Veinticinco años sin Kurt Cobain

El líder de Nirvana se suicidó el 5 de abril de 1994. En un nuevo libro, su mánager reivindica la «creatividad y dulzura» del artista

Carlos Benito
CARLOS BENITO

Muchas personas siguen experimentando un sobresalto cada vez que se topan con una fotografía reciente de Frances Bean Cobain. La hija de Kurt tenía diecinueve meses cuando su padre se suicidó y, de algún modo, su imagen pública quedó ligada para siempre a aquel suceso que marcó a una generación. Frances Bean se perpetuó en la memoria de los fans como una niña pequeña -su segundo nombre, 'alubia', tampoco ayudaba mucho a disipar esa idea-, de manera que verla con su apariencia actual de mujer adulta tiene algo de 'shock', de bofetada emocional, de forzosa toma de conciencia del tiempo transcurrido. Porque a algunos les parecerá que sucedió ayer, pero se cumplen veinticinco años de la muerte de Kurt Cobain, el músico que llevó el rock alternativo a un éxito inesperado, masivo y global, en contradicción con la propia etiqueta.

El 8 de abril de 1994, un electricista que iba a instalar un sistema de seguridad en la casa de Kurt, en Seattle, encontró el cadáver del músico con un tiro en la cabeza. Según concluyeron los forenses, el vocalista, guitarrista y líder de Nirvana, de 27 años, se había quitado la vida tres días antes, el 5. Las jornadas previas habían sido desquiciantes para los allegados del roquero y ya apuntaban la posibilidad de un final dramático: desde principios de marzo, Kurt había protagonizado un presunto intento de suicidio con champán y Rohypnol, un confuso incidente con un arma de fuego y un frustrado intento de desintoxicación en una clínica de California, de la que escapó saltando la valla. El desenlace incorporó su nombre al macabro Club de los 27 -los numerosos músicos que han fallecido a esa edad, como Jimi Hendrix, Janis Joplin o Jim Morrison- y también selló para siempre en el imaginario popular su leyenda de artista inadaptado, insatisfecho, torturado por demonios interiores.

El peso del mito

El reinado de Nirvana en la música mundial había durado poco más de dos años y medio, desde que su segundo álbum, aquel 'Nevermind' de septiembre de 1991, hizo añicos las categorías en las que estaba compartimentado el negocio, elevó el grunge a moda del momento y se convirtió en el emblema de la llamada Generación X. A lo largo de ese breve y accidentado periodo de gloria, Kurt Cobain tuvo que cargar con el peso de su propio mito, que, como todos, tenía una parte de verdad y otra de tópico: según ese perfil esquemático, el líder de Nirvana era un músico hipersensible e introvertido que triunfaba contra su voluntad, angustiado por la imposibilidad de controlar los tentáculos del monstruo que había creado. Las depresiones, las drogas y su matrimonio con la inestable y conflictiva Courtney Love completaban el retrato apresurado de un hombre que, a menudo, parecía zarandeado por la vida.

Las claves

Símbolo
«Creó una figura que él mismo habría admirado cuando era chaval», dice el mánager de la banda
Feminista
Grupos como Led Zeppelin o AC/DC le gustaban en el plano musical, pero su sexismo le incomodaba

Con ocasión del vigesimoquinto aniversario de la muerte de Kurt, se ha publicado por fin una de las piezas pendientes para desentrañar esa personalidad compleja, distorsionada en buena medida por un bosque de clichés. Danny Goldberg, el mánager de Nirvana, se ha animado a poner por escrito sus recuerdos de aquella época, con el propósito de reivindicar al hombre y su vida por encima del mito y el suicidio: «Su imagen quedó hipotecada por su muerte, mientras que mis recuerdos se centran más en su creatividad, en lo dulce que era, en su sentido del humor y en la música, que creo que es lo que importa de verdad a los fans: la compasión y la brillantez y esa especie de cualidades misteriosas de su música», ha explicado a 'Rolling Stone'. El Kurt que retrata Goldberg en su libro 'Serving The Servant' difiere en parte de la idea más extendida que ha quedado de él: aunque el líder de Nirvana solía asegurar que su ideal de popularidad era el de bandas como los Pixies, alejadas del estrellato comercial, el mánager asegura que en realidad era un artista ambicioso pero tremendamente consciente de su imagen: «Creó un personaje llamado Kurt Cobain. Esconder parte de su ambición era consciente, igual que la creación de una figura que él mismo habría admirado cuando era un chaval. No es el único que hizo eso: yo creo que también lo hicieron Bob Dylan o la gente de R.E.M.».

1. Kurt Cobain y Courtney Love, con su hija, en los premios MTV de 1993. | 2. Una imagen promocional de Nirvana. De izquierda a derecha, Krist Novoselic, Dave Grohl y Kurt Cobain. / Zuma Press | Chris Cuffaro

El libro aporta material para responder en parte a una de las preguntas inevitables en estos días de conmemoración: más allá de su obra, incorporada ya a las emisoras de 'oldies', ¿qué vigencia conserva la figura de Kurt Cobain en estos tiempos nuestros, cuando el rock de guitarras parece volverse cada vez más irrelevante? Quizá una de sus aportaciones más destacadas sea lo que Goldberg llama «su aborrecimiento por los estereotipos y los comportamientos de macho», que hace de él un modelo válido a la hora de plantear nuevas masculinidades. Cobain, decidido defensor del feminismo y de los derechos del colectivo LGBT, se preocupaba de llevar fanzines sobre bandas de mujeres a las presentaciones de sus propios discos, dejaba a su hija al cuidado de niñeras 'drag' e incluso se escabulló por una puerta trasera para no saludar a Axl Rose, símbolo de esos comportamientos que tanto detestaba. El mánager refleja el conflicto interno de Cobain ante bandas como Led Zeppelin o AC/DC, que le gustaban en el plano musical pero le causaban «incomodidad» por sus letras sexistas. Cuando Kurt se pudo a confeccionar su famosa lista de 50 álbumes favoritos, cuatro de las cinco primeras bandas que le vinieron a la cabeza (Pixies, Breeders, The Vaselines y The Shaggs) eran femeninas o tenían mujeres en su formación.

«Todo lo que tocaba tenía trasfondo oscuro, pero #a la vez brillaba»

A Gorka Urbizu, de Berri Txarrak, le sorprende leer a veces que Nirvana están sobrevalorados. A su juicio, quienes sostienen esa opinión no han captado la personalidad singular del grupo: «Para mí, Kurt fue un cantante y compositor único, hecho por el que a menudo se pasa de puntillas. Nadie había cantado con tanto desgarro. Todo lo que tocaba tenía un trasfondo oscuro pero que a la vez brillaba como nadie, como si estuviera incómodo consigo mismo y con todo lo que le rodeaba y no hubiera más remedio que revolcarse en ese fango y, de alguna manera, rebelarse a través de su música». El grupo navarro solía interpretar en directo 'All Apologies' y el propio Urbizu tiene grabada una versión acústica de 'Something In The Way'. ¿Recuerda el día de la muerte de Kurt? «Era una sensación irreal, como si, pese a leerlo mil veces, algo en tu interior quisiera no creérselo».

Josu Billelabeitia, de Belako, difícilmente puede guardar memoria de aquellas jornadas de duelo, ya que solo tenía 2 años. Sin embargo, la huella de Kurt resulta patente en su música, especialmente en su proyecto Lukiek. El enganche definitivo a Nirvana le llegó en la universidad: «Había una chica a la que le encantaba Nirvana. Se sabía todas, hasta las caras B. A mí me gustaba mucho esta chica y me enamoré como no me he enamorado nunca en mi vida. El caso es que me escuché toda la discografía quinientas veces. Me aprendí todas las canciones y hasta empecé a vestir como Kurt Cobain». Aquel estrecho contacto con Nirvana le dejó secuelas: «Se han convertido en uno de mis grupos 'top' y la figura de Kurt Cobain me ha inspirado musicalmente. Sus melodías y sus 'riffs' son su firma. Su voz rasgada es irrepetible y nunca habrá otro grupo igual. Si no fuera por él, yo ahora no tocaría la guitarra como la toco ni compondría como compongo. Igual lo haría mejor, no lo sé. Pero lo que hago, en parte, se lo debo a él».