La sutilidad de Sarah McKenzie

Sarah en uno de sus parlamentos./E.C.
Sarah en uno de sus parlamentos. / E.C.

La pianista australiana inauguró el ciclo 'EmakumeOK', también llamado 'Ellas crean', en una Sala BBK atenta a su jazz clásico, que creció en directo y se arrimó a Brasil

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

Mucho mejor de lo esperado por la mayoría de los espectadores estuvo el concierto de la pianista australiana Sarah McKenzie el viernes en la Sala BBK, que fue el primero de los cinco del nuevo ciclo femenino bautizado 'EmakumeOK' (o 'Ellas crean' también) y que completarán Jacquie Mcshee (8 de febrero), Rosana (22 de febrero), Luz Casal (15 de marzo) y Lizz Wright (23 de marzo). En una Sala BBK con dos tercios de entrada atenta y ceremonial que aplaudió con rigor, la pianista dio un show creciente de 13 piezas en 105 minutos, en hora y tres cuartos sin bis.

Nacida en Melbourne hace 32 años, ahora vecina de Londres y antes estudiante en el Berklee College of Music de Boston, Sarah McKenzie, alta, espigada, rubia, atractiva y delicada como su paisana la actriz Nicole Kidman (el parangón se le ocurrió a Pato), dio un concierto ascendente aunque le sobró el moroso solo de batería postrero. Canónica a machamartillo, al principio un tanto fría a la manera de cualquier anónimo pianista de restaurante elegante (me trasladó al ferry Pride Of Bilbao en ruta a Portsmouth), Sarah McKenzie medró según calentó la voz y desveló numerosas virtudes: domina la técnica del jazz (esos solos suyos magníficos), tiene el blues, se contonea por Brasil, al cantar sabe frasear con la claridad acompasada de Sinatra y suele componer como si estuviera dibujando un cuadro. Nos agradó a casi todos, aunque Silvia La Sumiller, música también, la tildó de previsible, de falta de imaginación… Es lo que tiene acudir a un concierto con las expectativas por los suelos, como, ejem, era nuestro caso.

Mucho mejor que en disco y liderando un cuarteto, ubicada en el lateral izquierdo de la escena y escoltada por sus tres escuderos con pinta de encontrarse siempre a la esquina del bar (el guitarrista Jo Caleb desparramaba punteos gozosos a lo Barney Kessell, el baterista Sebastiaan de Krom le daba suavito pero cuando veía hueco golpeaba fugazmente con fuerza, y el contrabajista Pierre Boussaguet protagonizó un par de solos, el segundo con el 'Smoke Get In Your Eyes'), embutida en un vestido corto y blanquecino, Sarah abrió con una terna sinatriana: comenzó pausada con el estándar swing 'Day In Day Out', siguió con un 'The Way You Look Tonight' en el cual se puso a esparcir sus trucos de magia, desde las escalas a lo Nina Simone hasta el aire cocktail blues vía Charles Brown (fue premiada con una ovación intensa) y la finiquitó con la balada exangüe soñadora, casi pop y algo fuera de onda 'You Only Live Twice', de Nancy Sinatra en la película de James Bond, en la que Sarah susurrante emuló a las divas clásicas.

Saludos sin bis del guitarrista, el contrabajista, la pianista y el baterista.
Saludos sin bis del guitarrista, el contrabajista, la pianista y el baterista. / E.C.

Entonces Sarah se dirigió a nosotros diciendo en castellano «hola, ¿qué tal?» y aseguró en inglés: «tenemos por delante una maravillosa velada de música». A partir de la cuarta pieza empezamos a disfrutar sin ataduras: 'Fell In Love With You' fue swing a lo China Moses (la hija de Dee Dee Bridgewater) y contuvo piano chispeante entre Nina Simone y Oscar Peterson; el título de su cuarto y último disco, 'Paris In The Rain' (Impulse!, 17), abrazó el espíritu de Broadway en plan Stacie Kent («es súper sutil», manifestó un enmudecido Pato); en 'The Secrets Of My Heart' fue femenina y dramática como las hermanas Brontë y de seguido masculina a lo Tony Bennett en la muy blusera 'One Jealous Moon' (otra muestra de que en vivo la McKenzie gana mucho); a solas y con languidez elaboró el standard 'You Must Believe In Spring' (que falleció esa misma noche de viernes en París a los 86 años); y se lució con dos temas brasileños consecutivos, sendas bossas: la versión de Jobim 'Triste', con scat vocal sobre el punteo de la guitarra de Jo Caleb y epílogo a lo Santana, más el original 'De nada', con un solo de piano magnífico y en cuya presentación informó la australiana que se trata de un tributo a Jobim y a sus músicos, con varios de los cuales ha logrado tocar.

Y tras un popurrí variopinto y desordenado dedicado a Gershwin (con trazas del 'Summertime', del 'I Got Rhythm', de clásica, más del mentado, dilatado y sobrante solo de batería), Sarah Mckenzie se despidió cuasi bruscamente con su original 'The Lovers' Tune', a lo Diana Krall más ligerita (la de la Krall es una comparación recurrente con la austral), y donde hasta pidió palmas populistas al público. Al terminarlo saludaron posando abrazados los cuatro oficiantes, y la gente pidió bis, pero se encendieron las luces y nos dejaron con ganas de más.

 

Fotos

Vídeos