Malagueña salerosa

Anita con el primer vestido, con transparencias y escote./MORENO ESQUIBEL / TEATRO ARRIAGA
Anita con el primer vestido, con transparencias y escote. / MORENO ESQUIBEL / TEATRO ARRIAGA

La risueña andaluza Pasión Vega presentó con su flequillo platino su disco '40 quilates' en un Teatro Arriaga lleno, veterano, femenino y entregado

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

La siempre risueña y cada vez más madura Pasión Vega (Ana María Alías Vega, nacida en Madrid el 23 de abril de 1976 pero criada en Málaga) agotó el Teatro Arriaga (bueno, quedaron sin vender 40 de mala visibilidad que le gente rechazaba en taquilla) el domingo en la presentación de su disco '40 quilates' (Concert Music, 17), producido por el director de orquesta getxotarra Fernando Velázquez, con el que celebra sus 40 años (ya tiene 41) y los 25 en la música. Ofició en octeto (siete músicos masculinos le escoltaban, y mención especial para el chelista cubano Martín Meléndez), ante un gran tinglado como los que a ella le gustan para evolucionar sobre un escenario. Así, Pasión cantó sentada en una butaca, en un taburete, en pie junto al piano o ante el pie de micro, mirando a público del palco o del patio de butacas, íntimamente rodeada por sus músicos y paseando por el tablado. Con decir que la primera canción la entonó ante un luminoso espejo de camerino, acabándose de maquillar y calzándose los altos tacones…

El concierto fue largo pero no pesado (23 piezas en 141 minutos) y tuvo dos partes con dos escenarios y sendos vestidos: el primero con mesas y flores y sillas y el espejo del camerino, para el que usó un vestido con falda de vuelo bastante transparente, fajín de cuero y top superescotado y también con trasparencias, y el segundo con el escenario más desnudo, despejado, y un telón de fondo que cambiaba su luminosidad y con ella cantando dentro de un vestido ancho y plateado que ocultaba sus formas. Pasión cantó mucho mejor con este segundo vestido, pues sonó menos estilista y más rota y apasionada, ya que quizá el primer atavío le molestaba y apretaba y por eso entonó más susurrante, plana y artificial, aunque en todo momento efectiva a tenor de los aplausos y bravos del respetable, mayormente maduro y femenino.

Exuberante y dominando las tablas empezó calzándose con '40 quilates' y sus músicos entrando a tocar uno a uno. La acabó, se declaró encantada de «volver a este templo de la cultura de Bilbao, euskera», informó que con el disco celebraba sus 40 años de vida y 25 de profesión dedicándose a este «maravilloso oficio de la palabra, los sentimientos y la música», y zanjó: «y no me enrollo más, menor cantarlo que contarlo». Y procedió a interpretar su single 'Querría', compuesto por El Kanka, un bolero latino y susurrante. Sí, en la primera parte entonó susurrante y estilista, cercana al público y alargando los sostenidos con bastante versatilidad, manejándose teatral ('La flor de Estanbul', de Satie-Ruibal, con el juego del velo y su ambientación jazz), recordando a Camarón en 'Cómo te extraño', la letra «que me regaló Joaquín Sabina» (resonó a copla), remitiendo ora a Ana Belén (otra Anita, como le llaman a Pasión en casa; «¿cómo se dice Ana en euskera?, ¿Ane?, ¿cómo Ane Igartiburu? no lo sabía», mantuvo la conversación con el respetable) ora a su influyente Carlos Cano (aunque no nos referimos a su versión de 'María La Portuguesa', mutada en balada jazz after hours), y alcanzando la cima de esa primera parte con el «bolerazo» 'Te creí', que le ha escrito el maestro Manzanero para este disco. Aparte, irregular aunque con fragmentos potentes le quedó 'Gracias a la vida' de Mercedes Sosa.

El nivel era bueno y el sonido perfecto (a la mesa estaba Ernesto Mastro, ¡de Sopela!, como le presentó dos veces ella), pero la segunda parte subió un escalón gracias a la mayor implicación de los músicos y a la mejor entonación de la risueña andaluza. El blues marcado por el bajo 'La felicidad' fue para dejar boquiabierto al patio de butacas (y a los palcos), la canción melódica renovadora 'Se te olvidó' alcanzó la visceralidad mexicana y raphaelesca (¡y ella acabó llorando de emoción!), 'La bohemia' de Charles Aznavour le quedó manierista y aguda y magnífica…

¡Parecía otra cantante! Quizá porque este segundo vestido le permitía respirar y entonar mejor, ya lo hemos sugerido. Y prosiguió sonando ora latina (y brasileira) ora a lo Ana Belén, atreviéndose con tótems ('Malagueña salerosa' con lapsos ardientes, 'Mediterráneo' de Serrat, donde rascó coritos tímidos del teatro), abriendo el bis con un popurrí a dúo con su pianista y «mi mano derecha» Jacob Sureda, y cerrando la larga y satisfactoria cita acompañada por la banda en su éxito 'María se bebe las calles' y en el adiós con 'La tarara' de Lorca, la canción más importante de su vida ahora mismo, pues se la canta a su hija Alma cada vez que pasean, como contó.

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