Julieta Venegas y Los Zigarros agotando en Bilbao

Julieta estudió piano clásico, y se nota en su calidad. /Carlos G. Azpiazu
Julieta estudió piano clásico, y se nota en su calidad. / Carlos G. Azpiazu

La charlatana cantautora mexicana llenó la Sala BBK y los inspiradísimos roqueros valencianos el Kafe Antzokia; la una a solas y los otros en cuarteto dieron conciertos espléndidos, el de Los Zigarros de lo mejor del año

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

Dos estupendos conciertos con el aforo agotado en la venta anticipada presenciamos el sábado. A las 8, en la Sala BBK (entradas a 23 €), cómodamente sentados en la fila 5 catamos a la mexicana Julieta Venegas en solitario dando «el último show de una gira chica de seis shows», como informó ella sobre un tour español nominado 'En acústico', y a las 11, en el Kafe Antzokia (entradas a 18 €, telonearon los portugalujos Tacoma), desde el anfiteatro, no muy lejos de un espectador tan ilustre como Fito Fitipaldi, esquivando cabezas para poder vislumbrar el escenario disfrutamos con la descarga de Los Zigarros, el cuarteto valenciano liderado por los hermanos Tormo, que se halla en la gira de su tercer disco, 'Apaga la radio' (Universal).

La mexicana burguesa Julieta Venegas Percevault (Long Beach, California, 48 años), ex Tijuana no, criada en la misma Tijuana (la ciudad más violenta del mundo, dicen) y hoy día residente en Buenos Aires, Argentina (adonde se ha mudado con su hija de ocho años para reorganizar su carrera y quitarse de giras en lo posible, como confesó en un parlamento), dio un magnífico y entretenido recital de 21 canciones en 97 minutos en los que utilizó siete recursos: cuatro instrumentales (maravillosa al piano, versátil al acordeón y solvente a la guitarra acústica y al cuatro) y tres vocales (canto, recitado de poema y monólogos incontenibles y nerviosos).

Sí, como suelen hacer tantos músicos en sus conciertos en solitario (ahí tenemos el ejemplo de Elliott Murphy, que apenas abre la boca si viene con grupo), Julieta Venegas habló mucho, nos hizo reír a menudo de modo involuntario («parece 'El Club de la Comedia'», protestó el reaparecido Azpiazu), dijo tener problemas con el lenguaje inclusivo, pasó de hablar de la maternidad y de su hija a apoyar el movimiento a favor del aborto 'ola verde' («algo hermoso que nos une», dijo, como suena; quizá se expresó mal) y contó que de niña había estudiado piano clásico y que sus referentes eran pianistas rusos intensos como Khachaturian y Rachmaninov, que le gustaban guitarristas como Lou Reed o Suzanne Vega, pero que no tenía referentes pop al piano… hasta que en un bar del DF oyó al argentino Charly García.

Esto lo desveló antes de la cuarta pieza, la versión del 'Ojos de videotape' de García. Pero antes ya habíamos pensado y anotado que Venegas más que mexicana sonaba a argentina en la jazzer, inaugural e inédita 'Forma', en la del piano a lo James Rhodes 'Ilusión' y en el pop de cámara algo calamariano 'Amores platónicos'. Tras las cuatro primeras ejecutadas al piano de cola, la de Tijuana se sentó en el taburete y con el cuatro (una suerte de ukelele venezolano) cantó rancheras ('Se me olvidó otra vez' de Juan Gabriel –Julieta avisó que no es de Maná- y 'Paloma querida' de José Alfredo Jiménez), y a la guitarra acústica se tornó más popera a lo Amaral ('Canciones de amor') pero sin dejar de revelar personalidad ni carisma ('Debajo de mi lengua').

Julieta sosteniendo el cuatro y riéndose en alguno de sus parlamentos.
Julieta sosteniendo el cuatro y riéndose en alguno de sus parlamentos. / Carlos G. Azpiazu

Y retomó el piano para revelar facultades maravillosas en una tanda que regaló lo óptimo de la velada: 'Sola', un poema de la uruguaya Idea Vilariño que primero declamó leyéndolo en el único tema de los 21 donde leyó la letra (no usó atril, algo que ya hasta nos choca), un 'Porvenir' minimal, circular y culto, su primera composición, titulada 'Esta vez', que resonó solemne y argentina también, o la trágica y sincera 'Ya conocerán', quizá la cima de la cita, con el verso «sólo pido que deje de doler».

Y Julieta que había pedido alguna vez la colaboración del respetable dando palmas y coritos y que parecía dirigirse más a las mujeres que a los hombres de la sala, prosiguió sin menguar el interés, recomendando que la sigamos en redes pues todo lo cuenta en su blog, agarrando el acordeón ('Ese camino'), sentándose otra vez al piano ('Eres para mí', un trágico jazz funk bastante Jorge Drexler), retomando el cuatro para la ranchera de despecho 'Canta, canta, canta' de José Alfredo Jiménez y su hit 'Me voy', antes de un bis doble con otras dos excelentes piezas al piano: 'Limón y sal' en plan ragtime y 'Despedida' restándole el drama y quedándose con lo positivo. La mejor vez que hemos visto a Julieta. Se nos hizo muy corto su recital, empero la charlatanería nerviosa.

Álvaro y Ovidi, los hermanos de Los Zigarros, generando pasiones.
Álvaro y Ovidi, los hermanos de Los Zigarros, generando pasiones. / Lola Mentoto

Luego pasamos por el Kafe Antzokia para ver a los cuatro roqueros valencianos de Los Zigarros, los sucesores de Tequila, sin que ello signifique que les imiten. A pesar de la incomodidad de estar en una sala llena hasta los topes, nos quedamos hasta el final porque el concierto, el números 215 que vamos en 2019, apuntó a lo mejor del año. Y si Julieta pecó de monologuista y pidió palmas y coritos, Los Zigarros en su bolazo de 23 canciones en 99 minutos, apenas hablaron y solo hicieron una concesión al público, la de lanzar grititos para que se repitieran, a lo Miguel Ríos, pero no se alargaron en eso. Y es que Los Zigarros son supercool, están sobrados de facultades y el rock and rollo corre por sus venas, con lo cual les salen las canciones con una naturalidad pasmosa y una imaginación envidiable. Por ejemplo, en los temas más sencillos superan de largo a su amigo y maestro Tarque, el cantante de M-Clan.

Aparte de esta concesión de grititos, el resto fue al grano. Ninguna de sus 23 canciones fue mala (ni regular) y las numerosas piezas magníficas explotaban como el fuego de artillería graneado en un cómic. Nada parece forzado o estirado en sus composiciones: ni la insistencia en ciertas ocasiones para crear clímax, ni los coros cuidados y los arreglos efectivísimos, ni los estribillos, ni los ganchos, ni los guiños (a Tequila, al boogie, al 'Blue suede shoes'…), ni los jadeos, ni los gruñidos… La única pega de su bolo del Antzoki sería que el excesivo volumen provocó como daño colateral que la cosa no sonara tan bien, que no se distinguiera todo.

No obstante lo cual (así se titula una de sus canciones, para que vean qué facilidad la suya), apoyados en una sección rítmica descomunal, liderados absolutamente por Ovidi Tormo y con su hermano pequeño Álvaro a la guitarra solista y los bailes a la izquierda del escenario, Los Zigarros rebosaron actitud y aptitudes a lo largo de un repertorio que también se hizo corto y que contó con explosiones como 'Mis amigos' (versión de Los Flying Rebollos de Portugalete), el stoniano desembocado en acedeciano y ya citado 'No obstante lo cual', un en la estela de Status Quo '¿Qué demonios hago yo aquí?', una literalmente atómica 'Resaca' (la de anoche era un tigre y hoy soy un ratón) unida a la arrasadora 'Voy a bailar encima de ti' y previas ambas al instrumental surfero 'Wipeout' de The Surfaris (con qué trabajo del baterista espectacular), el siempre sincero y dolido 'Desde que ya no eres mía', el refuerzo a lo AC/DC de 'Malas decisiones', otro estallido certero como 'Cayendo por el agujero', los arreglos swing de 'Odiar me gusta', el boogie de 'A todo que sí' o el bis imbatible enlazando estos tres rocanroles: 'Hablar, hablar, hablar' (dijo el líder Ovidi al reaparecer: «dicen que el rock and roll está a punto de morir, pero escucha esto»), 'Dispárame' y el torbellino 'Dentro de la ley'. Buf, y nos dejamos muchos títulos en el tintero, ¿eh? De lo mejor del año, sí.