta y el trombón, a menudo con sordina. En el lateral de la tarima se sentó el pianista.

Celebrado con ovaciones y aplausos por cada solo por su público trasversal y cómplice, el repertorio evocó con nivel acústico contenido por momentos a pioneros de Nueva Orleans (George Lewis, Johnny Dodds, King Oliver, Buddy Bolden) y resultó durante algo más de hora y media cadencioso, oscilando entre dizzies, ragtimes, piezas de blues ('St Louis Blues', cantado por el baterista Rob García), espirituales, swingeantes melodías de Broadway, como el 'Easter Parade' de Irving Berlin o tradicionales músicas festivas del Mardi Grass, además de la celebrada concesión afrolatina 'Para Vigo me voy', cantada por el pianista.

El público agradeció sus parlamentos y a la tercera pieza se confesó feliz de volver a Bilbao

Mas allá la recreación fiel de los clásicos, el personal pareció agradecer los parlamentos del director que a la tercera pieza se confesó feliz de volver a Bilbao y anunció un set de música de Nueva Orleans. «Espero que disfruten tanto como nosotros», dijo, mostrando su sorpresa por que la gente siga acudiendo, como él mismo reconoce, más verle que a escucharle.

A la hora y cuarto acabó la primera parte. Llegaron los dos bises, ambos tocados de pie por Allen junto a su trombonista y su trompeta. Primero tocó 'Bright Stars Blues', y terminó con un dixieland que hacía un guiño al 'Quiero ser como tú' de 'El libro de la selva'. Un manera de acabar con el ánimo bien alto.

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