María Pagés, polvo al polvo

Moviendo la bata de cola ante sus ocho músicos, palmeros y cantaores./Moreno Esquibel
Moviendo la bata de cola ante sus ocho músicos, palmeros y cantaores. / Moreno Esquibel

La multipremiada coreógrafa sevillana llenó dos días el Arriaga con su obra 'Una oda al tiempo', basada en la tradición popular y alejada de modernismos globales

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

Llenó el Arriaga en sus dos funciones (851 butacas vendidas el viernes y 946 el sábado; sólo se quedaron sin colocar las localidades de peor visibilidad, las altas y laterales) la bailaora y coreógrafa de fama internacional María Pagés (nacida hace 55 años en Sevilla) con su espectáculo 'Una oda al tiempo', una reivindicación del flamenco popular (desde la indumentaria opaca hasta el tablado desnudo, y apostando por la sencillez desde en las luces hasta en los movimientos de las danzas) que contrasta con su anterior show, 'Yo, Carmen' (2014), de pretensión más actual, global y por tanto exportable (en Carmen pecaba de pedante en los pasajes políglotas, por ejemplo).

Estuvimos el viernes y presenciamos los 81 minutos de actuación, incluyendo los cuatro minutos de ovación final («estoy cansada de aplaudir», comentó una dama de nuestra fila, «¡bravo!» jaleaba otra de la fila de delante). La Pagés se mantuvo siempre en el centro del gran plantel: sabe dosificar fuerzas, no se esconde en ningún momento, empero su edad se muestra sobrada de facultades y de vigor, y llegó a chupar cámara hasta cuando iba señalando de uno a uno a sus escuderos en la ovación final.

Esta oda al tiempo, al devenir, echó mano de la tradición: la bata de cola inicial, los mantones de Manila generando huracanes con sus flecos, los bastones a modo de percusión primaria en el epílogo del tiempo… Bajo una luna lorquiana pendular que en realidad era el reloj que (des)contaba las horas y los días y los años, 'Una oda al tiempo' arrancó moderna, panteísta, con los bailarines fenerando árboles nacientes de plástica fisicidad.

María Pagés, respaldada por ocho bailaores (cuatro mujeres y cuatro hombres) y ocho músicos más (incluyendo cantaores y palmeros, chelistas morunos y tocaores), no cedió protagonismo individual a ningún elemento de su nutrido cuadro. Llegó a cantar recitando y sin abandonar el foco, relegó a los suyos a números grupales y acabó bailando cual ave de alas rotas y arremolinándose entre el grupo en el retorno a la tierra, en una plasmación panteísta del polvo al polvo, del polvo eres y en polvo te convertirás.