Madeleine Peyroux canta de amor, de blues y de beber

La cantante de Georgia tocó la guitarra esporádicamente. /Peru Urresti
La cantante de Georgia tocó la guitarra esporádicamente. / Peru Urresti

En quinteto algodonoso, la discípula de Billie Holiday agotó y triunfó en el 43 Getxo Jazz, superando la impresión que dejó en 2015

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

Entradas agotadas con antelación también el sábado en el Muxikebarri para ver en vivo a la vocalista Madeleine Peyroux (Athens, Georgia, 1974), la cabeza de cartel del 43 Getxo Jazz a tenor del precio, el más caro de los cinco estelares: 25 €. Su set habría encajado mejor en el Getxo Blues y Madeleine dio un bolo muy superior al ofrecido en el 39 Getxo Jazz bajo la añorada carpa también agotada, cuando ofició sentada y charlatana, achispada por el alcohol (llegó a hipar y a preguntar dónde estaban nuestras bebidas), en trío insuficiente más propio de un club (ella a la acústica, un contrabajista y a la guitarra eléctrica Jon Herintong, el solista de Steely Dann) y abordando 19 canciones en 90 minutos (todas versiones menos una: 'Don't wait too long').

El sábado estuvo todo mejor: Madeleine actuó en pie y con estética algo hippie, en quinteto algodonoso (teclados, a la guitarra otra vez Jon Herintong, bajo y batería más ella que a veces también aportaba guitarra acústica), habló lo justo (repitió en castellano que sus canciones son «de amor, de blues y de beber») y sobria entonó 16 piezas (solo tres coescritas por la Peyroux) en 87 minutos crecientes en inspiración y emoción. Canciones ortodoxas (folk, blues, rock …) y, aunque estilistas, a menudo balsámicas, que es de lo que se trata.

Madeleine arropada por un quinteto algodonoso.
Madeleine arropada por un quinteto algodonoso. / Peru Urresti

Cantó en inglés y, cuando se quedó a solas en escena con su guitarra, una en castellano (a lo Depedro 'No soy de aquí' de Facundo Cabral, el de me gusta el sol, el vino blanco, el pan casero…, con cálida parte final coreada por el respetable) y algún fragmento en francés en un popurrí que también picó en el blues de Nueva Orleans. En la cuarta vez que la veíamos en vivo (dos en Getxo, una en Vitoria y otra en la Filarmónica de Bilbao en 2011) y con su estilo vocal entre desvalido, maullado y sensual, a lo largo de un repertorio bastante homogéneo hizo canciones como estas: su original afrancesado inaugural 'Don't Wait Too Long'; el folk de paseo marítimo filmado por Woody Allen 'You're gonna make me lonesome when you go' de Bob Dylan; el blues vía Walkabouts 'Between the bars' escrito por Elliott Smith (en cuya introducción dijo que hace canciones de amor, de blues y de beber, como ésta).

Al menos tres blues-rocks sureños a lo Ry Cooder (su original 'Down On Me', el gospel de beber compuesto por Willie Dixon 'Si el mar fuese whisky' -cuando contó que venían de Nueva York y que ahí 'desafortunadamente' se siente bastante a Trump, y que le iban a dedicar solo una canción-, y después el 'Everything I do gonna be funky' de Allen Toussaint), un minimal 'Moon River' de Mancini para la película 'Desayuno con diamantes' («creo que hace una noche hermosa y vamos a tocar una canción sobre la luna y las cosas que hacen soñar», introdujo mezclando inglés y castellano), la épica indie del 'Anthem' de Leonard Cohen, el citado pasaje doble a solas, el mejor tema de la velada que fue la bossa astral 'Half the perfect world' (de Leonard Cohen y Anjani Thomas).

A continuación el peor tema de todos que fue el hostelero 'Honey Party' (el tercero y último cofirmado por ella de los 16 totales). No olvidó el 'Dance me to the end of love' de Cohen en plan más manierista que estilista (tercera vez que lo versionaba), el tradicional blues 'Careless love' al que añadió en el epílogo cuatro solos, uno por cada uno de sus escuderos, que lo deslucieron, y aunque tenía tres temas apuntados para el bis, tras asegurar que estar esa noche ahí con nosotros era como estar en el 'paraíso', solo cantó uno, el bonito y emocional dream pop 'This is heaven to me', grabado en primera instancia por Billie Holiday en 1950. Cuando emergió Madeleine se la definía como la nueva Billie Holiday, y ahí se ha quedado, con el sambenito a cuestas.