El Mississippi Gospel Choir trajo el espíritu de la Navidad

El coro negro y juvenil en danza en escena. /Óscar Cubillo
El coro negro y juvenil en danza en escena. / Óscar Cubillo

Elevando aleluyas entre canciones sacras contemporáneas y comerciales, la enfática masa coral afroamericana cosechó palmas en su décima gira española, que también pasó por el Euskalduna

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

El incansable proceso de descristianización, de aculturación que sufrimos (¿a cambio de qué?), borbotea especialmente en Navidad. Ya hasta la emisora de radio de los obispos desea 'felices fiestas'. Y hace días, en una carta al director publicada en este periódico, un caballero de Romo se quejaba de que 'la junta' del Hogar del Jubilado les había prohibido instalar el belén que tantos años les llevaba alegrando. Otras señales de la devastación espiritual que se encarniza durante la Navidad son los simbolismos chorras e inanes de las luces de adorno y, a lo que queríamos llegar, la desaparición de los conciertos de góspel afroamericano que hace años contrataban bastantes ayuntamientos vascos (recordamos con añoranza las masas corales que disfrutábamos en el Teatro Barakaldo: varias entraron en nuestra lista de los mejores conciertos del año). Si viajan en el metro de Praga, la capital de Chequia, el país con más ateos del mundo, donde el 91 % de los jóvenes se declaran no creyentes, percibirán la tristeza, la desesperanza, el vacío de los paisanos.

En estos tiempos impíos, los dos conciertos navideños más religiosos y populares celebrados en Bilbao han vuelto a ser la Zambomba Jerezana de la Sala BBK, que agotó las entradas, y el único de góspel negro que resiste en la agenda: el del Mississippi Gospel Choir, una masa coral comercial que, desde una agencia barcelonesa, gira por España en estas fechas y cada año alquila el Palacio Euskalduna. Así, el miércoles la sala A1 se llenó a 45 euros la entrada (sólo se quedaron sin vender butacas marginales) y el respetable disfrutó de un show enfático y transversal de fe impostada y alegría exagerada que no estuvo mal teniendo en cuenta la que está cayendo.

La gran cita góspel de la agenda vizcaína tuvo dos pases de 48 minutos cada uno separados por un descansito de 13 minutos. Oficiaron 21 vocalistas más un pianista que además disparaba bases rítmicas sintéticas claramente sobrantes: cuando no se usaban, todo mejoraba. Además, el piano sonó muy alto y a veces parecía que iba a su bola. Por cierto, los vocalistas eran extremadamente jóvenes, señal de que cobrarán poco pero viajarán por el mundo.

El director, el pastor Jeffrey Murdock Jr., nacido en Biloxi, Mississippi, y licenciado en Educación Musical en la Southern Mississippi University, era el mayor de los 22 afroamericanos engalanados (pajaritas, escotes, cardados…), avanzó que lo de esa velada iba ser un show 'entusiasmante' en el que se debía participar dando palmas, cantando y bailando entre las butacas (un poco infantil, sí). Y entonces los 22 atacaron la segunda canción, el pop comercial a lo Whitney Houston 'Power in the name of Jesus' (como títulos a veces se indica lo más repetido en los estribillos, lo cual da idea del ambiente de apostolado de esta formación de origen ignoto empero su nombre artístico), rematado entre aleluyas del jefe del grupo, quien acabó proclamando como en misa y en castellano: «Gloria a Dios».

Lo mejor de este primer pase de 9 temas en 48 minutos fue una pieza a capella con aire de plantación ('Ante mi Señor mi alma se desnuda', o algo así) y lo peor otra en presunto castellano, un pop barroco con barullito vocal y que entonó una chica leyéndola del móvil. Estas dos se alzaron entre baladas de musical con más aleluyas ('I Will Say Yes / Diré que sí'), funk churrigueresco a lo Aaron Abernathy creyente y alardes artificiales de góspel con sonido 'Ghostbusters' al gusto de Bill Cosby con caja de ritmos evidente y palmas muy rítmicas.

Saliendo al lobby a vender CDs.
Saliendo al lobby a vender CDs. / Óscar Cubillo

Hicieron mutis y al de 13 minutos reaparecieron desperdigados por el patio de butacas haciendo gracietas para abrir un segundo pase de 8 temas en otros 48 minutos superiores a los precedentes. Hubo más góspel en plan 'Mary Poppins' (con pescozón para el cantante más bailón, una suerte de Mbappe flacurrio), pero lo mejor fue lo más auténtico, como esa canción que llamaba a 'Cambiar el mundo' solo mediante voces, palmas y taconazos. El clásico villancico 'Go Tell It On The Mountain / Ve a decirlo en la montaña' estuvo perjudicado por una caja de ritmos grotesca (qué pena) pero la gente apoyó con palmas, y cruzamos un estupendo pasaje serio y ascendente con salmos sobre ambientes a lo Sting étnico para el góspel contemporáneo 'You Deserve / Te lo mereces' (ese que reza «mi aleluya te pertenece» y que mereció la ovación más larga), la balada intensa y chillona 'Thats what I pray to You / Por eso te rezo' (padeciendo tanto agudo alarido entendí lo que decía mi madre, que es muy vasca, cuando yo en casa veía vídeos en directo de James Brown: «ya está el negro ese gritando») o lo mejor de la velada a pesar de la caja de ritmos chunga, 'He Reigns Forever / Él reina por siempre', un góspel muy rápido a lo Taj Mahal, un frenesí reiterativo donde el coro se puso a dar palmas arriba y abajo, y hala, toda la parroquia a imitarle (jo, cómo habría sido este tema con una batería de verdad).

Y justo después fue la despedida destensada con un 'Oh Happy Day' de compromiso, con coros lalalás a lo bobo pero afortunadamente no muy largos, antes de que los 22 participantes hicieran mutis por el pasillo central hacia el lobby, adonde se encaminaban para vender CDs y posar para fotos con el público. «Gracias por venir esta noche», dijo en castellano el director, el último en abandonar la tarima, como buen capitán.