Manuel Liñán y el baile global

Carpio, Liñán y Valencia./Mikel M. de Trespuentes
Carpio, Liñán y Valencia. / Mikel M. de Trespuentes

El granadino, Premio Nacional de Danza 2017, abrió el 14º Ciclo Flamenco BBK con su coreografía 'Baile de autor', agraciado con un ecuador esencialista, modernista y transversal

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

Tres cuartos de entrada el miércoles en la Sala BBK para atender a la primera de las cinco sesiones del 14º Ciclo Flamenco BBK, que se desarrollará hasta el 7 de junio abarcando las tres disciplinas: cante, baile y toque. De danza fue la gala inaugural, titulada 'Baile de Autor' y dirigida y protagonizada por Manuel Liñán (Granada, 1980), Premio Nacional de Danza 2017, quien durante 82 minutos (un poco largo, con una hora habría quedado más redondo) actuó en trío apoyado por el cante de su habitual David Carpio (nos recordó a Agujetas, a Mercé, a Morente, ya ven qué bien) y por el toque del prestigioso Manuel Valencia.

Como describe el programa de mano de modo quizá redundante, 'Baile de autor' se trata de «una fantasía dancística resultado de la unión del coreógrafo y el intérprete». A pesar de ser en trío, en plantel reducido, estuvo mucho mejor que su anterior coreografía desplegada en la Sala BBK, en cuarteto y en noviembre de 2017, la titulada 'Sinergia', que se tornó repetitiva, falló en el baile, el escenario se antojó escaso y escueto, y Liñán adoleció de falta de carisma.

Sin embargo, con 'Baile de autor' llega más lejos, sobre todo, durante su ecuador. Y es que el prólogo pecó de pedante y efectista (pirotecnia y una varita mágica que esparcía polvos mágicos) y el epílogo mostró más de lo mismo empero su intención transgresora: aunque al que suscribe le pareció curioso otros calificaron de pedante e impostado el zapateado final sobre una plataforma con agua que salpicaba, y el carnaval travestido ya ni sorprende ni rompe nada, y menos si el barbado Liñán reaparece con una bata de cola blanca de enfermera a la que no pudo dominar del todo (no aguanta la comparación con Sara Baras, por ejemplo), y menos aun cuando Liñán insistió ondeando el mantón de manila blanco en este caso frisando la torpidez, a trancas y barrancas casi.

Liñán en uno de los mejores momentos.
Liñán en uno de los mejores momentos. / M. T.

No obstante, unos 50 minutos de la parte central, nuclear, hicieron justicia a su Premio Nacional de Danza. Bien escoltado por el cante jondo amplificado de Carpio (en una ocasión desafinó tanto que pensamos fue premeditado) y el toque de Manuel Valencia (fraseó desde lo minimal y moderno hasta el desparrame de facultades clásicas cuando se quedó solo en escena), Manuel Liñán, con barriguita que no disimulaba, cursó al alza, teatral al manejar al cantaor como si fuera un muñeco de 'Blade Runner', humorístico al danzar gestual y de perfil para el toque gracioso y visual de Valencia, transversal y global cuando usó su cuerpo como si fuera una percusión rapera, y dominando los espacios, el equilibrio, la gravedad y los riesgos al bailar sobre las sillas con respaldo que le iban cambiando según avanzaba.

Pena que al final perdiera el brillo por desperdigarse un tanto y alargarse dando vueltas sobre lo mismo de siempre (y no lo decimos por el vestirse de bailaora).

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