Marta Gómez y su ídolo Javier Ruibal

Ruibal y Gómez en el mejor pasaje del concierto./Carlos Gª Azpiazu
Ruibal y Gómez en el mejor pasaje del concierto. / Carlos Gª Azpiazu

Cita cantautoril y panamericana inesperadamente menguante en la segunda cita estelar del 35º Getxo Folk

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

Media entrada el viernes bajo la carpa de la Plaza Estación de Las Arenas en la segunda jornada estelar del 35º Festival Internacional de Getxo, protagonizada por la cantautora colombiana de 40 años y afincada en Barcelona Marta Gómez, que contó con un invitado especial, su «ídolo personal» Javier Ruibal, cantautor gaditano de 64 años que a pesar de sus pocas intervenciones en escena se impuso como el gran triunfador de la velada. «¡Guapo!», llegó a piropearle una espectadora, y él contestó: «La lejanía te engaña, la luminotecnia hace mucho. Pero muchas gracias, guapa, tú sí que eres guapa».

Lo malo es que fue un concierto menguante de 16 canciones en 100 minutos. La primera parte mostró a una Marta Gómez folklorista, panamericana y prometedora, subimos un escalón durante la intervención de Ruibal, y en la segunda parte, no solo debido a la comparación, la noche se hundió entre el influjo de la nueva trova cubana, los sucesivos cambios de formación (se invitó también al cuarteto venezolano C4 Trío, que esa tarde llevó a terrenos jazz el sonido del cuatro, la guitarrita típica de su país), el quinteto de Marta que siempre se mostró tembloroso aunque a menudo agitara hasta tres percusiones, y la propia actitud de la lideresa, quien pareció apocarse en esa segunda mitad menguante.

Marta Gómez, que salió vestida con discretos colores indígenas, ofició simpática (lo parece de modo natural; «se desborda de cariño», la elogió el convidado gaditano), cercana (preguntó si había colombianos y venezolanos entre el respetable), algo nerviosa y siempre muy buenista: esa introducción a 'La esperanza canta', canción sobre los microcréditos que en África y Centroamérica ayudan sobre todo a las mujeres para montar humildes negocios, mujeres que se suelen asociar en grupos de cinco y donde el único aval es su palabra (por cierto, el grupo de Marta lo componían cuatro hombres, todos vestidos de entresemana, con poca garra a la hora de escoltar a la cantautora y en exceso pendientes de los atriles, como si no supieran las canciones; hum... ya avisó ella que no tocaba con ellos desde hacía tiempo), o el prólogo a 'Un día', composición también esperanzada sobre esas mujeres que, confiadas y enamoradas a través de las redes sociales, caen en las tramas de trata («captan a mujeres de Latinoamericana, especialmente desde Rumanía», indicó, y esta vez no preguntó si había rumanos entre el público).

Lo dicho, Marta Gómez actuó con más salero que sus escuderos, abrió folklórica evocando a su familia ('La finca' de sus padres en Cali, 'Almita mía' dedicada a su abuelo paterno y donde sonó cálida a lo Jorge Drexler), cual Julieta Venegas imitando hasta a los pájaros se arrimó al ritmo de Bolivia ('Carnavaliando '), y presentó las citadas piezas de los microcréditos y la esclavitud que supone la trata antes de invitar al escenario a Javier Ruibal. Con él la noche se adentró en su pasaje óptimo gracias a la presencia escénica, la voz y la personalidad del veterano gaditano, quien aseguró que era «un regalo inmerecido y un privilegio enorme cantar con ella».

A menos

Y los dos compartieron cuatro piezas consecutivas: la dramática a lo Silvio 'Tierra tan solo' (una letra de Marta Gómez sobre la emigración), una adaptación bastante modernista del poema de Lorca 'Por tu amor me duele el aire' musicado por Ruibal (quien sin venir a cuento mezcló churras sin merinas al decir que hay quien está empeñado en que conozcamos a Isabel La Católica en vez de leer a Lorca, como si fueran incompatibles), y dos textos más de Ruibal: una de las cimas de la cita que fue el serratiano 'Tu nombre' (una oración según Javier Ruibal, pero laica) y la muy Ismael Serrano 'Para llevarte a vivir'.

Ese fue el mejor tramo del viernes. Pero Ruibal hizo mutis. Se fue. Marta con su banda cuasi pusilánime cantó a Colombia en 'Confesión' dejando buena impresión, pero a partir de ahí el concierto se descompensó, se hundió. Ella nos hizo reír durante el prólogo de 'Ciudad de cien mares' al referirse a las expresiones en catalán que ha adaptado a su imaginario («los catalanes tienden a ser un poco fríos», se le escapó antes de esta pieza también a lo Ismael Serrano), la banda masculina languideciente desmereció la feminista 'Manos de mujeres' («la fuerza infinita, indispensable, de lo femenino», la presentó, y el flautista argentino la adornó con un solo muy jazz), el cuarteto venezolano C4 Trío aportó barullito a la jazzera y sincopada 'Ritualitos', reapareció Ruibal para subir un poco el listón en la serratiana y sostenida 'La dama de la isla' (y Marta seguía repartiendo besos a todos y cada uno de los músicos en escena), y se llegó a los dos últimos temas, en deceto, con el quinteto de Marta más Ruibal y el cuarteto venezolano, temas que fueron 'Para la guerra nada', a lo Ismael Serrano y con el público coreando ese estribillo, y a modo de bis, la cumbia tímida y embarullada 'Déjalo ir', remate de un concierto inesperadamente descendente