Jabier Muguruza y Ricardo Lezón, los dos sin bis

Jabier Muguruza en el Antxiki./CARLOS Gª AZPIAZU
Jabier Muguruza en el Antxiki. / CARLOS Gª AZPIAZU

Dos relajados y personales vocalistas vascos convencieron el jueves en las dos salas del Antzoki, donde sonaron modernos, reverberantes y muy americanos, y donde intentaron en vano saltarse el paripé del bis

Óscar Cubillo
ÓSCAR CUBILLO

Se cumplieron las positivas expectativas el jueves en los dos programas de abono albergados en el Kafe Antzokia con sendos cantautores vascos estrenando sus respectivos nuevos discos: a las 20.30 horas, en el Antxiki, la sala superior pequeña preparada esta vez con sillas, una cuarentena de personas atendieron a la presentación en dúo de 'Leiho bat zabalik' (Elkar), la novedad de Jabier Muguruza (hermano de Fermín e Íñigo, exmiembro de Les Mecaniciens y Joxé Ripiau), y a las 10, en la sala grande y ante dos centenares de espectadores predispuestos, Ricardo Lezón, el líder de los hoy en barbecho McEnroe, desplegó por fin en formato eléctrico (¡y en quinteto!) su celebrado debut en solitario, 'Esperanza' (Subterfuge). Los dos conciertos coincidieron en el ritmo pausado, oscuro y americanófilo (slowcore), en la entonación personal, en el intimismo lírico, en los pasajes post rock, en cantar con los ojos cerrados y en la negación de ambos líderes a someterse a la falsedad del bis (aunque a ambos les salió mal la jugada)

Tras pasar un rato por la sesión folk del Colegio de Abogados (medio centenar de personas sentadas en su búnker que salieron encantadas), acudimos al estreno en Bilbao del decimoquinto álbum de Jabier Muguruza Ugarte (Irun, 1960), 'Leiho bat zabalik / Una ventana abierta' (Elkar, 17), donde reinventa y actualiza su estilo pausado y reflexivo con leve electrónica (la del zaragozano Carasueño, pregrabada y disparada cuando era menester) más la guitarra del elgoibarrés Ander Mujika (ex Napoka Iria y ex técnico de sonido el Fnac donostiarra, le reconoció el viajero fotógrafo Azpiazu). En el Antxiki contabilizamos una cuarentena de personas atentas y predispuestas al humor personal e íntimo de Muguruza, y al final del encuentro el cantautor guipuzcoano agradeció a la gente de la sala la celebración del concierto. Nosotros antes ya habíamos contado al menos siete personas trabajando en la organización: tres en la puerta (taquillera, seguridad y producción), dos chicas en la barra (se alternaron) y dos chicos en las mesas (Lon al sonido y Gaizka a las luces).

Todo movilizado al servicio de un concierto de 82 minutos para 12 temas, de ellos dos a capela, y no contamos la intervención poética colada con calzador de su amigo y colaborador desde los tiempos de Les Mecaniciens Iñaki Irazu, hermano de Bernardo Atxaga (nunca ha publicado un libro, pero para este 2018 tiene previsto debutar, nos adelantó Muguruza en el camerino). Muguruza, alto y delgado, con patillas decimonónicas y pantalón vaquero Lois (se veía la etiqueta del toro rampante en un bolsillo), atento a dos atriles (uno con las letras y otro con los dispositivos electrónicos arreglísticos), dio tres órdenes: primera, para pedir que subieran la intensidad de las luces para poder ver los atriles, segunda para solicitar agua natural a la chica de la barra, y tercera y más disimulada, cuando pidió a su guitarrista que diera una vuelta más para extender los compases y que siguiera la buena onda con los coros del respetable.

En ambiente oscuro como sus canciones lynchianas (por David Lynch) y fordianas (por Tom Ford), Muguruza asimiló el alt co de espacios infinitos en la noche ('Spam kantu'), absorbió a The National casi de la misma manera como lo haría Lezón y rompiendo la voz a lo Gari ('Ez zait gustatzen poesia', de la cual informó que tiene un videoclip dirigido por la cineasta Mercedes Álvarez que es interesante de ver, en el que participa Miren Iza), se disimuló en el hábitat indie ('140'), sonó a cantautor actual a lo Mikel Markez ('Manzisi Okeita', una canción anterior a estedisco, con frases en africano) y pareció tétrico ('Etxera iritsi' con pasajes post rock), creció como Lana Del Rey con soul ('Esperando a los bárbaros que ya llegarán / Jada iritsi diren barbaroen zain') y picó de nuevo en lo minimal (el irónico 'Contradicciones / Kontraesanak'), conectó en el falso bis con el respetable que coreó suavito en la ya conocida 'Maite zaituz, ez', y, ante la insistencia del público, se vio obligado a dar un bis de verdad, a capella y en catalán esta vez. Muy degustable este nuevo proyecto de Jabier Muguruza.

Ricardo Lezón, cantando con ojos cerrados en el Antzoki.
Ricardo Lezón, cantando con ojos cerrados en el Antzoki. / CARLOS Gª AZPIAZU

Y al acabar, varios presentes en el Antxiki bajamos al Kafe Antzokia grande para catar a Ricardo Lezón presentando 'Esperanza' (Subterfuge, 17), el mejor disco vasco del año para muchos aficionados. Lo destapó en quinteto getxotarra completado por su mano derecha en esta etapa Txomin Guzmán (guitarra, teclados y coros; ex John Wayne, líder de Fakeband…), su hermano Miguel Guzmán (bajo; ex Zodiacs y Tulsa), su primo Eduardo Guzmán (el batería de McEnroe, pues Ricardo afirma que solo se ve capaz de tocar con este baterista) más Jaime Arteche (teclas, ex Tulsa y Joe Lareina). Además había otro Guzmán entre el público: Jaime Guzmán, guitarra de McEnroe.

En una velada con muchos momentos mágicos y flotantes, los cinco interpretaron un repertorio de 79 minutos para 14 piezas: las 9 del debut de Lezón, una inédita de Ricardo ('Manolo', dedicada a su padre fallecido recientemente), tres de McEnroe ( 'Ballenas', 'Un rayo de luz' y 'La electricidad', o sea las tres últimas, antes de las cuales Lezón avisó que no harían el paripé del bis) más una de su proyecto paralelo Helicon ('Las últimas semanas').

Ricardo ofició en el centro, con su sempiterna gorra de camionero (con un parche de una oveja), asiendo una guitarra eléctrica, cantando con los ojos cerrados («Muchas gracias por venir, estoy como siempre, muy nervioso, pero todo bien… creo», expresó en el primero de sus dos parlamentos), destilando un cancionero creciente en general y a menudo creciente en cada canción (epílogos post-rock, desarrollos ora progresivos ora roqueros ideados por Txomin Guzmán), cruzando el soul con el alt co ('Noviales'), remitiendo a The National ('Lobos', premiada con aullidos del público, luego 'Lamento'), haciendo soul rock con referencia a 'Chet Baker', a veces acelerándose respecto al disco ('La paz', con sus teclas eclesiales, góspel), ahondando en el góspel ('El Momento', una de las cimas), sonando como los Fleet Foxes ('Ella baila', con la pandereta de Miguel Guzmán en su punto justo) o como un dolido Mark Eitzel (la mentada e inédita 'Manolo') o como unos góticos Slim Cessna's Autoclub ('Las últimas semanas', de Helicon, creciente, absorbente), alcanzando la cima con la historia también más agilizada 'Arena y romero' (con la gente coreando) y usando en bastantes canciones la palabra corazón.

Y como Ricardo se confundió e hizo mutis contento y bailando con dos cervezas en la mano en el epílogo de la penúltima canción, se vio obligado a salir de nuevo y a dar el segundo parlamento con la presentación de la banda, el reconocimiento de su error y un bis con 'La electricidad', muy coreada por el respetable satisfecho y también contento. Es que la gente la gozó tanto que en un momento manifestó Amaya, la de Bermeo: «Cuando me vuelva a casar le quiero contratar para mi boda, ¿cuánto costará?».

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