Sidecars, entre la comunión y la combustión

Juancho tendiendo el micrófono al público cantarín./CARLOS Gª AZPIAZU
Juancho tendiendo el micrófono al público cantarín. / CARLOS Gª AZPIAZU

En un Arriaga lleno, entregado, transversal y cantarín, el hermano de Leiva dio uno de los mejores tres conciertos de su vida, según afirmó al final

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

Aunque el repertorio sonó muy similar durante las más de dos horas de actuación, al principio con el grupo atado a tres taburetes debido a una lesión en la pierna izquierda de su líder y durante el largo epílogo por fin en pie con el jefe Juancho protegiendo su extremidad mediante una férula, indudablemente Sidecars (Madrid, 2006) triunfaron el domingo en el Arriaga, teatro que llenaron (se quedaron en la taquilla solo una cuarentena de tiques de asientos de mala visibilidad) de un público asaz transversal y en el que destacaron las muchas muchachas y los no pocos niños.

En la gira teatral de su disco 'Cuestión de gravedad', durante 20 canciones y 128 minutos (más de dos de ovación y saludos postreros) Juancho en sexteto abundó en una fórmula a menudo muy similar a la de su famoso hermano Leiva, ex Pereza: sentimentalismo más sincero que almibarado, el cortejo eterno a las chicas, referencias a Madrid (al menos tres en las letras de sus canciones: 'La tormenta', 'Dinamita' y 'Contra las cuerdas' ), ese expresarse en segunda persona de manera tan vocativa, el estilo deudor del rock americano (abarcando desde el soul hasta el country en esta tercera fecha de su 'Teatro Tour', que el viernes recaló el Irún y el sábado en Huesca), la entonación aguda y a veces cuasi nasal, el relajo flotante entre emocional y espiritual, el colegueo con el público (desde las palabras malsonantes hasta el restarse condición de estrellas del rock y el subrayar la idea de que se lo han currado y que les ha costado abrirse hueco en Bilbao; «así lo valoras más», concluyó el líder), la cancha a sus escuderos y técnicos (cuando salió Manolo, quien les acompaña desde el principio, que les afina las guitarras, cobraba los bolos, conducía la furgoneta…; «fue técnico de Boikot durante muchos años», comentó el fotógrafo Azpiazu, que conoce a gente hasta en el infierno), las largas presentaciones de sus músicos, el deseo de disfrutar del momento y, además del halago, el agradecimiento sincero al respetable que está enfrente y paga su entrada (también a los padres que llevaron a los numerosos niños).

Los tres Sidecars oficiales más su escudero Rams.
Los tres Sidecars oficiales más su escudero Rams. / CARLOS Gª AZPIAZU

El concierto tuvo dos partes: la primera con los músicos sentados en taburetes (14 temas en hora y cuarto) y la segunda en pie (el epílogo de 6 temas en 50 y poco minutos). En la primera, más serena, el público entregado elevó numerosos coros voluntarios y dio palmas de modo espontáneo, sin que se lo solicitaran. En ella Sidecars navegaron arbitrando country alternativo con pedal steel guitar ('Cuando caigas en shock'; acabó y saludó Juancho: «gabon, Bilbo»), pop modulado a lo Leiva ('La tormenta', la que reza: «quédate en Madrid conmigo», aunque Juancho la interrumpió y «con todo el respeto y el cariño, esta noche le pueden dar por culo a Madrid, nos quedaríamos a vivir en este teatro»), folk con mandolina ('Fuego cruzado', antes del cual avisó Juancho: «no va a ser fácil contener la emoción, voy a cantar mucho y hablar poco porque si no igual la cago») y otras buenas concomitancias con su hermano Leiva en forma de country soul descarnado ('Costa da morte', donde se dice eso de 'Cuestión de gravedad') o de aire comercial ('El camino fácil').

La parroquia había entrado en comunión, aportaba sus voces casi en cada canción, y en la fila 14 se produjo una petición de mano resuelta con abrazos en pie y gritos de vivan los novios. El repertorio continuaba similar, muy homogéneo, abundando en el sentimentalismo, con jazz sugerido ('Mundo frágil'), concomitancias con Quique González ('Canciones prohibidas') y con Dr. John ('Todos mis males'), rocanrolando en plan Los Rodríguez faltos de pegada ('Chavales de instituto'; «¡bravo, cojones!», jaleó un espectador al acabarse esta) pero asimilando muy bien la marea de Nueva Orleans ('Ya no tengo problemas', entre Santana y los Neville Brothers, cuando Juancho se puso en pie por primera vez) y pareciéndose de nuevo a Leiva ('Olvídame', ovacionada con pasión, griterío y algarabía, y 'Los amantes' con su vibración de pop grande).

Juancho en el pasillo, tocando 'Contra las cuerdas'.
Juancho en el pasillo, tocando 'Contra las cuerdas'. / CARLOS Gª AZPIAZU

Si hasta entonces se había aspirado la comunión entre el cancionero y el respetable, durante el luengo epílogo, en el último tercio del show, se alcanzó la combustión: la gente cantaba más alto y se llegó a levantar de sus butacas. Con los oficiantes por fin en pie, con el líder arrastrando la férula y con las palmas brotando como antes espontáneamente, se alcanzaron ambientes de indie comunitario en 'Locos de atar', el percusionista siempre sonriente Rams por fin se colocó delante aportando la tercera guitarra en la muy Tom Petty 'Contra las cuerdas' (la tercera referencia a la capital vía el Café Madrid y con Juancho bajando a tocar por el pasillo del Arriaga, que es cuando nos dimos cuenta de los numerosos niños presentes), la gente en pie evitó que se oyera bien en 'Tu mejor pesadilla', y muy por las alturas estuvieron las dos últimas, 'Fan de ti' y 'Amasijo de huesos', ambas con combustión coral del público milenario y la segunda con las presentaciones de los músicos y algún técnico y la osada sentencia de Juancho: «uno de los tres mejores conciertos que hemos tenido y tendremos en nuestras vidas». Se dejaría llevar por la emoción, porque estuvo muy bien, pero demasiado profesional, relajado y homogéneo.