Stephen Dale Petit, el chulo del chicle

Stephen Dale Petit sólo permitió fotos en las tres primeras canciones./CARLOS Gª AZPIAZU
Stephen Dale Petit sólo permitió fotos en las tres primeras canciones. / CARLOS Gª AZPIAZU

La Nube inauguró su curso de conciertos con un guitarrista americano de blues-rock que arrancó su gira española cosechando ovaciones y hasta rugidos

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

El café bar La Nube de Santutxu, a un salto del metro, con birras baratas y bien tiradas, estupendo ambiente y bolos internacionales a precios muy económicos y en horario apto para pillar los últimos trenes, inauguró el martes su estimulante programación 2019-2020 con un concierto del bluesman eléctrico americano basado en Londres Stephen Dale Petit, que empezó entre nosotros su gira española de 13 conciertos hasta el 15 de septiembre, con un par de días haciendo doblete y solo una jornada libre. «Es mi primer tiempo en España», dijo en esforzado castellano el tipo, el típico chulo del chicle yanqui, aparentemente poco empático (paró de tocar una vez porque le estaban filmando y luego alegó que una de las razones de que no le gusta que le fotografíen es que suelen tocar material inédito), no sobrado de carisma (calzaba chulas botas de estrellas pero el traje de fiesta negro con brillos parecía caricaturesco, un disfraz) y acostumbrado al ambiente hostelero, pues pidió palmas tres veces, nos invitó a comprar CDs, vinilos y camisetas al acabar el show en el puesto de merchandising al que acudió inmediatamente sin dar bis (su último disco es de este año y se titula abajo '2020 Visions'), hizo un par de entradas en falso para interactuar con el respetable, nos pidió que eligiéramos el número favorito del 1 al 20 para chasquear esas mismas veces en plan James Brown, e incluso exigió a uno de la primera fila que se callara antes de empezar un tema: «Ssshhh… is very delicate, muy tranquilo intro», manifestó en spanglish.

Stephen Dale Petit, el típico chulo del chicle, ya se ha dicho, parece altivo y además los tres músicos estaban cansados esa noche del largo viaje en coche, pero lo cierto es que dieron un conciertazo en power-trio de 10 temas en hora y tres cuartos (104 minutos) sin bis y en dos partes, una buena y la segunda muy buena: en la primera Petit se mostró bastante disperso estilísticamente y ofició armado con una Gibson de la serie 300, aunque cosechó ovaciones de recompensa, palmas colaborativas y rugidos de satisfacción, y en la segunda parte, ya armado con una Gibson SG (¡como la de Angus AC/DC!), desarrolló largos punteos progresivos como un Hendrix flotante, pero sin imitarle, y zambulléndose, y nosotros tras él, en un ambiente de jam band que se salió de las tabulaciones tópicas del blues reiterativo.

Stephen Dale Petit se unge cual predicador de lo que llama la 'new blues revolution', pero tampoco es para darse tanto pote. Además, el muy californiano preconiza que el blues boom de los 60 en Inglaterra debería escalar de nuevo en las listas, y sin embargo su fraseo es mucho más roquista y a menudo muy tejano, a lo Stevie Ray Vaughan. Sirvan como evidencias esos zurriagazos que entremezcló en su primera parte, desordenada y poco articulada, entre esas cuatro piezas iniciales ejecutadas con la Gibson de caja, abriendo fuego con embate blues-rock, pisando el wah-wah con sus botas esteladas a lo Hendrix en 'Soul survivor', meando casi fuera del tiesto en la roquista a lo Red Hot Chili Peppers 'California', y pasando de lo mejor a lo peor en un tributo a BB King titulado 'Ending of the end', prologado con punteos bibikinescos auténticos («deep blues» lo llamó, o sea 'blues jondo') y donde su ambiciosa empanada mental le hizo hacer rock tipo Jet, rock sureño y, por primera vez, apuntarse a la progresividad.

Pero la gente estaba encantada, ¿eh? A la mayoría, por ejemplo al barbado Azpiazu y a la carismática Edurne, les gustó más esta primera parte, aunque estuvo mucho mejor la segunda, con la SG, con los tres músicos ya desentumecidos y muy bien conjuntados y engrasados y dejándose llevar en improvisaciones. A SDP le respaldaban dos expertos joveznos: Casper Miles, un baterista que golpeaba como John Bonham, y Sophie Lord, una bajista estilizada y muy educada, de solo 19 años y que de cara físicamente recordaba a Vanesa Martín y, según Edurne, era como Joan Jett en su época con Las Runaways).

Sophie Lord, la bajista parecida de cara a Vanesa Martín.
Sophie Lord, la bajista parecida de cara a Vanesa Martín. / CARLOS Gª AZPIAZU

Esa segunda parte fue brutal. Absorbente. Tanteó el éter Petit con un poco de swing, se puso gallito presuntuoso con el instrumental 'Hideaway' de Freddie King popularizado por Clapton en el famoso LP de los Bleasbreakers de John Mayall (que actuará el mes que viene en Bilbao, como le informó un espectador a Petit), y a partir de entonces, la gloria bendita, los punteos emocionantes y estirados hasta el infinito en gradaciones progresivas por lo longitudinal y bluseras por la jondura y la improvisación. SDP resonaba a Stevie Ray Vaughan, a Clapton, a Hendrix pero sin imitarle (insistimos), se expresaba en desarrollos argumentales propios de Meat Loaf, facturaba rock aindiado que podría vender a The Cult, recitaba como Ian Dury en el seno de King Crimson y lo dicho, creó un ambiente de jam band absorbente, auténtica y bastante transversal en lo que al universo rock respecta. Seguro que el resto de los conciertos de la gira son aun mejores, sin el palizón del viaje y ya contactado el paisanaje.

Casper Miles, un baterista estupendo.
Casper Miles, un baterista estupendo. / CARLOS Gª AZPIAZU

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